El drama de los desplazados
por la violencia

El drama de los desplazados <br>por la violencia

El drama de los desplazados por la violencia está enfocado en comunidades fronterizas de Tamaulipas, en la frontera y serranía de Chihuahua y en algunos poblados de la Tierra Caliente de Michoacán y Guerrero. Menos mediático para el centro del país, es lo que ocurre fuera de reflectores en el sur de Sinaloa, donde en los últimos dos años cada vez son más las personas que se han visto obligadas a dejar sus pueblos.

Por Juan Veledíaz. Gráfico: Mariana Hernández (@mariana1hdzc)

Concordia, Sinaloa.- Ese día lo único que se escuchó fue un tableteo seco, como fragmentos de madera que golpeaban a toda velocidad una superficie compacta. Sucedió un viernes al caer la tarde en los últimos días de enero pasado. Era un estruendo que se oyó por el rumbo de la Casa Rosada, como le decían a una de las construcciones más añejas de la comunidad de El Tiro, un pueblo ubicado al pie de la sierra sur de Sinaloa, distante a seis horas por carretera desde la cabecera municipal de Concordia. A esa hora era la hora de las telenovelas, rememora Rosa Aída González Mendoza. Instalada frente al televisor con sus tres hijos, dice que  percibió ese sonido que llegó como una ráfaga de lo que después supo eran balazos. Cerró la puerta y ya no salió ni se asomó hasta el día siguiente. Por la mañana las caras de sus vecinos con los que platicó no ocultaban esos rasgos sombríos que genera la angustia, decían que habían amanecido cuatro personas asesinadas, tenían temor ante la posibilidad de que regresaran los autores del crimen y en el correr de la voz de otros habitantes, se esparció una atmósfera de incertidumbre.

El Tiro era un pueblo en el que vivían alrededor de mil personas, era uno de esos lugares donde no pasaba nada, nada de estas cosas. Semanas antes, en diciembre de 2010, un grupo armado había amedrentado a unos campesinos que salían a arrear su ganado, eran los mismos individuos que a principios de ese año habían asesinado a una persona por esos rumbos. Desde entonces la gente comenzó a dejar sus casas, algunos tomaron sus pocas pertenencias, las montaron en una camioneta, otros en unas mulas, y enfilaron por el camino rumbo a  Concordia para abandonar la zona. Cuando ocurrió lo de las cuatro muertes, “haga de cuenta que el río se desbordó, nadie se quiso quedar y el pueblo se vació”. En febrero Rosa Aída llegó con sus hijos y su mamá a la comunidad de El Verde, un poblado a las afueras de este municipio, en donde han recalado desde la primavera pasada por lo menos 80 familias que antes vivían en aquella comunidad. Junto a su familia consiguió les rentaran una casa cercana al centro de la comunidad. La vivienda es de un solo nivel, luce un tejado rojo, el piso es de cemento y abarca una longitud de alrededor de ocho metros por tres que se reparte en dos habitaciones donde una hace las veces de recámara-sala-recibidor, y la otra es una pequeña estancia donde cabe un solo catre. Dentro hay un pequeño patio donde está un baño y donde lavan y tienden su ropa.

Rosa Aída es una mujer morena y robusta que apenas rebasa las cuatro décadas de existencia, cuando recapitula, dice que nunca imaginó tener que huir con su familia para salvar la vida y tener que dejarlo todo. Sus animales, su casa, su huerta, la vida labrada en el campo desde niña. No olvida la Casa Rosada porque fue la primera que quedó abandonada, por ese rumbo el grupo de bandoleros comenzó el saqueo cuando el pueblo se quedó sin gente. Recuerda que fue un éxodo paulatino, meses antes de que asesinaran a las cuatro personas, mucha gente ya se había ido y tuvieron que cerrar las dos primarias que había, poco después la secundaria y la preparatoria se quedaron sin alumnos ni maestros. Hubo una imagen que por esos días de febrero pasado recogieron portales de internet y diarios del sur de Sinaloa, era la de jóvenes y niños cargando cajas por caminos de tierra, mujeres arreando mulas con costales donde colocaron ollas, sartenes, utensilios de cocina, cobijas y ropa. No tenían dinero para la camioneta y jalaron con lo que podían, comenta. Otros llenaron vehículos de mudanza con muebles, los utensilios más básicos y uno que otro animal de granja. Lo demás quedó a merced de los animales de monte y de los asaltantes que se instalaron por los caminos desde un año atrás. Ante la ausencia de la policía y del Ejército, se convirtieron en los dueños de la zona.

