¿Y si Blanca Nieves se uniera
al crimen organizado?

¿Y si Blanca Nieves se uniera <br>al crimen organizado?

Hay una sobrecarga de energía en los adolescentes que siempre genera conflictos, pero que ahora, al paso del tiempo, han escalado de gravedad. Un libro que surgió de un taller literario para adolescentes en problemas con la ley, expone a través de la reinterpretación de personajes del mundo infantil, cómo la realidad ha permeado el imaginario donde las drogas y la violencia aparecen como algo cada vez más común.

Portada de "La princesa loba en el bosque de los hongos alucinógenos".

Por Juan Veledíaz

Era un alboroto poco usual para que ocurriera tan cerca de su casa. Sucedió una tarde a principios de junio pasado, cuando Julia escuchó un rumor de voces que venían de la calle y que de pronto se transformaron en el estruendo seco de unos golpes. Se asomó y observó a un grupo de adolescentes que aporreaban a un chico en el suelo, alcanzó a distinguir en medio de aquel zafarrancho que la víctima era ese muchachito que apenas unos días antes se había convertido en su novio, salió a toda prisa y en medio de empujones, patadas, jaloneos de pelo y uno que otro rasguño logró zafarlo. A sus 16 años esta adolescente menuda y de apariencia frágil sabía que cualquier “extraño” que rondara por las calles donde ella vivía, en una de las colonias más conflictivas de Iztapalapa, era blanco fácil de las pandillas de chicos de su edad que por ahí rondaban.

Desde que era más pequeña Julia dejó entrever que el carácter recio y cierto aire de liderazgo, serían algunos de los  rasgos que perfilarían su personalidad en su paso por la adolescencia. Lo opuesto era su novio, quien con ese halo de timidez y nobleza, lucía como carnada para regocijo de la jauría de púberes que buscaban amedrentarlo en sus primeras expediciones amorosas. Las golpizas entre jóvenes no sólo estaban establecidas como el lenguaje primigenio de los barrios marginales en la ciudad de México, también eran parte de los códigos de identidad que utilizaban para reafirmarse y dotarse de cierta aura de respeto. Era como un juego simbólico de poder que usaban para “marcar su territorio”, consecuencia de estar excluidos –sin escuela o empleo— del tejido social.

Para un adolescente crecer en esa cotidianeidad donde las dificultades económicas y los conflictos familiares se imponían como denominador común, cualquier riña podría ser el preámbulo de situaciones más complejas.  Hubo un día en que Julia tuvo dificultades con la ley, un delito menor la llevó a juicio ante un tribunal para menores donde el dictamen final fue que quedaría bajo tratamiento en la comunidad externa de adolescentes, dentro de lo que antes era el Consejo Tutelar para Menores conocido hoy como dirección general de Tratamiento para Adolescentes.

Ahí comenzó a compartir aula con chicos que como ella cumplían su sanción en libertad. Desde los primeros días Julia mostró una necesidad de atención que se tradujo en actitudes y comportamientos que ameritaban en ocasiones un regaño, o hasta una sanción severa, dice Paola Gutiérrez Cuevas, una socióloga que forma parte del equipo especializado en atender a estos adolescentes. Su conducta  se transformó de manera paulatina cuando se unió a Bunkos, el espacio de lectura de la comunidad, donde nació hace unos meses el taller de creación literaria al que se sumaron varios de su edad. Fue una catarsis a través de la cual plasmó pasajes de su mundo interior, surgidos del día a día de su vida cotidiana en esa franja de riesgo donde nació. El resultado fue un cuento que tituló “La princesa Ósea Yo”, donde reflejó a través de  personajes de su universo infantil, el rol que tuvo que asumir frente a la violencia en calles de su barrio cuando se convirtió en la “ruda” que defendía a su novio.

Las batallas de Peter Pan.

Los poetas improvisados Maconha

Una tarde de abril pasado, Paola Gutiérrez llegó con sus alumnos del taller de literatura en la comunidad de tratamiento y les comunicó: “Ahora ustedes van a escribir”. Comenzó a repartir lápices, hojas y plumas mientras anunciaba que a partir de ese momento escribirían en completa libertad lo que quisieran. Era el inicio del cambio de actividad, después de semanas de libros y charlas, de lo que la joven socióloga llamó “sensibilización a la lectura”.

Paola es una especialista en lidiar con adolescentes que no rebasa las tres décadas de edad, luce un cabello azulado, es de trato relajado y hablar directo, lo que se ha traducido en una señal de proximidad para ganarse la confianza de los chicos que forman la comunidad externa. Recuerda que uno de los detonadores de la curiosidad por la lectura entre los menores fue la presencia de Eduardo Robles, conocido como “el Tío Patota”, escritor de novelas para adolescentes y uno de los narradores de cuentos más reconocidos de la literatura infantil en México. Su presentación fue una motivación que sirvió de antecedente, rememora, aunque en las primeras sesiones de escritura los chicos mostraron cierto temor para expresar en el papel lo que vivían y percibían de su entorno. Escribían muy preocupados, tenían presente que lo que hicieran se engrapaban e iba a dar a su expediente, un legajo que crecía cada día y que en cualquier momento podían solicitar del tribunal para revisar cómo evolucionaban en su  tratamiento.

