¿La vida es bella? ¡Qué porquería!

¿La vida es bella? ¡Qué porquería!

Existen novelas que dieron paso a autobiografías o a diarios: libros cautivadores por la personalidad abrumadora del protagonista. Pienso rápidamente en Trópico de Cáncer, de Henry Miller. Una novela publicada en Francia en 1934 y que fue todo un escándalo. Durante muchos años fue prohibida en Estados Unidos por pecaminosa, oscura y perversa. Muchos escritores como Beckett y Orwell, aplaudieron y fueron fervientes entusiastas de esas páginas semi autobiográficas llenas de sexo y malos modales.

Pero se corre el riesgo de que en este tipo de literatura “vivencial” el autor caiga en un monólogo desabrido y pretencioso. El buen escritor sabe escoger de entre lo que llaman sus experiencias y reproducir la verdad fielmente. Y es lo que hace de una forma inteligente y atrevida la escritora Alejandra Maldonado con su libro de cuentos Aburrida en Bouveret (Moho 2005).

En los 17 relatos relampagueantes, Alejandra retrata su vida como una fiesta: música, excesos, humo, valemadrismo, sueños eróticos. A pesar de tener una vida tan vital, pareciera que Alejandra se encuentra en un aburrimiento casi perpetuo. Tal vez porque habla siempre de sí misma o quizá porque nadie ha podido entender su egocentrismo.

Ella tiene la teoría de que se nace y se muere solo, y que la vida tiene sus destellos mágicos de comunicarse con los demás: los instantes de conversaciones con sus amigas la hacen sentir que no está arrojada al vacío.

El escritor Guillermo Fadanelli dice que la experiencia cotidiana permite construir personajes verosímiles. Y Alejandra es una buena cronista de sus propias experiencias: su realidad narrada con imaginación. Se aísla, sin pretenderlo, de la forma convencional de escribir: sus cuentos tienen una voz poderosa y fatalista. Vive mundos entre el placer y la soledad. Sus pensamientos y sentimientos son la materia prima para contar sus historias y esto la hace sentirse viva, a pesar de aburrirse tanto sola.

Es domingo por la mañana y está nublado. Hace frío. Volteo a todos lados para buscar a Alejandra sin que nadie se parezca a ella. Estoy en la esquina del Centro Budista de la Roma y me sorprende que mucha gente con un entusiasmo envidiable entra a este espacio de meditación con sus tapetitos de colores y ropa deportiva. Por fin veo a Alejandra: lleva unos lentes oscuros, porta una sudadera gris, una falda del mismo color y unos calentadores tejidos de lana.

De inmediato siento su carácter lleno de energía. Me pide con una voz relajada que si la acompaño a comprar fruta para su casa. Caminamos sobre la calle de Jalapa. Entramos a una recaudería y escoge algunas manzanas amarillas y unos cuantos plátanos. El vendedor la ubica y le pregunta por qué ya no había visitado el lugar. “Me fui de viaje”, contesta sonriente Alejandra.

Vamos por unos cafés y nos dirigimos al Parque Luis Cabrera a buscar unas banquitas y platicar sobre sus cuentos, sus héroes literarios y su vida familiar “un poco accidentada”. Como música de fondo se escucha la fuente que expulsa agua amarillenta.

-¿Por qué la protagonista se presenta con actitudes pesimistas y a veces caóticas?

Es verdad que en la mayoría de los cuentos siempre aparezco insatisfecha. Pero hay dos o tres relatos como 69 cosas que me gustan, que son como un canto a la vida. ¿Por qué siempre estar amargado? Bueno, es un libro adolescente. Tenía más de 20 años cuando se publicó y recuperé la mayoría de los textos de una libreta que tenía. Creo que a pesar de que rebasemos la edad adolescente nos quedamos atorados en una falta de madurez, estamos insatisfechos con lo que sucede en nuestras vidas. Voy a mencionar algo que dijo Rafa Saavedra en una presentación en Tijuana: al final de cuentas el libro siempre apunta a la vida más que a la muerte. Pienso que es así.

-¿Los cuentos reflejan mucho tu personalidad? ¿Cómo despegarse de lo autobiográfico para crear relatos con un tono a veces intimidante?

