Los dos rostros de la Santísima Muerte

La Santa Muerte es dual, afirman, porque tiene dos rostros: el de la bondad y el de la maldad, que se mezclan bajo la capota que cubre su cráneo

Los dos rostros de la Santísima Muerte
La Santa Muerte

La Santa Muerte

Le dicen Niña Blanca, y también le dicen Niña Negra. Es dual, afirman, porque tiene dos rostros: el de la bondad y el de la maldad, que se mezclan bajo la capota que cubre su cráneo. La invocan, en su desesperación, lo mismo enfermos que prevaricadores, desamparados y salteadores, y va al encuentro de las víctimas y de los verdugos.

Es la Santa Muerte, en cuyo honor, este Día de Muertos, debajo de un puente en Ecatepec, se ha convocado a una fiesta de lobos y corderos…

El sueño de un músico

A mediados del siglo XVIII, el compositor Giuseppe Tartini tuvo un extraño sueño: que el diablo era su sirviente y que le cumplía todos sus deseos aún antes de formularlos. En su sueño, Tartini quiso componer una pieza musical, pero apenas esta idea se creaba en su mente, cuando el sirviente ya había tomado el violín y comenzado a tocar una suave melodía que, al despertar, el músico italiano emborronó sobre partituras. El nombre de esta sonata, que el autor consideró hasta morir como su obra maestra, es El Trino del Diablo.

Angel Santamaría narra la historia a manera de introducción. Es un joven moreno, de 23 años, con una tajada que le surca el cuello. Viene de Guerrero y es aspirante a la Escuela Nacional de Música, de la UNAM.

“Ayer le toqué esa pieza a la mujer más hermosa que he visto jamás –dice Ángel–, estaba en Tepito, en la calle de Alfarería, postrado ante la Santísima Muerte.”

Ángel tenía seis años cuando quedó fascinado por una imagen que vio, al paso, pegada en la ventana de una casa: un esqueleto ensotanado que sostiene una guadaña y un mundo entre sus manos. “Desde entonces comencé a encomendarme a la Niña Blanca –recuerda–, pero en secreto, y fue hasta la secundaria que me animé a ponerme un collar de ella.”

Hasta la fecha, esa figurilla metálica de la Santa Muerte pende de su cuello y, de hecho, la correa ayuda a disimular la cicatriz que lo cruza de un extremo a otro.

Pasó que en Guerrero me iban a matar –dice Ángel–, me junté con personas malas, narcos, que luego intentaron matarme, intentaron degollarme, yo me estaba desangrando y no sé cómo, pero tuve la fuerza para correr y buscar ayuda… en el hospital le pedí perdón a la Santísima Muerte, le pedí que me dejara vivir, que me dejara cambiar, eso fue hace tres años y ahora estoy aquí, en el DF, me voy a convertir en un gran músico, ese es mi sueño… por eso, ayer, mientras le tocaba, sólo cerré los ojos y la imaginé observándome, deleitada, sentada frente a mí, mientras yo hacía vibrar el violín, con ese amor… con ese amor…”

–¿Y de dónde sacaste un violín?

Ángel sonríe y hace un guiño, antes de responder.

–Se lo pedí prestado a un mariachi…

La bala y la guadaña

Esperanza tiene un cabello larguísimo, lacio, de un negro profundo y brillante, peinado en cola, para no quemarlo cuando introduce en su boca la parte encendida de un puro, y luego sopla, rodeando con su humo, una por una, al centenar de figurillas que reposan sobre una alfombra de cempazúchitl y pata de león.

Esperanza hace sahumerios en cada imagen de la muerte, lleva a sus bocas una botella de mezcal, las rocía con la esencia “Abrecaminos” (versión en aerosol), y después, con un atomizador, las baña en perfume. Hace así lo mismo con las figuras de cerámica, que con las pinturas e, incluso, con el pecho de una joven que estira su escote casi hasta reventarlo, para que la calavera que descansa en su senos asome el rostro.

Yo soy devota de la Santa Muerte desde hace 20 años –dice Esperanza, de no más de 35–, yo era bailarina en un bar de Tijuana y un día la dueña me regaló un dije con su imagen… ella no la quería conservar, pero tampoco quería tirarla, así que me la dio. Y al día siguiente, en el bar hubo una balacera, allá en Tijuana los bares siempre están llenos de narcos y de gente violenta, muy drogada y muy alcoholizada… yo no supe cómo, pero una bala me rozó el pecho y, sin embargo, no me lastimó, dio con la imagen de la Santísima Muerte, pegó en su guadaña.”

Esperanza señala con el dedo una pequeña escultura cadavérica que yace, junto con decenas más, en el templete donde este Día de Muertos se les rinde culto, junto a la estación del Metro Ecatepec. Y en el cuello de la escultura, el viento mece aquel dije la joven mujer porta desde aquella noche en Tijuana.

–¿Le debes favores a la Santa Muerte? –se le pregunta.