Versión moderna de "Blanca Nieves".

Apareció entonces la autocensura, que a ratos se hacía parte del juego como en “Blanca Nieves del sur”, donde uno de los chicos escribió una breve interpretación al día de hoy de lo que podría ser el personaje del cuento infantil en la vida cotidiana. Por todos lados estaba la actitud rebelde, intrínseca a esta etapa de la vida. “La violencia y ellos son uno mismo”, recuerda Paola que le llegaron a decir algunos de los integrantes del taller. Hubo chicos que se jactaron de que sus personajes fumaban mota (El Lobo Pacheco), otros que utilizaban estimulantes para jurarse amor eterno (La bella y la bestia activos por siempre), y algunos más que utilizaron simbología vinculada a otras  drogas como los personajes de “El día de ayer”, donde las rayas de una cebra son una metáfora de la coca en pleno “acelere” en busca del Dios de la velocidad.

“La escritura fue un ejercicio de introspección, les hizo ordenar sus pensamientos, hacer una síntesis y aportar algún significado a lo que contaban”, añade Paola. De entrada había indicadores de cómo hoy día los adolescentes tienen acceso a drogas de manera más fácil, como el caso de los inhalantes, y que forman parte desde hace tiempo del léxico juvenil, como se lee en “Y le pidió unas monas”.

Estos cuentos “tiernos y dulces”, se adaptan a esta realidad a la que les ha tocado vivir, dice Víctor Hugo Ruíz Franco, psicólogo de la comunidad. “El taller fue un ejercicio de libertad, la libertad les caracteriza, y es aquí donde la familia no ha sabido cómo manejarla“, añade. “El chico ahora va más allá, los padres en este momento no han sabido contener, poner límites, y la sociedad se enfrenta a esta ansiedad de libertad”. La mayoría vienen de una franja de alto nivel de riesgo y sufrimiento social, controlar el entorno es imposible, pero se les dota de herramientas para que sepan que hay alguien que cree en ellos, explica. “Aquí se les generan necesidades, un proyecto de vida, se les enseña que hay más cosas, una vez que llegan están obligados a estudiar. (…) Se les evalúa y se desarrolla un programa personal, sicológico, social, cultural, la medida que dicta el tribunal puede ser un año y seis meses promedio, o 10 meses o más”.

El ejercicio fue una introspección para estos jóvenes.

Paola dice que no todos los cuentos fueron adaptaciones del universo infantil traídos al presente, hubo casos donde salieron a relucir situaciones más próximas a la violencia que reflejaban por qué algunos de esos adolescentes aún se encuentran en conflicto con la ley. Cuando se presentaron los trabajos se hizo una selección de los textos, los autores más “rudos” fueron canalizados a otro tipo de terapias, comenta.

La selección también generó otra catarsis que comenzó cuando surgió la posibilidad de publicar los escritos. El día que Paola se los comentó hubo reacciones encontradas. Algunos dijeron que no lo merecían, no aceptaban que fueran creativos. Otros pensaban que sus historias de vida no tenían mayor importancia. El consenso fue que nadie era escritor, menos poeta, entonces les dijo que por el hecho de haber logrado concretar sus preocupaciones y realidades era un mérito en sí mismo.

–Tú eres poeta—le dijo a uno de los chicos. –Sí, sí, pero improvisado—contestó. ¿Por qué no llamarse los poetas improvisados?—preguntó una de las chicas. Lo comentaron entre ellos, algunos no estuvieron de acuerdo en que sus textos aparecieran en forma de libro, quienes dieron su anuencia les gustó la idea de ser improvisados y comenzaron a sugerir nombres. Entre pláticas y bromas alguien propuso la palabra maconha  (marihuana en portugués), y al final acordaron llamarse los Poetas Improvisados Maconha. Para la edición del libro buscaron cómplices entre miembros de la comunidad, y los encontraron en el taller de computación, de donde salieron las ilustraciones a manos de quienes llamaron los “Ciberméndigos”.

El taller de creatividad literaria está dentro de las actividades culturales de la comunidad, se trata de una reinterpretación individual, “yo como me expreso al mundo y al mismo tiempo cómo estoy aprendiendo el mundo”, comenta Paola. Existe una ansiedad por expresar, por decir, hay una carga de energía que genera conflictos, explica, entonces se trató de que la sacaran por medio de la escritura, sin censura, que fueran  conscientes de que sí se pueden comer al mundo, pero aguas con la empachada.

