Ascópolis, un libro para leerse en el baño

Ascópolis, un libro para leerse en el baño
Cheyene.

Ascópolis.

Dicen que el escritor debe pensar que lo que escribe es lo mejor. Y José Ángel Balmori no tiene vergüenza de su debut “Ascópolis” (Moho 2011). Los 19 cuentos reunidos en este libro se escribieron desde una indiferencia total. Aquí no hay oportunidad de pedir perdón por tus pecados. Ni la mejor armadura podrá evitar ser salpicado de un humor negro audaz y mordaz.

Convierte las historias más trágicas en absurdos y en escenas de carcajadas sin fin. Lo grotesco y lo gore, lo cursi y lo guarro son su especialidad. Prefiere a los bribones que a los héroes. “Ascópolis” no tiene el menor sentido moral, ni escrúpulos. Busca hacer reír que presentar una gran reflexión. Son cuentos viscerales con una honestidad implacable que pueden fastidiar a cualquiera.

El escritor nacido en San Juan Bautista Tuxtepec, Oaxaca, posee una pluma altanera. Tal vez muchos dirán que sus relatos son excesivamente vulgares, pero en realidad tiene la sagaz inteligencia de un zorro y la total crueldad de un chacal. Hasta el momento le ha funcionado su lema de cabecera: “mínimo esfuerzo y máximos resultados”.

Uno de sus relatos favoritos se llama “Me enamoré de un maniquí”: quién pensaría en un funeral que en el ataúd no hay un muerto sino un maniquí con una cabeza decapitada. “Éramos tan felices”: el protagonista se encuentra con las cenizas de su padre en la boca tras sufrir un accidente carretero. “Ascópolis”: un niño es descubierto al intentar robarse un cassette de Nirvana en un Aurrerá. “Los desmadroyers”: unos morros quieren hurtar la taza del baño de una casa. “Voy por tabaco”: una reflexión sensata sobre el tipo de mujeres en las que se debe confiar.

“¡X.e.tú estás loca!”: un homenaje a las fiestas de rock que se hacían en La Panadería, espacio noventero de arte alternativo del DF. Precisamente fue el primer cuento que José Ángel escribió y fue publicado en la revista Moho en 2005. En la historia el lugar se llama “La Tortillería” y describe las aventuras del grupo de rock de chicas “Las Cotorronas”.

“Estaba muy chavito en esos años, sólo era un espectador. Intentaba de alguna forma reflejar lo que pasaba y burlarme de ello. Sorprendentemente a Guillermo Fadanelli le gustó muchísimo y en una borrachera le dije que quería hacer el libro”.

Dice que se iba a llamar “Diez años de no hacer nada”, “Baños de venganza”, pero “Ascópolis” le pareció una especie de negación del síndrome del nuevo pobre: cuando una clase social se derrumba reacciona como animal. Es un tributo a la primera generación de escritores de Moho que fueron deslumbrantes para él.

“No había Internet, todo era mucho más underground en el sentido más puro de la palabra. Había que buscar la escena, la escena no llegaba a ti. Si tú querías ser parte de algo tenías que salir de tu casa y saber dónde ocurrían las cosas. Ahora las cosas llegan por Twitter o Facebook”.

-¿Cómo construyes tus historias? ¿Te consideras un escritor satírico y destructivo?

Nunca he tenido esas aspiraciones “chejovianas” de contar una historia perfectamente armada. Mis historias son muy inmediatas. Las veo más como canciones de punk. Nunca me llevó más de una hora en escribir un relato. Sin embargo, “Me enamoré de un maniquí” es el cuento más excesivo del libro porque es el más largo y me siento más cómodo en instancias cortas. El elemento más importante fue la historia de un amigo de la primaria que trabajaba como conductor de ambulancias y de repente desapareció. Su mamá lo buscó un par de semanas y le mandaron la cabeza en una caja de cartón de huevo. Nos sorprendió mucho a todos pero lo más sorprendente fue que usaba la ambulancia para mover droga. Y lo más extraño es que en el funeral para evitar vergüenzas la madre usó un cuerpo falso. Agarró un montón de ropa de él y le metió borra. El asunto me impresionó por querer disfrazar el hecho. Me pareció tan trágico y miserable que quise hacer una especie de broma, es un cuento gracioso-gore.

