Radiografía de jóvenes en cárceles del DF

Radiografía de jóvenes en cárceles del DF

El Pequeño fue la peor pesadilla de la Ciudad de México: a sus 16 años ya tenía en su biografía mínima 19 asesinatos. Su arma favorita era una 9 milímetros de 15 tiros y no tenía piedad: ¡pum, pum, pum! Disparaba a quemarropa contra sus víctimas. Desde los 11 años comenzó a vender droga y saltó al secuestro, robo de autos, hasta convertirse en una especie de sicario urbano.

Viene de una familia de asaltantes de transporte público y extorsionadores del oriente de la capital. Vivía en la Unidad Habitacional Ermita Iztapalapa, en el peligroso barrio “El Hoyo”.

-¿Y qué hacían con el dinero?

-Yo compré mi carro, mi casa y ayudé a mi mamá a arreglar la suya. Me gastaba 50 mil varos en un cotorreo. Nos íbamos una semana a Acapulco o Puerto Vallarta.

 

El temible adolescente apenas medía 1.53 metros de estatura y pesaba menos de 50 kilos. Ahora se encuentra recluido en una correccional de menores y sin culpas de tanta sangre. No se arrepiente de nada y supo desde el inicio que en la carrera delictiva no siempre se gana.

 

Dicen que en las cárceles están los pendejos y los pobres, los que no tienen dinero para contratar a un buen abogado. Y la regla se cumple también en los tutelares de menores del DF. La mayoría de la población son chavos que viven en las colonias populares. Son de clase media-baja y baja, no viven en la miseria, pero no tienen oportunidades: el barrio los absorbe, delinquen, matan y mueren.

La inexistencia de políticas públicas para atender de manera integral la problemática juvenil y la idea de los tecnócratas de que a partir del 2010 el país arribaría al “primer mundo” gracias al ímpetu de la juventud, fue falsa. Todo se derrumbó para ese sector de la sociedad: hay más de ocho millones de ninis, no hay empleo, oportunidades, cultura, no hay nada que ofrecerles. Es más que oportuna la pregunta que lanzó una vez el poeta Mario Benedetti, ¿qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco?

Estos son “Los muchachos perdidos” (Debate 2012) de Eduardo Loza y Humberto Padgett, que con cámara fotográfica y pluma en mano, hicieron la mejor radiografía, nunca antes documentada, de los jóvenes en las cárceles del DF. Son una veintena de historias que hierven los intestinos y dejan sin aliento. Son casos de chavos en edad de estudiar que prefirieron secuestrar como El Banda o robar autos como El Moreno; asaltar una joyería como El Chente o vender dosis de crack para comprarse 200 pares de tenis Converse como La Nena.

Eduardo y Humberto visitaron las “Corre” a lo largo de dos años con una tesis: en los 80 se proyectó un México joven y ganador, pero al final los números fríos ofrecen un rostro desolador. En las cárceles más del 60% de la población tiene menos de 30 años, apenas 4 de cada 10 jóvenes asisten a la escuela, poco más de la cuarta parte alcanza la licenciatura, el 60% de los jóvenes ocupados reciben menos de 120 pesos…

 

Un mini narco apodado El Pepino es claro: “los güeyes que estudiaron y que conozco siempre andan bien jodidos”.

 

Terminar una carrera ya no es garantía de superación ni de estatus social. Para este sector de jóvenes es importante robar y así alcanzar “prestigio” y “respeto”. El 87 % de la población de las correccionales está por robo y hurtan tenis y teléfonos celulares. ¿Hay futuro para estos chavos? ¿Existen alternativas para los jóvenes? ¿Qué hacer con los chicos que viven en colonias peligrosas permeadas por el crimen?

 

“Los muchachos perdidos”. Retratos e historias de una generación entregada al crimen es un reportaje amplio sobre la vida cotidiana de chavos y chavas desde el encierro, sus sueños que quieren cumplir al salir de prisión o, en muchos casos, su ansiedad de ser liberados para seguir matando. Las 48 fotografías de Eduardo son duras: rutina y ruina. Revelan que aún son niños los que están tras las rejas, quizás es por ello que El Banda admite que la soledad es lo más culero que ha vivido en la Comunidad de Menores Infractores de San Fernando.

 

Hay una frase en el libro que sintetiza la vida en el abismo de los jóvenes que están adentro y, de alguna forma, los que se encuentran afuera de las cárceles: “prefiero morir joven y rico, que viejo y jodido… como mi papá”, así dice una barda de una calle de Sinaloa.

 

-¿Por qué hacer un libro de jóvenes en las correccionales?