La nueva"Bella".

A finales de junio pasado se celebró una tertulia literaria donde se presentaron los trabajos. Ese día los adolescentes comenzaron su jornada muy temprano con una visita al museo, muchos de ellos –desertores escolares a nivel secundaria—se preguntaron qué tenían que ver con esa actividad. No imaginaron que por la tarde habría otra sorpresa, los invitados de honor a la lectura serían sus familiares. Cuando los padres no están, dice el psicólogo Ruíz Franco, se busca en la red familiar, siempre hay alguien que los va a apoyar. Hay un rasgo en estos chicos de que la mayoría “se fuma” a sus padres, no existen. También hay una tendencia de que los papás buscan instituciones que se hagan cargo de sus hijos porque ellos no pueden, no los entienden.

Aquella noche hizo su aparición “La princesa loba en el bosque de los hongos alucinógenos”, como titularon al libro, donde se preguntaban desde el inicio: “¿Cómo reaccionará el mundo cuando Blanca Nieves se una al crimen organizado?” Fue un shock para muchos de ellos que entre el público estuvieran sus familiares escuchando y aplaudiendo sus lecturas, recuerda Paola. “Como traen el chip muy clavado de que ‘no merezco reconocimiento porque es un elemento de debilidad’ y los pone en evidencia de que necesitan a alguien más, fueron muy reticentes hasta que reconocieron que pueden mejorar”.

Contemporáneos del Ponchis

Se le conoce como el “triángulo de los niños salvajes” y lo conforman la confluencia de las colonias Guerrero, Morelos y Valle Gómez, en la frontera que une a las delegaciones Cuauhtémoc y Venustiano Carranza. El término es del argot policiaco capitalino porque a plena luz del día, en cualquier calle de estas zonas, puede aparecer un menor que arrebate un bolso, otro que rompa el cristal de un auto estacionado y uno más que apunte con una pistola a un transeúnte para arrebatarle la cartera. De ahí provienen más del 30% de los cinco mil 187 adolescentes “en conflicto con la ley”, como se les denomina desde el año 2008, a los menores que han cometido algún delito. De esta cifra, alrededor de mil 50 se encuentran internos en algunos de los cinco centros distribuidos por la ciudad. El resto, poco más de cuatro mil 432, son externos sujetos a tratamiento. Apenas unos puntos debajo de estas zonas aparecen San Miguel Teotongo y  Ejército de Oriente, en Iztapalapa, dos de los referentes citadinos cuando se trata de hablar de los núcleos de población juvenil más conflictiva.

“Una cosa es dónde cometen el delito y otra es de dónde vienen”, dice Claudia Navarro, directora de la Comunidad Externa de Atención para Adolescentes. Hay un respeto por el barrio, muchos de estos adolescentes delinquen en calles de la delegación Cuauhtémoc pero vienen de Iztapalapa, explica. Esta socióloga asegura que a partir del año 2008, cuando comenzó el cambio en el modelo de rehabilitación y trato a menores, las líneas que conforman el nuevo esquema han permitido canalizar el talento y la energía de los chicos a otras actividades. Por ejemplo, añade, uno de los adolescentes ganó en meses recientes un certamen de dibujo y diseño de la Unicef.

Sin embargo, de acuerdo a un estudio realizado en 2009 por el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), un 46.4% de los presos en cárceles de la ciudad de México y el Estado de México, estuvieron internos en un centro de atención para menores infractores. El trabajo coordinado por Elena Azaola y Marcelo Bergman, refiere que uno de cada tres sentenciados había estado detenido antes de cumplir los 18 años en alguno de estos centros. Una de las preocupaciones a partir de los resultados fue que la reincidencia se incrementó, ya que quienes salen en libertad lo hacen convencidos de volver a cometer algún ilícito.

Navarro asegura que en lo que se invierte al trabajar con los adolescentes es a reconstruir la red social desde el hogar. Un doble factor que sale a relucir en casos de menores que delinquen–como el de Édgar, el chico conocido como el “Ponchis” que actuaba como verdugo del crimen organizado en Morelos—es la ausencia de una figura de autoridad desde la familia y la presencia de una red de delincuencia. Esa red es la única que está presente en amplias zonas del país, donde se incrementó el número de menores involucrados en la delincuencia organizada. Con esa realidad de fondo, añade, el cambio de modelo no sólo implicó que a los antiguos custodios ahora se les llame, “guías técnicos” y actúen como tales, sino que cada chico que llega se le da una hoja de ruta donde tendrá que saber reconocer sus habilidades sociales, aprender cómo se relaciona con un grupo y por qué lo hace de esa manera. También poner límites, decir no, discernir en qué momento va más allá y se pone en riesgo. Aunque al final uno de cada 10, según sus cifras, se vuelva reincidente.

La colección de cuentos:
cuentos

Close
Comentarios