Cuentos hiperactivos

En la foto se puede ver a los tres ganadores.

En la foto se puede ver a los tres ganadores.

José Bernardo se siente inexplicable, Mateo como si estuviera loco y a Chuy se le va la paciencia. Sus descripciones son tan fuertes que sorprenden y desarman porque provienen de niños con trastorno de déficit de atención e hiperactividad (THDA). Muy probablemente en algún momento usted también se ha sentido igual, quizás pertenezca al cuatro por ciento de la población adulta que tiene este problema de salud cuya explicación se reduce a defectos bioquímicos en los neurotransmisores del cerebro; por esta razón los pacientes sufren alteraciones en su conducta y se comportan diferente.

No son retrasados mentales, no tienen discapacidad intelectual ni problemas específicos de aprendizaje. Pero por su hiperactividad son estigmatizados como niños de mala conducta; y por su dificultad para concentrarse o enfocarse en una sola tarea, son tachados de distraídos. Sin embargo ellos solo pueden ser diagnosticados y tratados farmacológicamente por un neurólogo.

Hoy José Bernardo, Mateo y Chuy crecen y al mismo tiempo aprenden a manejar su enfermedad acompañados y apoyados por sus padres quienes a su vez son guiados por los pediatras. Por eso han mejorado su aprendizaje, son más sociables y ¿por qué no? hasta se han convertido en escritores de cuentos.

Aquí, el cuento de José Bernardo:

cuento 2

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Cuando su energía lo desborda José Bernardo no puede controlarse a sí mismo; por eso sigue jugando aún de madrugada y de día en la escuela molesta, lastima a sus amigos o bien corre por el salón de clases a sabiendas de que la maestra lo alcanzará, lo regañará, le ordenará sentarse y lo pondrá a hacer algún ejercicio de matemáticas o español. Él sabe que está enfermo y que su hiperactividad sucede cuando olvida tomar su medicamento a la hora indicada. “No sé como decirlo, se siente muy inexplicable, como que no te puedes controlar. Quiero pero no puedo. Me pasa todo el día también hasta para dormir” describe. Los últimos dos años de sus ocho de edad han sido bajo un tratamiento que podría terminar en la adolescencia o tal vez mantenerse de por vida, según evalúe a futuro su médico; la medicina -aunque le sabe amarga- le permite tranquilizarse, relajarse y dormir.

José Bernardo posa con su diploma.

José Bernardo posa con su diploma.

María Eugenia cuenta que su parto se difícultó por la preeclampsia y dice que al dar a luz su hijo éste pesó casi cinco kilos. Al ingresar a la primaria una maestra detectó que el niño regularmente estaba ansioso, violento. Esta información asustó a sus padres quienes encontraron a un José Bernardo que no tenía miedo a nada. Tras acudir al médico María Eugenia recuerda que el diagnóstico fue una dura noticia para ellos; sin embargo el actual tratamiento en que se encuentra los tranquiliza porque ven crecer a su hijo más maduro, quien ya puede concentrarse y hacer las letras más pequeñas. “Sin las pastillas mi niño tenía un freno, como los carros cuando no pueden avanzar. Ahora entiendo que con la medicina le dimos alas porque es muy listo”.

Habia una vez un árbol llamado Jose, el era magico y muy amistoso todos los días sus amigos lo visitaban, jugaban y se divertían… el árbol con su magia podía consederles lo que tuvieran en mente…” (sic) escribió José Bernardo en el cuento que ganó uno de los tres primeros lugares de un concurso impulsado por una empresa farmaceútica. Paradójicamente el día de la premiación ni él propio autor recuerda de qué trata su texto. “Los escribo pero no me acuerdo de ellos” confiesa mientras innumerables veces solo ejecuta tres acciones: jalar las mangas de su pequeño suéter, estrujar sus dedos o bien, subir y bajar los brazos de la mesa de cristal que tiene enfrente.

Está distraído con los juegos del Museo Papalote, donde recibirá la computadora que ganó por su trabajo. “De grande me gustaría ser carpintero como mi papá. Si se me quitara esta enfermedad podría tener buenas calificaciones, porque sí hago las tareas ¡pero se me olvida entregarlas!”.

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Mateo, al momento de recibir su premio.

Mateo, al momento de recibir su premio.

La atención de Mateo está en la grabadora que sostengo cerca de su boca. No hay más. Le pregunto de qué trata su cuento que también fue ganador; pero honesto y desinteresado responde “es una larga historia, me da flojera contarte… mmmmm se me ocurrió porque tengo un muñequito que se llama Saurix, se quedó atrapado en una isla y volvió a su lugar… mmmmm…”. Sus papás lo interrumpen animándolo a darme más detalles: qué le pasó a la nave de Saurix, cómo salió de la isla. Pero sus grandes ojos verdes miran aquí, allá y más allá como diciendo “no me interesa, busquemos otra cosa”.

