Disfruto la fase del reporteo y sufro cuando escribo

Portada del libro 'Historias del más allá en el México de hoy. Crónicas esotéricas'.

Portada del libro ‘Historias del más allá en el México de hoy. Crónicas esotéricas’.

Dice el escritor Juan Villoro que mientras los periodistas engordan –porque cada vez salen menos a la calle- los periódicos adelgazan. Afortunadamente hay excepciones y el periodista Gerardo Lammers lo demuestra en su libro Historias del más allá en el México de hoy. Crónicas esotéricas (Producciones El Salario del Miedo, 2012). El chilango que radica en Guadalajara, Jalisco, es un vago de la información, un aventurero. No está en paz en ninguna parte, siempre busca alguna historia sorprendente para compartirla a sus lectores.

Ante la cascada de libros que se venden como “periodismo narrativo” –al hojearlos sólo hay notas informativas aderezadas con frases gastadas o pretenciosas- aparece luminoso Historias del más allá en el México de hoy: una fusión exacta de periodismo y literatura, un libro-amalgama de 15 crónicas diversas que se convierten en un acto de transgresión. Gerardo siempre tiene prisa. Se trepa a una bicicleta y se persigna para recorrer el DF y luego aparece en San Vicente Chupaderos, Durango, la ex locación favorita de Hollywood donde se filmaron cientos de películas western.

Armó el rompecabezas del Chavo del Ocho luego de entrevistar a casi todos los protagonistas de la serie televisiva más popular de América Latina. Además se trasladó a Puebla para conocer a la gente que sobrevive a la presa de Valsequillo, quiso ver a los niños con seis dedos –producto del agua contaminada- pero no pudo. Los pobladores fueron herméticos. Entre las mujeres hay un pacto para ahuyentar a los reporteros: “les van a poner una corretiza si vuelven, ¿qué les importa si nuestros hijos tienes seis dedos? ¿Nos van a venir a ayudar o qué?”.

Gerardo dice que todos los seres humanos tienen su lado “esotérico” y en el libro –primero de una colección de periodismo gonzo- hay historias irreales y paranormales al estilo de la serie noventera The X-Files. Escribió cuatro historias extraterrestres luego de publicar en el aviso clasificado del diario El Universal: “Busco testimonios de personas abducidas o con contactos extraterrestres. Gratificaré $$$ testimonios seleccionados. Interesados escribir a (dirección de correo electrónico)”. También hay conversaciones desde el más allá con personajes históricos como Gandhi, Da Vinci, Alighieri y Borges. ¿Algo más insólito que esto? Jamás.

Hacia el final del libro hay un capítulo dedicado al controvertido Carlos Castaneda, su extraña historia y la de algunos de sus seguidores regados por el mundo. ¿Quién no ha visto la portada del libro Viaje a Ixtlán? Por si fuera poco, tuvo la valentía de entrevistar a lo largo de un día a Jorge G. Castañeda cuando recorría el país como precandidato presidencial en 2004.

Historias del más allá en el México de hoy es una obra periodística pura donde el autor se preocupa por investigar hasta el mínimo detalle, se documenta sobre el tema y escribe de forma paciente. Deja que el texto respire y acomoda cada palabra en el lugar adecuado, es obsesivo en cuidar que las frases suenen bien y digan algo interesante. Ya lo advierte en el prólogo el escritor Sergio González Rodríguez: “el factor Lammers va más allá de la auto-reflexión del cronista y la aventura urbana: plantea un estilo personal para convertir el tema cotidiano, deleznable, nimio o común en una pieza de escritura de lo inmediato llamada a perdurar”.

-¿Cómo definirías esta colección de crónicas? ¿Haces periodismo “gonzo”?

El libro es una recopilación de algunos textos que he escrito a lo largo de mi carrera como cronista, en la mayoría de los casos como escritor freelance, colaborando para diferentes revistas (Etiqueta Negra, Cambio, Wow, dF por Travesías, Picnic y Magis). Nunca me propuse –conscientemente, digamos– hacer un periodismo a lo Hunter Thompson, que en términos generales me parece un personaje extravagante y divertido. Aunque es verdad que me gusta buscarle un ángulo extravagante y divertido a las crónicas que escribo, lo cual me llevó en algunos casos –y como también lo hizo Thompson– a provocar situaciones que me revelaran un ángulo, una dimensión desconocida sobre ciertos asuntos. Me siento influenciado no sólo por escritores de crónicas -me gusta mucho Truman Capote, por ejemplo- sino por escritores de ficción, cineastas y artistas plásticos. Me gusta pensar que mis textos son ejercicios no sólo periodísticos, sino artísticos. Periodismo de creación, creo que le llamaría el poeta Ricardo Yáñez, uno de mis maestros, a esta clase de textos.

