Cuesta arriba está Montealbán, la que fuera por trece siglos cumbre de la cultura zapoteca, y cuya memoria guardan 28 construcciones milenarias, entre tumbas, adoratorios, palacios, observatorios celestes y estancias, todos erigidos en torno de la Gran Plaza, aquella en la que los “abuelos” de los indígenas que hoy pueblan Oaxaca solían realizar sus más importantes ceremonias, y en la que este lunes yace, justo al centro, una canasta tapizada de flores, “pues las flores son el símbolo de la palabra y de la verdad”.
Bordeada en los costados por mezcal, “el agua sagrada de la sangre del maguey”, y velas, “que son el símbolo de la luz necesaria para iluminar los caminos que se emprenden”, la canasta guarda el mayor emblema de autoridad para las etnias del sureste mexicano: el bastón de mando, que convierte al que lo recibe en “padre y madre del pueblo”, en autoridad que debe servirle a la comunidad, “en vez de oprimirla”.
Así habla Carmelina, la líder indígena encargada de la ceremonia de purificación con que los 16 pueblos indios de Oaxaca saludan a la Caravana de Paz en su camino por las entidades más “dolidas” por la violencia imperante en el país, iniciado en junio en su primera etapa y reemprendido el pasado 9 de septiembre.
Y así habla Juana, la anciana cuya encomienda es entregar a Javier Sicilia, quien encabeza la marcha de víctimas provenientes de todo el país, este bastón que es “emblema no de poder para quien lo porte, sino de la enseñanza compartida con la gente de la que va a estar rodeado”.
Circundan este humilde altar el poeta cuyo hijo fue asesinado en Cuernavaca; los padres neoleonés y morelense que buscan a sus respectivos hijos, el campeón nacional de ajedrez y el artista escénico callejero, desaparecidos ambos por la policía de Nuevo León; la hija del guerrillero guerrerense, caído a finales de los 70 al intentar romper un cerco del Ejército, y cuya madre y tía fueron asesinadas apenas en julio, al salir de un templo; y también Soledad, mamá del pintor del Estado de México cuya muerte nunca investigó la autoridad; y Teresa, mamá del muchacho al que dieron muerte en el DF, entre muchos otros y otras, que a su vez son rodeados por el resto de los 600 integrantes de la Caravana de Paz, así como por varias decenas de indígenas provenientes de cada punto del estado.
Los cuatro puntos cardinales
“Reciban por favor nuestro cariño y nuestro afecto –pide, con dulzura, Carmelina, luego de disponer a todos conforme lo demanda el ceremonial antiguo–, porque los pueblos y comunidades indígenas de Oaxaca queremos sembrar en sus corazones la fuerza y les queremos decir, hermanos, hermanas, que aquí estamos con ustedes, aquí estamos frente a ustedes, al lado y atrás de ustedes”, y arropados así, la dirigente del Centro de Derechos Indígenas Flor y Canto explica luego la labor que ya realizan dos mujeres, una joven y otra anciana, quienes caminan en torno de las víctimas, sahumerio en mano, llevando a todos el hálito que emana del copal cuando arde.
Con éste, explica Carmelina a través de un sistema de audio, “hermanos y hermanas víctimas de la violencia que nos representan en este círculo sagrado, queremos que reciban como un símbolo de ofrenda la purificación que vamos a hacer en ustedes, y con la cual serán fortalecidos, serán ungidos por la fuerza de Diosa Madre y de Dios Padre, para que sigan caminando, que su pie no se canse y su corazón lata con fuerza hacia adelante, hermanos… hacia adelante, hermanas. Querido hermano Javier Sicilia, que Dios Padre y Diosa Madre te den la energía que necesitas para seguir abriendo caminos”.
La voz de Carmelina se pierde por un instante debajo del grave sonido de los caracoles, la chirimina y el tambor, que luego le devuelven la palabra, para dar las instrucciones precisas del ritual: “Vamos a abrir nuestro crazón –indica, siempre con tono maternal– y permitir que el caracol vaya limpiando, purificando los miedos, las tristezas y las angustias. Este es un momento sagrado…”
Así, bajo su guía, los hombres, mujeres y niños alzan primero sus manos con dirección al oriente, “donde el Sol nace, recibiendo su calor y dando gracias a la señora y al señor de la creación, por darnos el fuego y por darnos la luz que iluminará el camino que seguiremos”. Luego tornan al norte, “para pedir también por ese frío que necesitamos para atemperar nuestro ser y así construir la paz que queremos”, claman al norte, “en busca de ese símbolo sagrado que es el color blanco, el cual nos habla de la paz.”
Con otra vuelta a la izquierda, los caravaneros quedan de frente al poniente, “lugar del descanso y de la noche, espacio sagrado de donde vienen los sueños, y aquí pedimos que nuestros sueños sigan siendo construir la paz y la justicia, basados en el amor y la fraternidad, así como que las intuiciones se aviven y podamos prever y seguir el camino correcto. ¡Que vengan las revelaciones de la noche! ¡Que nuestros sueños nos guíen!”
Luego se plantan de cara al sur, “donde estamos ubicados los pueblos indígenas de México, y cuyo color amarillo nos habla de fertilidad… fértiles somos los pueblos indígenas, porque queremos seguir abriendo surcos en la Madre Tierra para sembrar en ella la semilla de la paz. Todos estamos llamados a ser semillas y crecer, y estamos llamados luego a dar los frutos y las semillas, para que entre el pueblo nunca falte el alimento sagrado: la tortilla”.
Recogiendo la oscuridad
Por último, se pide a Sicilia y sus compañeros mirar de nuevo al centro del altar, donde aguarda la canasta de flores, y caminar en derredor de ésta, primer hacia la izquierda, “recogiendo todas las tristezas, los dolores y angustias de nuestra tierra querida, la impotencia, el desconsuelo, la rabia, el odio, todas esas partes oscuras que hemos absorbido a través de la historia, la impotencia de nuestros hermanos, nuestras madres e hijos, la oscuridad que ha impregnado las estructuras de sur a norte”, para después volver sobre sus pasos, caminando ahora hacia la derecha, “para sembrar la esperanza, la confianza y el amor, camino en el que nos acompañan nuestros abuelos, los sabios que habitaron esta tierra, todos los que trabajan por la justicia”, y junto a los deudos, también, camina la memoria de los 50 mil muertos que se han acumulado en los último años de la guerra del Estado contra el crimen organizado.
Con un saludo y un abrazo entre los asistentes, la purificación se da por completada y es entonces que doña Juana y don Joel, también representantes de las etnias oaxaqueñas, hacen entrega del bastón de mando al al poeta. “En nombre de esta caravana –enuncia Carmelina–, tú, hermano, recibirás el símbolo que te indicará que eres servidor para el camino de la paz, para el camino de la justicia.”
Y mientras el bastón es depositado en sus manos, los caracoles cantan de nuevo y un mensaje resuena a través del sistema de audio: “Hoy –se escucha–, un nuevo país se levanta a los pies de Montealbán”.
Ojalá, dice después Sicilia, “los políticos del país puedan entender lo que en ese momento maravilloso plasmó la tradición indígena, ojalá puedan tener la racionalidad ideológica para entender el misterio que surgió en Montealbán”, después del cual, añadió Silvia, una madre que busca a su hijo desaparecido por policías de Nuevo León, “cambió mi manera de pensar y de sentir: aunque mi corazón sigue sangrando por la falta de mi hijo, después de esta ceremonia mágica me siento fuerte, acompañada y esperanzada en que voy a encontrarlos.