Mmmm creo que mi personalidad me apabulla. Soy una persona súper egocéntrica de la que no me puedo desprender para bien o para mal. Soy muy ensimismada. Siempre será una prioridad lo que pase dentro de mí que lo que pase afuera. En cuestiones un poco formales este libro son mis vivencias, pero ninguno de los cuentos que están ahí, ninguno, sucedieron tal cual. Tuve que reacomodar cosas, diálogos. Parece que me mimetizo con ese personaje pero lo paradójico es que ninguna de esas cosas sucedieron tal cual.

 -A parte de que así se titula uno de los cuentos, ¿Por qué se llama el libro Aburrida en Bouveret?

Porque Willy se lo puso. En realidad quería que se llamara Beats…

-Pero él dijo…

No es que la gente… Pensaba que yo misma me invalidaba ante el punto de vista de mucha gente de la literatura, que de por sí te descalifica. Creo que esa era la idea. No quitarme validez ante cierto tipo de mirada de “la gente de las letras”.

-¿Tus influencias las encuentras en los Beats?

No he leído mucho beat y no sé si Bukowski sea beat, porque es al único que he leído. Intenté leer a Kerouac pero es muy desordenado para mí y un poco me pasa también con Rubén Bonet. Hasta de pronto he sido ofensiva, puta tienes que poner mucha voluntad para unir todos sus desvaríos de drogadicto. Mis influencias en ese tiempo eran Fadanelli, Bukowski, Fante. Hoy leo otras cosas más “estéticas” y “fuertes”. Me gusta Philip Roth y su novela El teatro de Sabbath. Me gustan las narraciones menos formales y que son más vitales.

-¿Cómo fue que se publicó en Moho?

Todo pasó porque me dieron la beca del Fonca por esos años y me puse hacer la “tarea” -suena muy infantil- y trabajaba mis notas y rescataba cosas de mis libretas. Cuando terminó el año de la beca resultó que ya tenía un manuscrito que fue el libro. Se lo mandé a Willy y enseguida dijo lo publicamos en Moho, porque es muy Moho.

¿Recuerdas cómo conociste a Fadanelli? ¿Qué te pareció?

Lo va a leer el cabrón, pero la neta me pareció guapo jajaja. Me pareció que tenía toda la onda del mundo. También me remetía a algo más moderno, a algo que este país no tenía, algo más avant-garde: un sonido que no es de aquí. La neta lo relacionaba mucho con España, con la buena onda de España de los 80’s. Lo leía en el suplemento Sábado del Unomasuno, también La Pus moderna, de Rogelio Villarreal y nada más. Si había otra publicación seguro me la devoraba porque quería saberlo todo del “underground”.

-¿Cómo llegó la escritura a tu vida?

Recuerdo que desde la primaria. En la materia de Español nunca estudié y siempre tenía buenas notas. También la cuestión de la ortografía siempre fue algo automático para mí, tenía como un chip de letras. A los 16 años llegaron mis inquietudes como de probar camino. Hice un cuento y lo eché debajo de la puerta de la casa de Fadanelli, que vivía en el centro de San Jerónimo. Investigué su dirección, yo vivía en Pachuca y listo.

-En este proceso para ser escritora, ¿Hubo personajes o momentos clave que te impulsaron en tu camino literario?

Pensaría que antes de Fadanelli fue José Agustín y Luis Zapata. Más que a nadie le he querido mandar una carta a Luis y decirle que ese libro de El vampiro de la colonia Roma me pareció increíble. También fue una revelación descubrir a alguien que hablara de drogas y con groserías como José Agustín. Un libro que lo tengo que volver a leer y disfrutar que tiene más de 20 años que no lo hago es El Túnel, de Ernesto Sábato. Hubo una corriente de libros que me encantó Nacida Inocente, que tenían temas de rebeldía, denuncia social y problemas familiares. Esa literatura barata wuaooo. Cuando mi abuela me descubrió leyendo pensaba que era pornografía, no sé qué se imaginaba. También Lo negro del Negro Durazo, soy muy morbosa y eso me encantaba. Relatos de crímenes escritos por periodistas de poca monta, sangre, ese género está bien padre y me gustaba. En mi casa había mucho de eso o Las profecías de la gran pirámide, mi abuelo lo tenía ahí, se acercaba el fin del mundo y toda esa me emocionaba.

-¿Por qué mencionas en unos de tus cuentos que “desde niña he sido una vieja amargada”?

