Carlos, entre el cáncer y mexicanos en el exilio

“Fue como estar en prisión”. Así describe el abogado, Carlos Spector, los últimos 5 meses de su vida.

Se limitaba a ser un observador.

“No podía hablar, comer, hasta tomar agua era difícil”. Durante esos meses, aprendió que decirle a alguien: “ánimo, échale ganas”, no tiene sentido cuando se trata de una vida sin fuerzas para nada.

Luchar contra el cáncer en la garganta lo obligó a dejar temporalmente su trabajo en el despacho donde, junto con su esposa, impulsan los casos de asilo para 73 familias que tuvieron que salir huyendo de México por la violencia.

Originario de El Paso, Texas, el abogado, resiente todavía las secuelas del tratamiento, habla con dificultad sobre todo cuando lo hace por un largo tiempo, se cansa con frecuencia, por eso se limita a acudir al despacho tan solo unas horas a la semana.

Ésta es, dice, una de las primeras entrevistas que da para hablar no sólo de su enfermedad, de sus días de encierro atrapado en su cama, si no además de las familias de mexicanos, algunos de ellos originarios del pueblo de su abuela, Guadalupe Distrito Bravo, Chihuahua, que han tenido que pasar de víctimas a activistas para formar la organización “Mexicanos en el Exilio”.

Todo empezó, recuerda, cuando su esposa Sandra y él encabezaron la lucha legal para obtener el asilo político para víctimas de las guerrillas en Centroamérica.

Su despacho amplió su cartera cuando algunos migrantes los buscaron para impulsar los amparos a sus deportaciones.

Y así, a costa de tanto pelear contra el sistema legal norteamericano, llegó el primer caso de asilo político para un mexicano, en 1991. Se trataba de un político panista. Ernesto Poblano Ojinaga que no sólo fue el primero en derrotar al PRI en una elección en el norte del país, sino que al desafiar al sistema tuvo que huir por la persecución que se inició en su contra.

Otro caso más, que marcó su vida, admite el abogado, fue el de un militar mexicano.

Eran los años de la guerrilla Zapatista en Chiapas.

Justo en 1994, Jesús Valles, un capitán del Ejército que había sido destacado en la selva chiapaneca recibió la orden de asesinar a todos los indígenas que fueran detenidos por participar en el levantamiento armado.

El militar se negó a cumplir la orden y tuvo que huir del país. El bufete de abogados lo representó en Estados Unidos y obtuvo el asilo. Con el tiempo, la vida del militar, que parecía dar un vuelco, terminó por llevarlo hasta las filas del ejército norteamericano donde ahora está “irónicamente” cumpliendo su vocación.

Han pasado casi 30 años desde que iniciaron su carrera profesional y su activismo social.

Y nunca, admite el abogado, imaginó que los siguientes casos que debería representar fueran los de vecinos, paisanos de su abuela.

Marisela Escobedo fue una de sus primeras representadas. “Ella cometió el pecado mortal de denunciar a los cárteles de Zacatecas, eso bastó para que la empezaran a perseguir, argumentaban que les estaba calentando la plaza.

Pero la historia de Marisela sólo anticipaba lo que estaba por descubrir.

Hoy son 73 familias que tuvieron que huir de México, dejándolo todo, víctimas de la violencia, de la persecución. “Es terrible saber que todas estas personas tienen un familiar que ha sufrido por la guerra contra la delincuencia, algunos incluso, a manos de los propios policías o del ejército.

AUTOEXILIO…

Desde El Paso, hasta Chicago, pasando por Austin y San Antonio, los mexicanos han buscado refugio en el anonimato, en el esconderse y voltear la página de su propia nacionalidad.

Algunas personas huyeron solas, pero hay algunas familias, como los Porras de Villa Ahumada, que tuvieron que dejar su vida todos, 22 en total.

Villa Ahumada, cuenta el abogado, -con un agobio que descubre cuánto le conmueve lo que han vivido las familias-, era un pueblo famoso por sus asaderos. Cuando uno pasaba por ahí, necesariamente debía detenerse.