Tal vez todo se deba a que tuvo un mal día pues acaba de entrar a la primaria y su maestra lo castigó esta mañana por desobediente, por eso no lo dejó jugar durante el recreo. Minutos después Mateo olvida la grabadora y se concentra en las pantallas del museo que en ese momento mostraban a la luna y los planetas. “Tiene algo que me gusta –me dice- es el espacio, las figuras ¡por eso el cuento!” explica.  Emocionados, mientras su hijo explora el universo, sus padres me cuentan que este niño de seis años ya decidió que será astronauta porque le gustaría trabajar en la NASA

-¡Ahí se construyen cosas! ¡Presión, presión! ¡pushhhhhhhhhhhhhh!, dice Mateo emulando alguna colisión planetaria o la explosión de una nave espacial.

Josefa, su mamá, es psiquiatra y su primer hijo también fue diagnosticado con déficit de atención e hiperactividad; por eso detectó que Mateo tenía el mismo problema. “Es muy inteligente, activo, le cuesta mucho trabajo quedarse quieto, seguir las instrucciones. Por ahora no usa medicamentos porque está muy chiquito, pero le ha ido muy bien en general. Hace otras cosas como boy scout, kung fu. Sí saca la energía pero no se cansa” detalla.

¿Cómo hablarle entonces de su enfermedad? Pregunto. “Le explicamos que es un niño con mucha energía, al que le cuesta trabajo concentrarse y le hablamos de su entorno” dice Josefa. Pero contradictoriamente Mateo describe así lo que le sucede,

-Sí tengo mucha energía pero no sé qué tengo. No sé, se siente como si estarías loco, como que no sé cómo explicártelo, no sé cómo…

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Jesús dice que de mayor quiere ser como su papá.

Jesús dice que de mayor quiere ser como su papá.

De grande Jesús quiere ser enfermero como su papá “para poder salvar vidas igual que los superhéroes” afirma sonriente. Por eso dice que quiere estudiar mucho y mientras ese momento llega él escribe, dibuja robots, al Hombre Araña, a Mazinger. Su cuento –que también fue premiado- muestra una letra pequeña, legible, derecha, que narra la historia de un niño que sueña con conocer la ciudad de México hasta que lo consigue. “Ah sido una experiencia mágica… es verdad lo que dicen mis papas para alcanzar un sueño. Hay luchar hazlo y lo logradas” (sic) y finaliza con un dibujo de su familia junto al Castillo de Chapultepec.

Miguel, su papá, me cuenta que se resistían a creer en la existencia del déficit de atención hasta que la neuróloga les confirmó que su hijo era uno de los 1.6 millones de niños con THDA en el país. “Chuy solo escuchaba clases pero no aprendía, los niños lo apartaban y relegaban porque le gustaba mandar, para nosotros era muy triste verlo deprimido porque no lo integraban. Con su medicamento empezó a calmarse, vimos el cambio, ahora ya pasó a cuarto de primaria y ya hizo grupo de amigos”.

Conscientes de que es un proceso lento y de que su hijo desea estar bien, Chuy se focaliza en la pregunta que le hago y me habla de sus primeros años de escuela “muy feo, me regañaban todo el tiempo, antes se me iba la paciencia, me alocaba. Ahora ya soy mas concentrado, ya no pierdo el control, soy mas tranquilo y pacifico”.

Cuento de Jesús Miguel:

cuento

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“El niño feo”, “¡¡Muere!!”, “El hada y la sombra”, “El príncipe desordenado”, “La vaca Caramela y su amiga Clarabella”, “La sirena y su papá”, son algunos de los 106 cuentos que recibió y revisó la empresa farmaceútica Janssen para elegir a los ganadores. Matilde Ruiz, neuróloga pediatra y jurado de este concurso, explica que el reto principal fue que los niños con THDA demostraran su capacidad para concentrarse y escribir una narración bien hilada, con mensaje. “En la mayoría de estos textos el niño transmite lo que esta sintiendo. Se sabe diferente, no sabe por qué solo sabe que algo no anda bien, que es impulsivo y que lo rechazan, que se porta mal y nadie lo quiere. Por eso trato de hacerles ver que tienen una dificultad y que eso se puede regular con apoyo farmacológico”.

Walfred Rueda, psiquiatra especialista en THDA, precisa que es más común que los afectados sean varones. Pero también entre estos pacientes hay un matiz: estadísticamente los niños padecen  hiperactividad mientras que las niñas padecen déficit de atención. “Es importante decir que en ocasiones los papás heredan esta enfermedad a sus hijos y es hasta que llevan a su hijo al médico se enteran que tienen el mismo problema. Cuando lo comprenden, suelen decir si yo hubiera sabido esto antes no me habría ido tan mal en la escuela, mis relaciones interpersonales y el trabajo”.

Con una clara visión de futuro, la doctora Ruiz asegura que con tratamiento estos pacientes serán a futuro chicos sanos. “El cerebro aprende a funcionar bien o mal. Si un niño funciona mal, todo el tiempo lo están regañando y castigando, no será exitoso, no aprenderá y ese cerebro se desarrollará así en los próximos 20 años.  Pero si ayudamos y enseñamos a estos niños a funcionar bien, sin duda su futuro podrá ser otro”.

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