 

Humberto: primero hicimos un reportaje en el que vimos a los chavos presos de la Ciudad de México y su relación con el arte. Los vimos pintando, haciendo una obra de teatro, un video-documental y nos dimos cuenta que el mundo que habíamos entrado era más complejo e interesante. Había una posibilidad de decir algo nuevo en términos sociales y conocer el significado que tiene para una sociedad tener chavos que en vez de estar en las escuelas están en las prisiones.

Lalo hizo más de 4 mil tiros fotográficos. Seguramente él tiene el registro más profundo, extenso y puntual de la vida penitenciaria de menores del DF. La proyección demográfica que se construyó en los 80 se cumplió, pero no son chavos que estén trabajando o estudiando, son chavos que están desempleados o subempleados en la informalidad, en los límites con el crimen organizado y algunos ya integrados a este fenómeno social contemporáneo.

 

Eduardo: lo pensamos para reportearlo juntos, pensamos en las entrevistas y en los retratos fotográficos. Por ahí nos fuimos viajando para ese asunto cultural y después nos clavamos en las historias de vida de los chavos, las historias delictivas. Fuimos construyendo, al mismo tiempo, los retratos de los chicos que siempre permitieron plasmar en imágenes su vida cotidiana en los distintos centros de atención de los jóvenes. Tenemos fotos de los talleres, dormitorios, muchas fotos fueron hechas por invitación de los mismos chavos. Estábamos en los patios y se nos acercaban, ‘oye tómanos una con los compas de mi dormitorio’. Los retratamos en sus actividades deportivas, un partido de americano, una función de box que tuvieron, aspectos de su vida de internos.

 

-¿Qué perfiles de jóvenes integran este trabajo periodístico?

 

Humberto: son chavos que viven en los barrios, en las colonias populares de la Ciudad de México, cuyos padres son originarios de provincia y que llegaron al DF en condiciones económicas difíciles. A diferencia de ellos, cuando sus padres fueron jóvenes, sí había una idea de que la escuela te daba movilidad social, ahora ya no. El trabajo dignificaba, había posiciones éticas a la idea del trabajo porque se entendía que el esfuerzo laboral tenía como resultado el ascenso social, ya no es así. La familia dejó de ser un agente integrador de las personas. La iglesia ya no significa una autoridad confiable para los jóvenes. A diferencia de los chavos de hace 40 años, ahora están súper expuestos al consumo como una medida de realización social. Y también se acumula con el ejercicio de violencia, está entendido como una medida de estatus. Con excepción de un chavo que es de clase alta (Sergio), hijo de un médico prominente, todos los chavos son de clase media baja y baja.

 

-¿Cómo fue el proceso de seleccionar casi 50 fotografías de 4 mil imágenes?

 

Eduardo: siempre que salíamos de una Comunidad de Menores teníamos más o menos una idea de cuáles eran las mejores fotos del día. La edición fotográfica fue consensuada entre Humberto y yo. Para llegar de 4 mil fotos a 100 pasó mucho tiempo. Teníamos esas 100 y descartamos la mitad que eran nuestras mejores fotos. Tardamos bastante en poder hacer una selección adecuada.

-¿Quién es el chico de la portada? ¿Por qué se decidieron por ese chavo?

 

Eduardo: es El Golum, tiene dos características físicas: la frente la tiene muy lastimada con cicatrices y tiene otra provocada con el rostro de la Santa Muerte, que sería una imagen de una calavera. Estéticamente nos gustó mucho el chavo, habíamos pensado en una foto como esa para que fuera la portada, pero el chico se prestó bastante bien para cubrirse el rostro con las manos que esa era una de nuestras premisas: no queríamos tacharle la cara. Muchos de los rostros están cubiertos a la altura de los ojos para cuidar su integridad porque son menores de edad. Para la portada no queríamos ensuciarlo con una banda negra.

 

-En tus imágenes hay una constante: los cobertores de caricaturas, tatuajes y cosas religiosas, ¿te imaginabas este ambiente carcelario?

 

Eduardo: cuando entras a los dormitorios, en San Fernando, por ejemplo, te das cuenta muy claramente que los chavos les gusta adornar y decorar sus cosas, hacen altares, incluso en sus literas los hacen con sus tenis, ropa, cremas, pasta de dientes. Tienen muchos cobertores con motivos infantiles como el Hombre Araña o Winnie Pooh. Juegan mucho con el color y es un ambiente infantil. Además conviven con la Santa Muerte, San Judas y la virgen de Guadalupe.

 

-¿Cuál es la historia que más les impactó?

 

Humberto: tratamos que fuera un libro que tanto las historias como las fotografías fueran versátiles. Tenemos perfiles sicológicos distintos y el lector lo irá entendiendo en cada uno de los capítulos. Tenemos también chavos que cometieron distintas actividades criminales: robo de autos, narcotráfico, secuestro, asalto a cuentahabientes. Por la violencia desmedida las historias de El Banda, El Pequeño y la del M, quien asesinó a un niño de 5 años que había secuestrado inyectándole ácido de batería en el corazón. Terrible. Pero también hay matices: la historia de El Farías, que es un chavo que salió meses después de la correccional y nosotros anticipábamos que era un chavo que tendría que estar en una prisión para adultos porque es multi reincidente. Tenía una situación adversa porque sufría de un retraso mental relacionado por su adicción a las drogas. Ese chavo no fue a la prisión, murió tiempo después de que lo entrevistamos.