¿Qué pasó?

En el mapa del sur de Sinaloa, en la zona que colinda con Nayarit, siempre ha sido un territorio donde la gente es tranquila, trabajadora, no se mete con nadie y todo mundo respeta la manera en cómo se ganan la vida. Las palabras son del profesor José Eligio Medina Ríos, alcalde de Concordia, quien sostiene con sus manos un plano del municipio mientras explica que de las 63 comunidades que lo componen, más de la mitad están en rumbos de la sierra que colindan con San Dimas y Pueblo Nuevo, municipios del vecino estado de Durango. Son poblados que muchas veces se quedan incomunicados en temporada de lluvias. Están acostumbrados a los “rigores del monte”, pero esto que pasó en el último año cambió todo. “Concordia tiene alrededor de 30 mil habitantes, quizá no lleguen a tres mil los que se han tenido que salir de sus comunidades por la violencia”, explica.

El fenómeno irrumpió en las comunidades de Concordia meses después de que en el municipio vecino de San Ignacio, ubicado al norte, 13 comunidades rurales –de una densidad poblacional considerable como el millar que habitaba Santa Apolonia, sitio fundado en 1633 –fueran abandonadas por más de 100 familias. Con este antecedente en mayo pasado un comando armado irrumpió en el pueblo de Zaragoza, por el mismo rumbo donde se localiza El Tiro, asesinaron a dos personas, hirieron a dos jóvenes y varias casas y vehículos quedaron con las huellas de los disparos. Varios pobladores aseguraron por esos días, que el ataque era contra personas inocentes. No pasó más de una semana en que este poblado quedó desolado. Otras comunidades vecinas, como Aguacaliente y El Zapote, también fueron abandonadas por alrededor de 45 familias. Medina Ríos declaró por esos días que estas poblaciones, pertenecientes al municipio que encabeza, viven “a su suerte”, pues la policía municipal es insuficiente y la su presencia es solo “simbólica”. El alcalde reconoció las limitaciones de la fuerza pública. “No estamos en condiciones de hacer frente a una situación de esa naturaleza, aquí tenemos que pedir y agradecer al Ejército su presencia en esas tareas”.

Cuatro meses después, cuando se le recuerda lo que declaró en aquella ocasión, dice que en la comunidad del Tiro han regresado cinco familias, en Aguascaliente ya hay siete pero a Zaragoza nadie quiere volver.

Llegaron del sur

La memoria es imprecisa para ubicar el momento exacto, pero a finales del verano del 2009 comenzó a hacerse más común que algunos de los cuerpos con heridas de disparo de arma de fuego hallados sin vida en la periferia de Mazatlán, tenían a su alrededor regadas docenas de tortillas. Era la firma de Samuel Lizárraga Ontiveros, apodado “el Tortillero”, un individuo considerado por las autoridades de Sinaloa como el jefe de la “célula de Mazatlán” de la organización de los hermanos Beltrán Leyva, que por esas fechas incrementó sus acciones violentas contra el bando de Ismael “El Mayo” Zambada, cuya organización desde hace más de una década domina el corredor que une a la zona sur de esta entidad con Nayarit.

Al grupo  del “Tortillero” se le atribuye que la violencia se haya incrementado en el puerto en los últimos dos años, donde reportes oficiales indican que “Los Zetas” han intentado incursionar desde territorio nayarita en alianza con los hermanos Beltrán Leyva, para tratar de apoderarse de esta ruta en el tráfico de droga rumbo a los Estados Unidos. Esta sociedad también ha tratado de controlar los caminos en la región serrana, explica un funcionario de la Secretaría de Seguridad Pública de Sinaloa que solicitó reserva para su identidad. Asegura que hay un operador del clan de los hermanos Beltrán llamado Juan Francisco Patrón Sánchez, a quien apodan “el H2” o “el Chico”, quien tiene su base en Tepic y desde ahí ha apoyado con gente armada los ataques en esta zona de Sinaloa. A este grupo, que llegó del sur de Nayarit, se le señala como uno de los responsables de los asesinatos que han hecho que la población de la parte baja de la zona serrana abandone sus comunidades.

Esta región de Sinaloa es una de las que se encuentran registradas en un informe elaborado la primavera pasada por el Centro de Monitoreo de Desplazados Internos de los Estados Unidos, donde se señaló que hasta mayo pasado alrededor de 240 mil personas se han visto forzadas por la violencia a abandonar sus lugares y comunidades de residencia. El reporte dado a conocer en junio por el diputado federal del PRD Arturo Santana, resalta que hay casos como Ciudad Mier, en Tamaulipas, o Buena Vista Tomatlán en Michoacán, donde el comercio y la vida cotidiana no existen.