Pero la violencia se enraizó a tal grado que ahora son familias, tras familias, las que deben dejarlo todo, negocios, trabajo, escuela, salirse sin un centavo, porque las extorsiones, la intimidación termina por obligarlos a preferir salvar la vida, aunque se queden sin nada.

“Lo que estamos viviendo es tan terrible… Cada mes digo que ya lo he visto todo y que no hay nada que me sorprenda; sin embargo, siempre hay algo peor, más doloroso”.

Tan sólo hace unos días, en Todos Santos, fue difícil para cada uno, por casos como el de Saúl Reyes, que a pesar de que sus familiares que permanecen en Chihuahua fueron asesinados, no puede siquiera ir a verlos y dejarles una flor, una veladora en el panteón, porque hasta ahí llegó el odio.

Las tumbas fueron  destruidas en Guadalupe.

A sus 58 años de edad, el abogado reconoce que la vida de un exiliado no es sencilla, porque no se trata sólo de huir de tu país, además se trata de llegar a la nada.

Pero ahora que lucha contra el cáncer valora lo que las familias de mexicanos en el exilio han logrado.

“Cuando te matan a toda tu familia o te obligan a huir y esconderte, estás solo en un país ajeno, con un idioma distinto y con el paso del tiempo logras adaptarte y hasta tienes un trabajo, eso habla de la valentía de estas personas”.

SILENCIO OBLIGADO

Cuando le diagnosticaron cáncer de garganta y tuvo que someterse a una cirugía que lo dejó en silencio y atrapado en su cama, el abogado Spector y su familia enfrentaron su más difícil batalla.

Una de las acciones que tomaron para poder continuar con la integración de expedientes y el seguimiento legal para solicitar el asilo de 73 familias, que significan más de 200 mexicanos, en Estados Unidos, fue crear una organización donde todos estén representados y que dieran un paso de víctimas a activistas, defensores de sus derechos.

De esta manera surgió “Mexicanos en el Exilio”, donde hay un miembro de cada familia en la mesa directiva, que participa de manera activa en las dos áreas de la defensa: la lucha legal y la política.

Esto permitió que el abogado se sometiera al tratamiento de quimioterapias y radiaciones para combatir la enfermedad.

Hoy sé que debo hablar del cáncer, para decirle a la gente que hay posibilidades de salir adelante. Dice.

“Yo era un hombre que corría, hacía pesas, ahora me limito a trabajar de 2 a 3 horas a la semana y aún batallo para comer porque me duele la garganta, pero veo avances”.

Y en un ejercicio de humildad, reconoce que mientras estuvo “tumbado en cama”, muy grave, se puso a evaluar su vida. No podía sentirse triste o arrepentido por no tener un bufete más grande como sus colegas, al contrario, estuvo feliz por la oportunidad de ayudar a muchas familias.

“He logrado mi sueño”, dice y dibuja una sonrisa, cuando piensa en la organización donde él juega el papel que siempre quiso, el de abogado.

“Cuando te dan quimios y radiaciones, hasta hueles de muerte y contemplas tu vida y nunca es lo material…”

LLORAR Y… SEGUIR

¿Si ha valido la pena? Cuando recuerdo escenas como la de hace poco más de un año, cuando me llamó una señora para pedirme que ayudara a su hijo y lo tuve frente a mí, en el puente fronterizo, creo que ha valido la pena.

Él, un hombre honrado, con dos hijos preciosos, una familia hermosa, se vio enfrentado con los policías. El jefe de la policía lo extorsionaba, cuando ya no pudo pagar, ordenó que sus agentes se lo llevaran a una presa, ahí, tomaron un machete y le cortaron las piernas.

Su mamá me contó lo que pasaba y me advirtió que si se quedaba ahí, terminarían matándolo. Hicimos lo necesario para que abandonara México.

Cuando estuvo frente a mí en la frontera, recuerda,  lloré como un niño”.

Entre la tristeza, el dolor, el coraje, que sentía, pasé del terror a la depresión, hoy por fortuna, él se ha sobrepuesto y está recuperando su vida, ahí es cuando creo, que a pesar del cáncer, ha valido la pena y aún hay mucho por hacer.

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