A principios de este año, el artista Vicente Rojo le llamó al fotógrafo Rogelio Cuéllar para darle dos noticias contrastantes: la muerte de su cuñada Ana María Cama –quien dirigió la mítica librería Madero- y el hallazgo de mil 100 libros de los dos mil ejemplares editados de “Huellas de una presencia”.
En la casa de la editora se encontraban varias cajas del libro que publicó “Artífice Ediciones” y que, tras el devastador temblor de 1985, quedaron sepultadas entre polvo y piedras. La publicación del “fotógrafo de los intelectuales” data de 1982 y nunca tuvo una presentación oficial. 30 años después resurge de los escombros para las nuevas generaciones. Es un trabajo personal que se caracteriza por esa mirada espontánea del fundador de la revista Proceso y del periódico La Jornada.
La escritora Esther Seligson y Vicente Rojo invitaron a Rogelio Cuéllar a hacer una selección de su trabajo que abarcaba de 1967 a 1980. Pero era imposible porque tenía cientos de cajas de negativos y todas sus imágenes le gustaban, así que fueron los fundadores de la editorial quienes hicieron una selección definitiva de 85 fotografías en blanco y negro: paisajes urbano y rural, niños jugando en la playa, vecindades semi destruidas, fachadas de negocios, ventanas, escaleras, coladeras, árboles, caminos infinitos, gatos atentos, objetos cotidianos.
Si bien “El Duende” –como lo bautizó Borges- es conocido por sus retratos a escritores y artistas de México y del mundo, en “Huellas de una presencia” se aprecia una mirada distinta, otras preocupaciones estéticas. Esther Seligson escribió en el prólogo del libro: “En su mirada no hay nostalgia o tristeza que enturbie ese ver esencialmente gozoso, gozoso inclusive en su encuentro con el dolor, la miseria, lo sórdido, la ironía: se trata de una mirada lúdica de ver”.
El libro diseñado por Vicente Rojo tiene un hilo conductor: la huella del hombre. Una de sus fotos favoritas la tomó en París. Corría el año de 1979 y Rogelio piso por primera vez la capital francesa. Trabajaba en la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México con Fernando Lozano y se le abrió el universo. En los ratos que tenía de ocio, salía a las calles con su Pentax y varios rollos blanco y negro.
En Los Halles, la zona de mercados, se estaban construyendo edificios, viviendas y despachos múltiples. En el muro de uno de esos inmuebles se pegó una especie de tapiz en el que aparecían dos tipos, uno sentado y otro caminando. Estaba lloviendo y pasó por la calle encharcada un hombre a contrasentido de los personajes pintados. Justo dio un clic para cazar esa imagen que, para Rogelio, es un homenaje a su gran ídolo Henri Cartier Bresson y su foto “Derrière la gare Saint-Lazare”. Siempre suelta carcajadas cuando mucha gente le dice: “Oye, qué padre te quedó el photoshop”.
Otra fotografía entrañable es la primera que tomó cuando tenía 17 años de edad. Iba todas las mañanas a la Prepa 5 y, en esa época, la zona de Coapa era un paisaje dominado por establos y campos de alfalfa. Pero a la distancia había un árbol solitario y seco, la neblina era su única compañía. Hizo un disparo preciso y así nació “Por los caminos que cruzaremos”. La tierra quieta, esperando.
“Para mí fue muy importante darme cuenta que tenía impresas el 95 por ciento de las fotos originales. Una fotografía que imprime un autor hace más de 25 años, ya forma parte de lo que se llama copias vintage. Esas fotos tienen un doble valor: la época en que se revelaron y me siguen emocionando”.
De 1978 a 1989 trabajó para la Dirección General de Culturas Populares, que le permitió conocer los rincones insospechados del país, sobre todo las comunidades indígenas de Michoacán, Chiapas y Oaxaca. Le sorprendió cómo las mujeres trabajan el añil o el caracol púrpura, del cual se extrae un tinte con el que se colorean prendas como rebozos, vestidos y huipiles, que portan sobre todo las mujeres mixtecas.
En esos años de ausencias familiares por los largos viajes, Rogelio compraba película Polaroid para hacer fotos y regalárselas a los habitantes de las comunidades como una forma de entablar una relación con el otro. Ahora celebra que con un teléfono celular se puedan tomar imágenes y que los propios pueblos puedan registrar su vida cotidiana.
Sin embargo, dice que las personas deben aprender a mirar, conocer la mecánica de la cámara para controlar la profundidad de campo y darle ritmo visual a un fragmento de la realidad. ¿Y cómo se aprende a mirar? Viendo pintura, escultura, teatro, cine. Escuchando conciertos y leyendo a los grandes autores.
Imprenta Rojas, Garibay y Cioran
El departamento-estudio de Rogelio Cuéllar es un caos ordenado. Cuadros, marcos, litografías, cajas de fotografías, folletos, lámparas y otros artefactos componen la escenografía del “retratista que espía y acecha temeroso de la rigidez”, como lo definió Carlos Monsiváis.
No le preocupa el anuncio de la quiebra de Kodak, ya que hacer fotografía en blanco y negro sobre papel de algodón va a perdurar como la litografía. Su renuencia a la tecnología, lo orilló a acondicionar un cuartoscuro en su hogar donde cobran vida sus imágenes. Circulación de luz.