Aquí todo cuesta

“No se imagina lo que fue llegar aquí sin que nadie lo conozca. Allá arriba por lo menos tenía uno su casita y su parcela, pero aquí ha sido empezar de nada, porque eso fue con lo que uno se quedó, con nada”. Petra Ruíz Mújica utiliza en cada frase la palabra nada no para nombrar el vacío, sino para ilustrar lo que ha sido su vida desde que salió con unas pocas pertenencias, dos o tres cambios de ropa, un par maletas con cosas de sus hijas, y algunas monedas en su bolso. Después de que tenía en su granja pollos, gallinas, algunos árboles de ciruela, limones, plátanos y granadas, ahora vive en una pequeña choza en El Verde, el poblado de poco más de tres mil habitantes cuyas fachadas de colores, casas de adobe de un solo nivel y tejados rojos, lo hacen ser uno de los más pintorescos de la zona. Ahora todos los días desde las seis de la mañana tiene que ir a trabajar a media hora de aquí, a la comunidad de Zavala, donde les han dado empleo temporal en el campo y en una empacadora a varios de los desplazados por la violencia de la zona serrana.

A lo primero que se tuvo que acostumbrar, dice, fue a los 40 grados en promedio de temperatura que hacen a los meses de agosto y septiembre. Aquí el rayo del sol quema, hacen que la piel arda y llegan a deshidratar a quien no está acostumbrado. Porque calor, lo que se dice calor, “allá arriba no hacía”. Petra es contemporánea en edad y vecina a unas casas de Rosa Aída, ambas abandonaron El Tiro por intervalos de un par de días. De su plática se desprende que lo que ellas pasan no se compara con lo que vive la persona quizá de mayor edad entre los cientos de desplazados que buscaron refugio en esta comunidad. Un hombre que en la sierra no paraba de labrar la tierra, darle de beber a sus animales y cortar leña desde temprano, y que hoy convalece en casa de una de sus hijas, a donde tuvo que recalar al no tener alternativa para sobrevivir ante la amenaza de los grupos armados.

A unas calles del centro de la comunidad se encuentra una casa de adobe con fachada color amarillo, puerta de madera y techo de teja roja, donde dos mujeres que rebasan las seis décadas de edad atienden a un hombre mayor. Cuando saluda su voz parece como un delgado hilo que se desvanece cuando se escucha ese tono afónico. Pareciera que como un reflejo de lo que ocurre con su vida desde que abandonó Zaragoza, el pueblo donde nació. Se llama Guillermo Lizárraga, es un campesino de mirada clara que a sus 87 años ya casi ni se levanta del camastro donde se encuentra recostado en casa de una de sus hijas No pareciera que está enfermo pero su cuerpo enjuto forjado en la vida del campo, comenzó a resentir hace unos meses esa falta de actividad que tenía cuando vivía en la sierra. “Allá era otra cosa”, se le oye decir mientras se acomoda al borde de la cama donde reposa. “Nada más uno no se acostumbra a este tipo de vida. Aquí para todo es gasto, un paso se da y es gasto”.

A don Guillermo no le espanta la violencia, dice que desde pequeño la gente entre la que se crió era gente bronca, acostumbrada a arreglar las cosas por la buena y si no había remedio, pues a utilizar el “último recurso”. Algo que al paso de los años quedó en desuso, pues la gente de campo se acostumbró a mantenerse ajena a los problemas, a marcar distancia de la vida acelerada y fácil de quienes trafican droga y arreglan sus problemas a balazos. Por eso prefirió, como varios miembros de su familia y vecinos, a llevar un modo de vida modesto y sencillo, como gran parte de los  habitantes de esta zona en la sierra sur de Sinaloa.

Vivir fuera de donde ha hecho su vida desde los 16 años, ha sido como un golpe al organismo del cual uno con dificultad se recupera. Don Guillermo asegura que aquí, en casa de su hija, duerme hasta tarde. “Allá no, allá me despertaba las gallinas, los gallos”. Cuesta trabajo escuchar esa voz que se pierde en su garganta, en su mirada se asoma un dejo de nostalgia cuando dice que perdió todo y ahora, en el crepúsculo de la vida, ya no espera nada. “Uno allá tenía sus casas, haga de cuenta que llegó una creciente del río y se llevó todo. Perdimos todo”.

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