José Ángel Balmori

-Antes de tus cuentos apareces bebiendo cerveza, ¿qué tan importantes son las drogas y el alcohol en tu escritura?

Son importantes para escribir como para salir a la calle todos los días. No creo que tenga un efecto más fuerte de la comida que como o las cervezas que me tomo en un día. Diría que no tiene ninguna influencia en mi forma de escribir y están como cerca de mí por motivos ordinarios. No hay ningún motor creativo en el consumo de drogas. Nunca me avergüenzo de lo que hago, ni lo que soy.

-Hace unas semanas en la Casa del Refugio Citlaltépetl hubo la charla “La edad de oro de los escritores del desierto”. Participaron Carlos Velázquez, Luis Jorge Boone y Julián Herbert. Ahí se habló de las “búsquedas entre la alta cultura y lo popular”, ¿tú dónde te ubicarías?

A mí me gusta Wenceslao Bruciaga que también es de Torreón y estoy más cerca de Wences porque él no quiere pertenecer a nada. Me formé leyendo a escritores como Horacio Quiroga, Juan de la Cabada, Juan García Ponce o Juan Rulfo. A mí lo que me interesa es contar una historia divertida. Como decía Voltaire “todos los estilos son buenos menos el aburrido”, y para mí eso es muy importante. Ese rollo de las búsquedas se me hace de lo más ordinario porque no pertenezco a la escena underground mexicana, ni voy a las ferias de libros, ni estoy en el Covadonga todos los jueves. Ni tampoco pertenezco a la banda de escritores de Xavier Velasco, que es cuestionable. A él le encanta la atención, los reflectores y hacer pendejadas públicamente. Me gusta que “Ascópolis” lo pueda leer mi tía y cagarse de risa y que también pueda llegar a otro tipo de gente. A diferencia de muchos escritores no tengo ningún interés de ascender de clase social. Lo único que me preocupa es no descender.

Cheyene.

-Una vez leí en Letras Libres que Guillermo Fadanelli en vez de lectores tiene seguidores. Si esta afirmación es cierta –que lo dudo-, ¿cómo puede estar en la mira “Ascópolis” ante miles de obras literarias en el mercado?

Creo que Guillermo tiene ambas cosas. Pero quién no quisiera tener seguidores. En realidad, prefiero tener seguidores que tener lectores. Prefiero tener mujeres que lectores. Los lectores son una abstracción, tú no puedes respetar a esa gente, sabes. Las personas merecen respeto. “Ascópolis” está hecho para leerse cagando, por eso los cuentos son tan breves. No está escrito para leerse cómodamente sentado con un cráneo y una vela encima. Está escrito para cagar porque es cuando realmente la gente lee. Darle valor al escritor y además en México donde el escritor nunca ha sido una prioridad, me parece una estupidez de entrada. Porque los lectores son incapaces de financiar a un escritor, la ganancia por un libro es una limosna en realidad. Un escritor quizá obtenga dinero de favores de las editoriales y de las ferias de libros, pero de los lectores, ¡puta que les den por el culo! Quiero el relato corto y hacerlo más chistoso. Quiero escapar de la novela que es un vicio o un lugar común de los escritores. Uno debe conocer sus limitaciones y prefiero ser como un boxeador: si lo fuera tendría que ganar en dos rounds. Si llego al tercero estaría frito. Me gusta escribir y ya, lo demás no me interesa.

-Aludiendo un poco a tu cuento “Voy por tabaco”, ¿en qué mujeres confías?

Un hombre nunca debe confiar en una mujer, en primer lugar. Si tuviera que confiar en una mujer lo haría como dice el relato: en las mujeres que se tragan tu semen. Las que no se la tragan ocultan algo, sabes. Tuve muchos problemas con ese texto porque parecía muy misógino pero uno no tiene que tener miedo a lo que opina, ni siquiera importa si es misógino o no. Nunca pienso en ello. De la misma forma a mí me llaman gordo y calvo. Evito bajo cualquier circunstancia ceder a algo. Es una opinión humilde.

Selecciones, Nachón y Ween

José Ángel Balmori pide otra cerveza y se siente dueño de la cantina “Salón Madrid”, mejor conocida como “La Policlínica”, ya que era frecuentada por estudiantes de la antigua Escuela Nacional de Medicina. Porta una gorra tipo trailero y unos lentes de pasta. En la rocola se escucha Caifanes y todo parece que funciona. Hasta en la mesa de a lado un gringo viejo logró conquistar a una mexicana madurona.