“Conseguir película en blanco y negro, papel y químicos, sí es muy difícil. Todavía en Donceles distribuyen material, pero cada vez que viajo a Nueva York o París compro ciertas cosas. Una copia impresa en sales de plata y con químicos va a tener un sentido artesanal y como pieza de colección. Ahora hay una tendencia de aplicar técnicas antiguas como platino-paladio”.
Quería ser pintor y le decían que se iba a morir de hambre. No le gustaba el ambiente denso de la prepa 5 y decidió renunciar a la escuela. Trabajó en la imprenta Rojas, ubicada en calzada de Tlalpan y Villa de Cortés, y ahí conoció a José Rosales Trevilla, el jefe de litografía. Don José lo invitaba seguido a comer a la tiendita de abarrotes de su esposa en la Narvarte. La pareja lo adoptó casi como su propio hijo. Don José observó que su ayudante revelaba rollos en el taller y le fascinaba mirar libros de fotografía. Al poco tiempo, le compró en Foto Regis una Pentax a crédito que pagó durante un año.
Así, el joven fotógrafo encontró una manera definitiva de expresión y de comunicación. Cubrir los mítines y manifestaciones estudiantiles de 1968 le permitió descubrir el sentido, la visión estética, la poética de la abstracción. Accedió a otra realidad.
Aparte de dedicarle el libro a su madre, esposa e hijos, en la última página agradece a escritores y artistas quienes hicieron posible “Huellas de una presencia”. Entre ellos está el autor de “Beber un cáliz”, Ricardo Garibay, a quien conoció en 1970 gracias a Margarita García Flores, periodista de Radio UNAM. Al termino de una entrevista con la “Cristina Pacheco” de la época, el novelista hidalguense le dijo “oiga, yo quiero unas fotos suyas. Voy a publicar un libro en Joaquín Mortiz y no tengo dinero. Pero le invito un café y un pastelito”.
Al poco tiempo, frecuentaba su casa donde se realizaban tertulias apasionadas y se hizo amigo de sus hijos, sobre todo de Ricardo María Garibay. En la sala principal se encontraba la gente que pensaba y en la estancia pequeña los chamaquitos. Una tarde, Ricardo Garibay le dijo a Rogelio “véngase para acá” y en seguida le preguntó “qué piensa de Pasolini”. El joven fotógrafo enmudeció. No sabía quién era. Salió desconsolado y pensó “si quiero seguir regresando tendré que ver películas y leer mucho, o ya no vuelvo”. Lo que hizo fue aprender.
“El primer texto que tengo de una exposición es de Ricardo. Expuse en una prepa de Salamanca, Guanajuato, y presenté fotos de la protesta estudiantil del 68. Era inconciencia o audacia, pero eran imágenes de manifestaciones”.
El contacto con las grandes figuras literarias fue natural, ya que a los 20 años comenzó a trabajar en Difusión Cultural UNAM, encabezada por Gastón García Cantú. Para Rogelio ese lugar fue su licenciatura, maestría y doctorado, porque escuchar a intelectuales en seminarios y mesas redondas, lo alejó del conformismo y lo impulsó a ser un autodidacta muy disciplinado.
“Si no hay mirada, no hay retrato”
En las conferencias que organizaba la UNAM tenía que retratar a Norman Mailer, Julio Cortázar, Octavio Paz, Carlos Pellicer o Juan García Ponce. Sacaba las fotografías bajo una regla fundamental: “Si no hay mirada, no hay retrato”. En ese tipo de eventos académicos y culturales se encontraba frecuentemente a personajes como José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis, a quien de vez en cuando le daba un aventón a su casa en su “bochito”.
Siempre quiso conocer y retratar a Picasso o a Miró. Ahora le encantaría fotografiar al pintor español Miquel Barceló, trabajar con él en su casa y decirle que admira mucho sus imágenes de mujeres africanas o su intervención en la catedral de Mallorca.
Hace muchos años, la poeta Esther Seligson le consiguió el teléfono del filósofo de origen rumano E. M. Cioran para tener un primer acercamiento con el autor de “El libro de las quimeras”. Era una misión imposible. En ese momento se encontraba en París con un amigo oaxaqueño y su esposa francesa. Rogelio no hablaba francés y le pidió a esa mujer de ojos brillantes que llamara a Cioran y le dijera que estaba interesado en tomarle unas fotos. La mujer escuchó por el auricular un breve mensaje del famoso escritor: “Si él me ha leído sabrá que no me interesan los retratos, pero sí lo puedo recibir y platicamos”.
“Si voy a fotografiar a alguien tengo que conocer a fondo lo que hace. Necesito leer, ver, y conocer su obra”
Llevó su mejor portafolio a la cita y a Cioran le llamó la atención el rostro de Esther Seligson que era su traductora y no la conocía físicamente hasta ese momento. Se quedó maravillado. Pactaron una reunión definitiva. Lo citó tres meses después en su hogar, le ofreció té y galletas. Abrió la ventana principal y le dijo “haga lo que usted quiera”.
“Si voy a fotografiar a alguien tengo que conocer a fondo lo que hace. Necesito leer, ver, conocer su obra para tener una certeza de a quién voy a fotografiar. Aunque no dialogue con mi personaje una sola palabra, pero el enfrentamiento visual es muy importante”.
Durante la entrevista no deja de sonar su celular y el teléfono fijo. Entre citas, saludos, mensajes cariñosos de sus hijos, café y cigarrillos, corre el tiempo del fotógrafo que ayuda a ver, a mirar una belleza intocada.














