“Vas a repetir porque no sirves para nada”, escuchó la voz ronca de su maestro de séptimo grado que casi lo deja sin aliento. Fabián Casas tenía 11 años de edad y estaba perdidamente enamorado de una compañera del salón que sí iba a pasar el curso. El oprobio total. El mozalbete no sabía qué hacer y aseguró que le gustaba leer y escribir. “Tráeme algo que escribiste”, ordenó el profesor mirando esos ojos incrédulos.
Fabián había mentido y regresó a casa corriendo. Esa tarde, entró a la habitación de sus padres –era amplia y había una mesa de madera frente a la cama- y escribió en su cuaderno un relato que tituló “Pomelo”. Al día siguiente se lo entregó al maestro. Pasó una semana y no había respuesta. Una angustia extraña invadió el cuerpo del niño que vivía en Boedo, un barrio del sur de Buenos Aires. Por fin, el profesor le dijo: “Está buenísimo lo que escribiste”. Fabián pasó de año y así arrancó su pasión por la escritura.
Ahora es uno de los escritores más destacados de Argentina. Publicó los libros de poesía “Tuca” (1990), “El Salmón” (1996), “Oda” (2003) y “El spleen de Boedo” (2004), todos reeditados por Emecé en 2010 bajo el título “Horla City y otros”. También la novela breve “Ocio” (2000) y el libro de relatos “Los lemmings y otros” (Alpha Decay, 2011). En 2007 apareció “Ensayos Bonsái” y ese mismo año ganó en Alemania el premio Anna Seghers por, en palabras del jurado, “poseer una lírica extraordinaria y ser su obra una fuente de inspiración para los autores de América Latina”.
A México llega lo mejor de su poesía en “El pequeño mecanismo de los acontecimientos” (Almadía 2012), gracias a una selección del poeta Hernán Bravo Varela, quien describe la poesía de Fabián Casas como la “percepción razonada del instante, ese fragmento legible de la realidad”. Sin duda, los 58 poemas reunidos son una perfecta edición del presente que ya pasó: una mirada audaz y fugaz de la vida cotidiana. Paisajes a punto de desaparecer.
Uno de los poemas más notables es “Hoy mi madre tenía que cumplir 48 años”. Demasiado triste: una ausencia que es presencia.
Hoy mi madre tendría que cumplir 48 años;
pero hace tres que está bajo tierra
en un cementerio de los suburbios de la ciudad.
Aun así, las cosas persisten en crecer.
El sol arroja sus arpones amarillos
a través de las nubes,
los chicos juegan en los parques sus juegos de
siempre,
un satélite ruso se estrella en París;
y yo me paro algunos días frente a su tumba
y me doblo con las flores en la boca del viento.
-¿Cómo te definirías como poeta? Dicen que tu poesía es una constante búsqueda de atrapar instantes…
Hay una frase de un súper poeta argentino que se llama Alberto Girri y que dice algo genial: a la poesía no se la define, se la reconoce. Me gusta pensar que cuando escribo surge mi voz personal y, a veces, la voz extraña. Yo corrijo dejando la voz extraña y desechando la voz personal. ¿Qué es la voz extraña? No sé. Pero sé que cuando surge, el poema está en estado de pregunta, me causa escozor, vergüenza ajena y vértigo. Esas cosas.
-¿Cómo conociste a Hernán Bravo Varela?
Hernán vino a Argentina y me llamó por fono. Su trabajo con el libro me parece uno de los gestos más altos que pueda tener un poeta: recomendar a otro escritor.
-¿Tienes buena o mala nostalgia? Porque tus temáticas son principalmente la familia: tu padre, tu madre, la casa donde viviste, el barrio, la infancia…
Soy nostálgico, por eso trabajo en contra de la nostalgia, que me parece improductiva.