Mi vida familiar ha sido un poco accidentada. Mis papás no se entendieron desde el principio, eran súper jóvenes. Cuando nací mi papá tenía 20 años y mi madre 17. Dicen que se divorciaron a los dos años, yo no me acuerdo. Estuve con mi abuela materna, mi abuelito y con todos mis tíos alrededor porque fui la primera nieta. Nací aquí en el DF hice todo hasta los 10 años y luego nos fuimos a Pachuca. Allá hice la secundaria y la prepa y luego me regresé a la ciudad de México a vivir sola. Estudié en el Claustro de Sor Juana comunicación audiovisual.

-¿Por qué esa carrera?

Fíjate que no relacionaba mucho la comunicación audiovisual con ser escritora. Sabía que tenía que estudiar algo, sabía que por mi condición de clase mediera o estudiaba algo o ya no me seguirían manteniendo. Si hubiera tenido poder de elección me hubiera largado a Europa mantenida por mi abuela, pero era una señora bastante estricta que no me iba a permitir divertirme a sus costillas. Fui feliz en el Claustro, me gustó.

-A seis años de tu primer libro, ¿Cuáles son tus temores como escritora?

Hoy estoy más vieja y reflexionó lo que hago. Siempre he querido hacer las cosas que a mí me gustaría leer y que no encuentro en otra parte. Claro que podrían decirme por inculta y huevona jajaja. Si vas hacer algo hay que emocionar, tal vez es un punto de vista muy sesgado sobre el arte, pero creo que el arte debe por lo menos mover al que lo está haciendo. Aburrida en Bouveret me encanta. Hoy tengo menos huevos que antes. Vas envejeciendo y te vas fijando en lo que los demás dicen, es algo que no me voy a permitir. A mi me da mucha ternura ese libro, me parece que fue súper honesto y valiente. Tenía más huevos, punto.

 

-¿Qué te gusta hacer cuando concluyen tus horarios en el mundo de la publicidad?

Te podría decir que hago cosas extrañas, fuera de lo normal, pero no, soy totalmente un cliché: me gusta hacer ejercicio, salir de noche, leer obviamente, aunque esto lo he retomado después de varios años de ocio intelectual. En

mi bolso traigo Desayuno en Tiffany’s, de Capote y Tres ataúdes blancos, del colombiano Antonio Ungar. Me encanta andar en bicicleta, sentir que dominas los 180 grados de visión y rebasas la velocidad que puedes alcanzar a pie, sentir el viento en la cara. Me gusta cocinar, aunque no tengo tiempo para hacerlo. Y me gusta mucho ver a mis amigas, tengo muchas y muy buenas amigas. Con ellas siento que de pronto la soledad fundamental puede quebrarse aunque sea por unos momentos. Pero principalmente me gusta no hacer nada, sin que esto me cause un conflicto moral de productividad.

 

Aburrida en Bouveret en frases:

-Sus ojos son enormes y los miro y creo que podría meterme en ese azul, pero a la vez me desconcierta su expresión. Voy a vomitar.

-Y pobre, porque en realidad Jeffrey fue muy amable, en un principio, y tenía buen físico, yo con gusto y condones de por medio hubiera hecho cualquier guarrada.

-Ya me ha pasado esto varias veces: gorrear droga y que luego me quieran  meter mano.

-De pronto eso de encontrar una buena cogida en esta ciudad es de flojera.

-Nos gusta mirar el cielo y sentir la noche porque nos tranquiliza.

-También me aterra tener la certeza de que las peores cosas, la más reales, son las que no se dicen.

-Y se puso a llorar, como el eterno adolescente imbécil que es.

-Desde hace tiempo he tenido la hipótesis de que una relación de pareja no debería durar más de tres años.

-Cuando alguien promete algo a cambio de algo es obvio que no lo va a cumplir.

-Me siento un poco caliente, debe ser porque tengo la regla y como estoy súper pacheca es el momento ideal para masturbarme.

-Es algo muy extraño porque sueño cosas, pero permanezco consciente de que no estoy dormida.

-Todas las mañanas soy un asco y creo en el futuro.

-Me fastidia lo bien hecho porque mi mediocridad en todos los sentidos no tiene límites.

-A chingar a su madre los hombres guapos, porque tienen verga y no la prestan.

-Son mis vacaciones, ¡carajo!, ¿qué no puedo tener un momento de paz?

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