El periodista Gerardo Lammers.

El periodista Gerardo Lammers.

-¿Cómo fue el proceso de selección para que al final quedaran 15 crónicas? ¿Cuándo decides que tu texto es una buena historia?

La selección final de estas historias corrió a cargo de J. M. Servín, editor del libro. Como la gran mayoría de reporteros y cronistas, soy un escritor de textos por encargo. Sin embargo, al escribir para revistas -la gran mayoría de las cuales son experimentos en sí mismas y, quizá por lo mismo, su vida tiende a ser bastante corta- he tenido más libertades por parte de los editores para explorar formas alternativas, e incluso procedimientos,  de contar y provocar una historia. En algunos casos también he tenido oportunidad de proponer los temas, como cuando trabajé para la revista Wow, financiada por el empresario tapatío Jorge Vergara. Ahí, a Jorge Lestrade, editor en jefe, y a mí se nos ocurrió crear, por ejemplo, una sección de lo que llamamos “periodismo esotérico”. Comenzamos con una entrevista con el médium cubano Jorge Berroa, quien nos ofreció ponernos en contacto con Gandhi y Borges, entre otros personajes del más allá. Para otro número de la revista escribí una crónica sobre historias de contactos extraterrestres, a partir de la publicación de un anuncio en la sección de aviso oportuno de El Universal, en donde ofrecimos una gratificación a los testimonios más interesantes. ¿Cuándo decido que un texto es una buena historia? Creo que tiene que ver con la calidad de la información recabada: historias, atmósferas, imágenes, diálogos, datos duros. Además no hay que olvidar que son los editores los que, entre otras funciones, dan el visto bueno a cada texto que se publica. El diálogo con los editores para mí es muy importante.

-En esta época de la inmediatez (Internet-redes sociales), ¿el tiempo se convierte en tu enemigo número uno para escribir-entregar textos de largo aliento o son los editores quienes desprecian la crónica?

Mi enemigo número uno suelo ser yo mismo, aunque es verdad que la crisis económica que atraviesan los medios no ayuda mucho que digamos. De todos modos, el empujón que me han dado editores de revistas como Julio Villanueva Chang, Rafael Molano, Roberto Pombo, Guillermo Osorno, Mauricio Montiel, Julio Aguilar, Jorge Lestrade, Ana Echeverri y José Miguel Tomasena con los que he tenido la suerte de trabajar ha sido fundamental para que yo siga escribiendo. Quizá sean los diarios los que desprecian las crónicas de largo aliento y los reportajes de investigación. Con sus excepciones, claro.

-¿Cuáles son los riesgos de narrar en primera persona? ¿El periodista debe ser el protagonista de la historia?

Son muchos, pero sin riesgos la escritura de muchas de estas crónicas –como por ejemplo “El DF en bicicleta”, en la que me subí a una para narrar las vicisitudes de un mensajero– me hubiera resultado aburrida. Creo, sin embargo, que no se puede generalizar. Hay historias a las que la primera persona le viene como anillo al dedo y otras en las que se requiere que el escritor desaparezca. Me parece que el periodista -como escritor, como artista- tiene derecho de provocar una situación que enriquezca la historia. De esto hablo en el primer texto del libro -después del prólogo de González Rodríguez-, que hace las veces de declaración de principios. En la crónica “Castañeda vs. Castañeda”, por ejemplo, le propongo a Jorge G. Castañeda hacerle una entrevista a lo largo de un día de campaña -cuando sondeaba la posibilidad de ser candidato a la presidencia, hace algunos años-, hasta que de pronto se fastidia y, en pleno trayecto a una estación de radio, me expulsa de su vehículo. Fue una manera de conocer -o de comprobar- el temperamento explosivo del candidato, más allá de sus ideas.

-¿Cuál fue la crónica que te costó más trabajo-obstáculos? ¿Qué crónica te trae mejores recuerdos?