-Otro tema central es la muerte. Por ejemplo, los poemas “Hoy mi madre tenía que cumplir 48 años”, “Sin llaves y a oscuras”…
La muerte camina a un brazo de distancia (a la derecha, la muerte es de derecha) y cuando quiere nos toca. Y se acabó. No pienso en mi funeral como no pienso en la posteridad.
-De repente hay una sensación de rebeldía en varios poemas: “Lo único es superar a nuestros padres”. ¿Cómo fue tu niñez-juventud durante la dictadura militar?
La dictadura militar nos enseñó a escribir. En mi país el escritor no ocupa absolutamente ningún lugar, y eso es genial porque uno no se toma en serio y se ocupa de escribir, nada más. Leer, escribir y fumar.
-¿Qué influencia tiene Julio Cortázar en tu poesía? “Un plástico transparente” se me hizo muy Rayuela cuando dices: “Las parejas y las revistas literarias duran casi siempre dos números”.
Me gustaba mucho Cortázar cuando era chico, le tengo un inmenso cariño. El plástico transparente es algo que realmente pasó. No hay ficción.
-El escritor Jordi Soler dice que las cosas inútiles, como la poesía, son la sustancia de la vida, ¿coincides con él?
La poesía trabaja en contra del blackberry, el facebook, el twitter y todas esas promesas de felicidad que sólo consiguen hacerte perder experiencia.
-Dicen que hay libros “salvavidas”, ¿hay algún libro que haya cambiado tu vida?
Lo que te salva es la gente. El cariño de las personas, los logros colectivos. Aparte de eso “Viaje al fin de la noche”, de Céline, me partió la cabeza.
-Afirmas que los escritores no le importan a nadie, ¿es difícil la vida del escritor?
Yo creo que es difícil la vida para la gente que vive en la pobreza total, sin posibilidades de nada.
-En México nombres como Cortázar, Borges, Gelman, son escritores que gustan mucho. ¿Qué otros escritores son ejemplares en tu obra poética?
Borges es un escritor genial. Después hay muchos de Horla City que me gustan: César Vallejo, Jorge Aulicino, Ricardo Zelarayán, Gerardo Deniz.
San Lorenzo y karate
Fabián Casas estudió filosofía y comenzó a trabajar a principios de los 90 en el diario Clarín. Después fue editor del diario Olé y también escribió en la revista deportiva El Gráfico. Cuando estaba surgiendo Olé colocó un cartel en la puerta de entrada que decía: “Los que entran aquí, que abandonen toda esperanza. Dante”.
El hincha de San Lorenzo de Almagro siempre sufre. Puede estar en la gloria o en el infierno. El “Ciclón” tuvo 12 años de sequía de títulos, hasta que en 1995 alcanzó el campeonato con Héctor “Bambino” Veira. Recientemente evitó el descenso y escapó de la tragedia que vivió River Plate el año pasado tras perder la serie ante el modesto Belgrano.
Dice que el momento más feliz de los últimos tiempos se lo debe al 10 de San Lorenzo, Leandro Atilio Romagnoli: “Es un jugador extraordinario, espiritual, que movió la isla –como Benjamin Linus en Lost- y nos salvó del descenso”.
Por las mañanas hace un poco de karate en el dojo, después al jardín con su hija, trabaja por las tardes en una redacción, cena en familia, lava los platos cuando le tocan y bebe algún whisky antes de dormir. Uno de los consejos que sigue en su vida y en la escritura lo aprendió del Sensei Funakoshi: “Idee en todo momento, idee siempre”.
La poesía de Fabián se mueve en todas direcciones como la “Naranja Mecánica” del 74. En la final contra Alemania, apenas corría un minuto de juego y Neeskens ya había anotado de penal. Ningún alemán tocó el balón, los once de blanco y negro sólo vieron rodar el esférico. Así, la poesía de Fabián descubre el mínimo detalle: foto-poemas. Al igual que ese equipo de Cruyff, “El pequeño mecanismo de los acontecimientos” se mueve con total libertad. Horizonte de límites cambiantes.





