El cruel destino de los “50 de Fukushima”

Foto: AP

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Entrar a la zona de exclusión de la desvencijada planta nuclear de Fukushima es una experiencia perturbadora.

También es, estrictamente hablando, ilegal. Es un viejo cliché decir que la radiación es invisible, pero sin un contador Geiger con que medirla sería fácil olvidar que este es uno de los lugares más contaminados del planeta.

El pequeño pueblo de Tatsuno se encuentra a 15 kilómetros de la planta. A la luz del sol, los árboles de la planicie forman un conjunto amarillo y oro. Pero luego me doy cuenta de que estos fueron una vez campos de arroz limpio. Ahora, la hierba y las malezas se elevan sobre mí.

En la calle principal del pueblo el silencio es ensordecedor: no hay ninguna persona, auto o perro. En una de las casas la ropa lavada sigue colgada, aunque hace rato que está seca. Y alrededor mío, invisible -en el suelo, en los árboles- la radiación permanece.

Pero en lo alto de una montaña detrás del pueblo hay una finca, y ruido. Hay dos grandes establos de metal con vacas, al menos unas 400. Sentado al lado de una estufa de madera y bebiendo café está Masami Yoshizawa, de 58 años de edad.

No debería estar acá. Ni sus vacas. Él debió haberse ido y las vacas deberían haber muerto. Pero Yoshizawa se niega a partir o sacrificar a sus animales.

“Nunca seré capaz de sembrar arroz acá de nuevo”, dice. “Ni vegetales, ni fruta. Ni siquiera nos podemos comer los champiñones que crecen en los árboles; están contaminados. Pero no voy a matar a mis vacas. Son un símbolo del desastre nuclear que ocurrió aquí”.

Desde la entrada de la casa de Yoshizawa se pueden ver las altas chimeneas blancas de la planta nuclear. Desde acá, es fácil entender la furia y el odio que la gente como él siente hacia la Compañía Eléctrica de Tokio (Tepco, por sus siglas en inglés).

Un informe del parlamento japonés publicado en julio deja claro que las fusiones de los reactores de Fukushima no fueron el resultado inevitable de un desastre natural extraordinario. Fue una catástrofe hecha por el hombre.

Pero también está claro que el desastre pudo ser mucho peor si no hubiera sido por las acciones de cientos de empleados de Tepco.

“Soy responsable”

Inmediatamente después del desastre los medios de comunicación extranjeros, entre ellos la BBC, bautizaron a los trabajadores como los “50 de Fukushima”.

Aunque, de hecho, nunca fueron 50. Cientos de trabajadores se quedaron en la planta, enfrentándose a altos niveles de radiación, para lograr controlar los reactores. Muchos siguen ahí.

Y, sin embargo, se ha oído poco de ellos. Nada de premios, ni artículos en periódicos o entrevistas en televisión. Ni siquiera sabemos sus nombres.

Tardamos semanas en persuadir a uno de ellos para que hablara con nosotros. Y, no obstante, insistió en que no le tomáramos fotos ni reveláramos su nombre.

Nos encontramos en un día lluvioso en un parque en Tokio, lejos de cualquier muchedumbre.

El joven describió cómo él y otros trabajadores de la planta volvieron tras la explosión del primer reactor.

“La persona que nos envió de vuelta no nos dio ninguna explicación”, dice. “Parecía que nos estuviera mandando a una misión suicida”.

Le digo que lo que él y sus compañeros hicieron fue heroico, que deberían sentirse orgullosos.

Él sacude su cabeza, y pone cara de angustiado.

“Desde que ocurrió el desastre, no ha habido un solo día que me sienta bien conmigo mismo”, dice.

“Incluso cuando salgo con mis amigos, es imposible sentirse feliz. Cuando la gente habla de Fukushima, siento que soy responsable”.

Estrés múltiple

Para un extranjero esa reacción es difícil de entender. Para que me ayude, le pregunto al doctor Jun Shigemura, de la Universidad Nacional de defensa en Japón, uno de los dos doctores que han estudiado a los trabajadores de Fukushima.

Su investigación sugiere que la mitad de los que lucharon contra las fusiones de los reactores sufren de depresión y síntomas de estrés postraumático.

“Los trabajadores han sufrido estrés múltiple”, dice.

“Experimentaron las explosiones en la planta, el tsunami y tal vez la exposición a la radiación. También son víctimas del desastre porque viven en el área y perdieron sus casas y miembros de sus familias. Y también está la discriminación”.

Sí, discriminación. Los trabajadores no solo no están siendo elogiados, sino que se enfrentan a una hostilidad activa por parte de la gente.

“Los trabajadores han tratado de alquilar apartamentos”, dice Shigemura. “Pero los caseros los rechazan, algunos les lanzan botellas de plástico y muchos les pegan carteles en las puertas de sus casas que dicen ‘Váyanse, Tepco'”.

“No son héroes”

En los años 60 y 70 lograr que las comunidades rurales aceptaran las plantas fue difícil.

Les prometieron carreteras e infraestructura deportiva. Les prometieron trabajos pagados en la planta y a muchos de ellos les dijeron que las instalaciones no eran peligrosas.

Ahora que la mentira ha sido trágicamente expuesta, el sentimiento de traición es enorme.

Antes del desastre, Seiko Takahashi nunca pensó en el activismo. Ahora, esta madre, residente en Fukushima, es una activista apasionada. Y admite que hay poca simpatía con los trabajadores de Fukushima.

“Para nosotros no son héroes”, dice. “Siento pena por ellos, pero no los veo como héroes. Los vemos como un bloque. Trabajan para Tepco, ganaban altos salarios. La compañía ganó mucho dinero por la planta nuclear, y eso pagó por sus buenas vidas”.

Y ese es el punto final. En Japón, la gente se identifica mucho con la compañía con la que trabaja. Muchos se presentan con el nombre de su compañía antes de decir su nombre.

Pero esos estrechos lazos entre los trabajadores de Fukushima y Tepco están cobrando un terrible peaje psicológico en los hombres que salvaron a Japón de un desastre nuclear mucho peor.

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