Dice que la revista Selecciones del Reader’s Digest lo enseñó a escribir. Aunque también su primera aproximación a una publicación impresa fue un ejemplar de regreso a clases de Memín Pinguín. A los seis años comenzó a interesarse por el rock que lo llevó a leer las letras de las canciones y después brincó a un libro que le regaló su padre de mitología griega. Tuxtepec era un pueblo que no ofrecía más que andar en bicicleta y jugar Nintendo.

“Para muchos Selecciones puede ser una mamada, pero tiene montones de trucos que son mucho más útiles que los que da Guillermo Arriaga en su Twitter. Selecciones es como aspiracional, completamente evocativo y fácil de leer. A mí me gustaba eso”.

Ya en la adolescencia puede admitir que gracias a las mujeres desnudas que salían en el suplemento Sábado del Unomasuno, que dirigía Huberto Batis, descubrió la literatura que lo marcó: Guillermo Fadanelli, Neif Yehya y Fernando Nachón, uno de sus escritores favoritos de todos los tiempos. También leyó algunas traducciones de Raymond Carver.

“Mi papá compraba el periódico y yo lo arrancaba porque tenía fotos de mujeres desnudas y era el primer acceso que tenía a la pornografía. Llegó un momento en que era más importante lo que estaba leyendo que las fotos de mujeres desnudas. También me gusta Martin Amis, David Cooper, Yasutaka Tsusui, Philip Roth, tampoco soy muy complicado”.

-¿Cómo conociste personalmente a Fadanelli, quien fundó la editorial Moho hace más de 15 años?

Lo conocí hace mucho tiempo en una presentación en el Museo José Luis Cuevas. Una vez publicó en Sábado un artículo que se llamó “La historia de mis fans”, en donde decía que detestaba que la gente se le acercara para preguntarle algo o para hablarle de su trabajo: le daba pavor. En ese tiempo tenía 17 años, me acerqué a él y le dije que me gustaba lo que hacía. Le comenté que tenía un Fanzine que se llamaba “Mondo Trasho” por el primer corto de John Waters, a quien conocí por Fadanelli y sus artículos en Moho. Pasó el tiempo y le mandé un texto a Yolanda –también fundadora de la editorial-, le gustó mucho y lo publicó en la revista. Me invitaron a su casa y nos tomamos unos vasos de agua, y después me fue procurando Guillermo porque es una persona cariñosa, a quien estimo muchísimo.

-¿Consideras que “Ascópolis” tiene un trasfondo muy rock?

Quizás haya influenciado su ritmo. Tengo un epígrafe de Lawrence Hayward líder de “Felt” -banda británica de rock alternativo-, pero creo que fue fundamental que el libro lo escribí acostado y fumando. Jamás me senté. Realmente creo que eso tiene mucho que ver: lo corregí acostado y por eso fue incómodo porque me dolió la espalda. Pero no me quería sentar, sentía que si me sentaba hubiera sido un libro más serio. Las influencias del libro más que autores fueron películas de comedia, caricaturas, canciones o historias que me contaban.

-¿Cuál es tu banda favorita?

Se llama “Ween”, es un grupo de Pensilvania de dos drogadictos que hacen música extraña todo el tiempo, muy valiente. Creo que es de los grupos que llevan la música a lugares más extraños. Me gusta “The Beach Boys”, se me hace un grupo fantástico. De México me encanta “Fobia”. Me importa demasiado el punk. En el libro hay ilustraciones de varios amigos que tienen grupos de punk. La ilustración más asquerosa es de “Los Inservibles”, el mejor grupo de punk nacional. Las otras son de Mou, de “Bam Bam”, y al final hay una de Edwin Sandoval que tocaba en un grupo de punk de Monterrey que se llamaba “Los Margaritos”.

José Ángel además escribe en revistas como Vice, Marvín y estuvo muchos años escribiendo en Circulo Mix Up. También colabora en una página que se llama Afterpop. A pesar de que tiene una influencia muy directa de la música, quiso evitar las referencias musicales porque ese “truco” no aporta nada.

“Ascópolis” es inmediato, duro y sucio como el punk. Es más una rola de los Ramones que de Pink Floyd.

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