Tiendo a disfrutar la fase del reporteo y a sufrir -casi siempre en exceso- la de la escritura, sobre todo cuando la fecha de entrega es inminente. Quizá por lo mismo prefiero escribir para revistas que para diarios: hay más tiempo. El texto “Asalto frustrado al cine mexicano”, que es una crónica-reportaje, fue tal vez el que más me costó por la cantidad de entrevistas que tuve que hacer para armar ese rompecabezas. En cuanto a los buenos recuerdos, afortunadamente tengo muchos: “El lejano oeste quedaba en el cercano norte” surgió a partir de un viaje que hice a Durango con mi amigo el fotógrafo Rodrigo Vázquez. Ambos disfrutamos mucho el paisaje y la convivencia con la gente que habita estos sets cinematográficos abandonados, donde se filmaron muchas películas western y donde John Wayne llegó a tener un rancho. La convivencia con el médium cubano Jorge Berroa también fue muy gratificante, lo mismo que visitar a Roberto Gómez Bolaños y a Juan Miralles, el biógrafo de Hernán Cortés.

-¿Qué te motivó a escribir sobre el Chavo del Ocho?

Un encargo de la revista peruana Etiqueta Negra. Como se sabe, Chespirito es un verdadero ídolo en Sudamérica, así que Villanueva Chang me pidió que buscara tanto a Gómez Bolaños como al resto de los personajes del popular programa para saber qué estaba ocurriendo con sus vidas. A Chespirito yo ya lo conocía en persona, pues en una ocasión, para la revista Cambio, me tocó moderar una mesa redonda sobre futbol en la que, además del comediante, participaron Guillermo Fadanelli, Edith González y Trino. Roberto Gómez Bolaños me pareció un gran tipo.

-¿La crónica de la presa de Valsequillo es una especie de denuncia ecológica? La búsqueda de niños con seis dedos…

Los busqué pero no di con ellos. La gente de la ribera de la presa de Valsequillo se portó muy hermética, y con razón. El detonante de esta historia fue una fotografía que publicó Reforma en la que aparecía, sin mostrarse el rostro, un niño con seis dedos en manos y pies. La nota afirmaba que estas alteraciones podían deberse a la contaminación por plomo en el agua de la presa. Me pareció muy dramático lo que vi en este sitio, tanto para la gente como para los caballos, las vacas y otros animales que habitan el área. Creo que en parte por eso me atreví a consultar el I Ching, el libro de las mutaciones, como una fuente alterna de información y también como una manera de involucrarme con el problema. Además realicé varias entrevistas, una de ellas con el especialista Antonio Valdez, de la Universidad Autónoma de Puebla, que ha denunciado en varias ocasiones la existencias de metales pesados, como el mercurio, en las profundidades de la presa. Es una denuncia ecológica, sí.

-¿Por qué tu inclinación a tratar temas esotéricos? ¿Es una forma de abordar asuntos poco comunes o realmente estás interesado en los extraterrestres y el efecto Carlos Castaneda?

Sin ser para nada un experto, hay temas esotéricos que me interesan; en parte,  por las posibilidades literarias que conllevan y en parte porque la naturaleza y el mundo que hemos construido tiene dimensiones ocultas. Aunque también se trata de un juego. He de decir también que no todas las crónicas del libro son esotéricas estrictamente hablando; algunas sólo lo son desde un ángulo metafórico. Pero las que sí lo son fueron escritas desde el escepticismo y con una dosis de humor. De cualquier manera, me parece que todos los seres humanos tenemos nuestro lado esotérico o, como dice el narrador de Ravelstein, novela de Bellow que estoy leyendo en estas vacaciones, buscamos comunicar nuestra “metafísica privada”.

-¿Qué te parece el periodismo narrativo que se hace en México en comparación con otros países? ¿Tienes alguna crónica pendiente por escribir?

Yo digo que en México y en Latinoamérica hay muchos y muy buenos cronistas. Tengo la impresión de que, aunque los diarios no terminan de darle el espacio que muchos quisiéramos, cada vez se escriben más crónicas, lo que me hace pensar que tal vez el formato idóneo para este género sea cada vez más el libro. No sé. Hace poco leí 8.8: el miedo en el espejo, de Villoro, que me gustó mucho. Ahora me dio por leer Ravelstein, pero en cuanto termine me iré con Bangladesh, tal vez, de Eric Nepomuceno. En cuanto a la última pregunta, sí, hay una crónica que quiero escribir sobre un accidentado y divertido viaje que hice a Río de Janeiro. A ver qué pasa.

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