 

Eduardo: Creo que la de El Pequeño, es un muchacho que en el momento de la entrevista fue totalmente abierto, con una serenidad envidiable nos contó algunos de sus asesinatos. Impresionante. Creo que esa es una historia muy dramática.

 

-¿Existen distancias entre el lenguaje carcelario de adultos y menores?

 

Humberto: los chavos de las correccionales juegan la poliana, es un juego de mesa inventado en la extinta cárcel de Lecumberri. Es un juego de dados y el castigo es ir al pocito: método de tortura de los 50 en que los reos eran sumergidos en una cubeta llena de agua, orines y excrementos para ser castigados. Los chavos ya juegan la poliana. Muchos de estos chavos conocen las cárceles de los adultos, en parte crecieron ahí porque van a visitar a su padres, a un tío o primo. Los códigos son similares pero los ambientes son distintos. Las cárceles para los chavos no están sobrepobladas. En las cárceles para adultos hay celdas de 60 metros en las que tienen que vivir 40 personas. Ahí se paga por dormir colgado amarrado con sábanas en los barrotes, en cambio cada chavo tiene su litera. En las cárceles para adultos con frecuencia encuentras a presos con aspecto desaseado, en contra parte estos chavos son muy higiénicos y rudos con los que no se bañan al menos una vez al día. La alimentación es buena: tienen tres comidas diarias, atención médica, aprenden a leer la mayoría de ellos o continúan sus estudios. Es decir, privados del derecho a la libertad acceden a una serie de derechos que en la calle no habían tenido. Son frecuentes las golpizas en las cárceles para chavos, las pelas es uno de los medios de jerarquización, pero a diferencia de los adultos, no hay muertes. Son chavos que regresan al barrio y el barrio los reclama tal y como eran antes de entrar a la cárcel. Son chavos que en muchos casos irán a prisión de adultos.

 

-¿Hay diferencias entre los tutelares de las chicas y los varones?

 

Eduardo: hay una diferencia notoria y tiene que ver con el silencio. En los centros para chavitas no hay ruido, es muy silencioso. Caminas y ves los dormitorios ordenados, el silencio no se va. El espacio es más silencioso, eso sería la mayor diferencia. Son mucho más calladas y tranquilas, juegan, ríen, pero sí se nota el silencio. Son chavitas que son reservadas. Además de que son menos en población, hay un control más personalizado. Los chavos son más juguetones, llegaban y nos pedían que les hiciéramos fotos en tal lugar, son más gritones.

 

-¿Tuviste miedo para hacer tus clicks? ¿Cómo ganarse la confianza de tus personajes?

 

Eduardo: al principio había cierta desconfianza de ambas partes, pero poco a poco conforme platicamos con ellos, aprendimos cómo piensan y reaccionan ante la cámara. En general la reacción fue muy positiva. Eso a mí particularmente me dio confianza con la cámara en mano. No hay un solo tiro que haya sido a escondidas o que haya bajado la cámara y los haya tomado descuidados. No hay un solo tiro así, siempre estuvo la cámara a la vista y ellos lo permitieron sin ningún problema.

 

-¿Tienen algún futuro estos muchachos? ¿Realmente son muchachos perdidos? Ellos deberían estudiar en vez de estar encerrados…

 

Humberto: pero estudiar en dónde, trabajar en qué. ¿Integrarse a una formalidad de tres mil pesos mensuales? La perdición a la que nos referimos con el título del libro no es ética ni moral, es un asunto social: muchos no llegarán a prisión porque no optaron por la delincuencia, pero sí por la piratería y el contrabando. Son chavos que envejecerán en algún momento y serán personas que no habrán hecho un ahorro para su retiro, no tendrán seguridad social para atender sus enfermedades crónicas. Estaremos en una situación en donde por cada dos personas que no puedan trabajar, habrá una que sí como habían dicho los demógrafos en los 80: serán viejos perdidos. El escenario es sombrío. De los 25 chavos que tenemos incluidos en las entrevistas, dos están muertos, murieron después de salir y por lo menos otros tres ya están presos en penales de adultos. Es una situación que no es privativa sólo de estos chavos, es una condición en la que están los primos de estos chavos que quisieron estudiar y que en vez de estar ejerciendo como médicos después de 20 años de esfuerzo familiar para alcanzar un título universitario, están en una taquería. Ellos dicen, ¿para qué el camino tan largo?

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