–Muchos –responde, con plena convicción–, mi mamá tenía cáncer terminal y me la sacó del hospital; y mi hijo de 16 años se metió en drogas y me lo ayudó, ya está limpio, tranquilo y echándole ganas a la escuela… y ahora le pido por mí, porque estoy también con cáncer, estoy en radioterapia y quimioterapia, sin embargo, tú me ves, sigo al cien por ciento, no se me ha caído ni el cabello, pero aún si se me cae, va a ser en prenda para ella, la Niñita, que me siempre ayuda…

Desde la prehistoria (sic)

Yamarash tiene 24 años y ya es el representante oficial de la Congregación Nacional de la Santa Muerte, título concedido por su padre, quien se hace llamar Hermano Parka y que hace diez años se proclamó como precursor de este credo moderno en Ecatepec, el municipio más poblado de la República Mexicana.

“Nosotros estamos apegados a las bases históricas, antropológicas, del culto a la Muerte –dice el joven, efundado en un traje de dos piezas, elaborado en terciopelo negro–, pero no por eso dejamos de reconocer a Dios como el creador, y sabemos que la Niña sólo cumple con el mandato que él le otorga”.

Yamarash, junto con su padre y algunos “padrinos”, han sido los encargados de organizar el festejo por los 10 años de la Santa Muerte en Ecatepec, con imitadores de Juan Gabriel, Alejandro Fernández y Jenny Rivera, así como un baile callejero que ha convocado desde el mediodía a dos centenas de vecinos, la mayoría mujeres (señoras, jóvenes y niñas, ninguna anciana), así como a seguidores de este credo provenientes de Coyoacán, Cuauhtémoc, Tláhuac y otros puntos del la ciudad y el valle de México.

“La importancia de hacer estos actos –aclara– es encaminarnos a la búsqueda del registro como asociación religiosa ante la Secretaría de Gobernación, tenemos ya representantes en casi todos los estados del país, aunque nos falta todavía en algunos puntos del norte, como Baja California o Nuevo León, pero esperamos que, a más tardar en 2014, contemos ya con este registro oficial.”

–¿Cuál es el origen del culto a la Santa Muerte, en concreto? –se le pregunta.

–Es una fusión entre la cultura prehispánica y la Colonia –afirma el joven brujo, quien en un pequeño local esotérico ofrece servicios como rendir a tus pies al ser amado, alejar a enemigos y hasta “mostrate la cara de la persona que te hace daño”–, las raíces vienen de la diosa Mictlanteculti, a la que se le ponía su altar, se le hacían danzas, como hoy lo estamos haciendo, y luego de la conquista de los españoles, pues cambia su nombre a Santa Muerte… entonces, nosotros heredamos de nuestros abuelos esta creencia, que fusiona la colonia, la conquista y la prehistoria (sic).

Yamarash habla de los milagros de esta deidad, de los castigos, y de su mala fama, algo que “para nosotros es un foco rojo, ya que la Niña Blanca no hace el mal…” Esto no obsta para que, un minuto después, al dirigirse a la audiencia a través del micrófono, advirtiera que “hay de aquellos pobres que intente meterse con algún devoto, porque sabemos que la Santa Muerte es muy castigadora”.

Luego, Yamarash les recuerda a sus seguidores que la comida que se repartirá durante el festejo es gratuita, pero quienes quieran alcanzar un plato deberán pagar, al menos, “60 pesos como donativo, con lo que también recibirán una Muerte de yeso como ésta”, y pone a la vista la más sencilla de las figuras que vende en su local.

Epílogo: la medicina

Endovéliko surte pulseras de a diez, inciensos de a 20, estampas de a 15, escapularios de a 30, todos “curados durante siete noches de luna, en el cerro del Mono Blanco, en Catemaco”.

Es también el encargado de formular las bases historiográficas que dan sustento al culto a la Muerte en México y, en este carácter, toma el micrófono para recordar a la gente que, siendo licenciado en historia de las religiones, con él puede acercarse cualquier feligrés que tenga dudas sobre esta materia.

Endovéliko pertenece al grupo cercano de Yamarash y, como él, prevarica sin reparos, ante las personas cuya fe ha sido capturada en la última década.

“Yo soy el hermano Endovéliko –grita al micrófono– y los voy a exhortar a que no nos dejemos engañar por todas esas personas que nos atacan y que en nombre de dios manejan una Biblia amañada, tergiversada… sabemos que la muerte existe porque la vida existe, si no hubiera vida ¿qué se moriría? Por eso –decreta–, sin la muerte no habría vida.”

A quienes anhelan compartir sus conocimientos, este joven musculoso los remite a la biblioteca central de Ciudad Universitaria, para cultivarse, y subraya que “es importante, hermanos, no dejarse manipular”, para luego hacer una curiosa analogía.

“Recuerden, hermanos, que cuando están enfermos y van al doctor, él les receta medicina, sin la medicina no se curarían nunca de la gripe por más que vayan al doctor… y de la misma forma

–Remata– ocurre con el culto a la Santa Muerte: es importante que tomemos nuestra medicina espiritual, que son los rosarios, los escapularios, los inciensos, los puros, las pulseras, en fin, todos los productos que traemos para ustedes…”

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