Todas las mujeres son una misma mujer (parte 1)

*Primera de dos partes

fadanelli1Domingo no sabía nada de la muerte ni de la soledad; sin embargo, tuvo que asumir que sería miserable toda su vida. Nunca se dio cuenta en qué momento comenzó a caminar para desaparecer y fundirse en la nada. Las mujeres más importantes de su existencia se las había tragado la tierra: Sara Mancini, su madre, había sido enterrada contra su voluntad; y Sara K, su mujer, murió sin que nadie conociera las razones exactas. Por si fuera poco, sus hermanos mayores Alfredo y Huberto le asignaron una misión vital: colocar una lápida en la tumba de su madre recién fallecida.

“¿Por qué se tiene que trastornar la vida de un hombre bueno, ebrio e indefenso asignándole una misión?”, se preguntaba Domingo. Tardó varios meses en comprar la losa de mármol y que grabaran la frase “Sara Mancini (1934-2007). El fin no es más que el principio”. Y al poco tiempo esa estela encontraría en la cajuela de su auto, un Shadow 94, su hogar permanente. ¿Podrá este hombre holgazán y mantenido ir hasta el panteón Jardines del Recuerdo?

Esta es la trama de Mis mujeres muertas, del escritor Guillermo Fadanelli, ganadora del Premio Grijalbo de Novela 2012. Una historia sencilla hasta su máxima expresión, donde al autor le interesan más las emociones y los diálogos delirantes de Domingo con su mujer y consigo mismo, que cuestiones descriptivas. “Los viejos son así; quieren ahorrarlo todo para dejar algo a los vivos, y que los recuerden”, dice Sara K mientras Domingo, en calzones, la escucha con atención.

En esta autoficción, Guillermo parte de una anécdota personal –la muerte de su madre y su efecto destructivo- para vestir un camuflaje eficaz, una piel distinta pero no desprovista de dolor y sufrimiento. Mis mujeres muertas es una novela de la orfandad masculina y la melancolía. Desolación en dos ojos oscuros. Domingo no sabe a causa de cuál de las dos mujeres llora. “A fin de cuentas todas las mujeres son una misma mujer”.

Domingo no encuentra ningún sentido para vivir, no hay un sitio donde pueda respirar un aire nuevo ni siquiera en el DF, que para él es en sí la desgracia. Mientras decide cuándo cumplirá “la misión”, y espera que cobre fuerzas su cuerpo hinchado en alcohol, vacía más botellas de licor, lee unas cuantas novelas rusas y se dedica a hacer nada.

La lápida sigue polvorienta en su auto noventero. Para un borracho pusilánime como Domingo que el tiempo no avance tan deprisa es algo glorioso. Que no suceda nada en su vida cotidiana es oxígeno puro para él. Pero ahí están sus hermanos jodiendo su realidad. Su vida es menos insufrible gracias a Isolda, una joven vecina del edificio de Salvador Alvarado, el tendero de la esquina –que gasta su dinero en intentar acabar con el polvo- y sus fieles cantinas de la Escandón y San Miguel Chapultepec.

Pero ahí sigue la lápida de su madre: sólida, pesada y fría, aguardando un viaje al norte de la Ciudad de México. Domingo se aferra a un trozo de mármol para  vivir unos años más, ¿cuántos? ni siquiera el protagonista lo sabe. La voluntad de no ser: “Me gusta posponer los asuntos urgentes, me da tranquilidad. Es como posponer la muerte”.

Mis mujeres muertas tiene un poder de seducción total como un buen trago esperando ser bebido en el rincón más solitario de una cantina.

El escritor Guillermo Fadanelli.

El escritor Guillermo Fadanelli.

-¿Esta es tu novela más personal?

Es el relato de un hombre solitario, medroso y ebrio que ha perdido las raíces que lo ataban a la vida: su madre y su mujer. Sus mujeres muertas. Yo siempre establezco relaciones íntimas con mis personajes, sobre todo con el personaje principal. Pero Domingo es un personaje que desearía llegar a ser, no que soy. Creo tener más afinidades como Guillermo con Benito Torrentera, el personaje de la novela Lodo o con Orlando Malacara, el ser extravagante de la novela Malacara. No soy tan sabio como Domingo, no bebo tanto como debiera. Mis temores son mediocres. Creo que Domingo encarna la clase de persona que yo más admiro que es el hombre cortés, sobrio, ebrio y que tiende a la desaparición. Su ebriedad es una de las tantas maneras de la cortesía porque no es un ebrio que grita y cause escándalo, sino un ebrio que desaparece, discreto, tímido y por lo tanto apreciable. No es un ebrio santo, es un ebrio vulgar, un vulgar borracho.

-Tienes una obra consistente, ¿cuáles fueron los retos literarios-estéticos para escribir Mis mujeres muertas?

La sencillez y la brevedad que para mí son valores muy apreciables, son virtudes de estilo en la literatura. Pero no es fácil, hay que trabajar mucho para poder narrar una historia de manera sencilla, emotiva e interesante. Hay que saber detenerse. Creo que la pericia, el olfato de un buen escritor es saber cuándo se está caminando de más, cuándo estás dando vueltas alrededor de la nada. Y hay que saber poner un punto final y sobre todo no escribir todo lo que pasa por tu mente. La imaginación puede ser vasta, abundante, abrumadora, pero es el estilo y el talento quienes limitan la imaginación y la guían para hacerla transmisible. Ese fue el horizonte que tendí a la hora de comenzar a escribir Mis mujeres muertas. Sencillez, economía de medios, brevedad. Y un sentido del humor, un sentido del humor trágico.

-En la novela haces referencias a escritores y personajes rusos, ¿es una especie de homenaje a la literatura de ese país?

Más que a la literatura rusa, al temperamento ruso, a lo que considero o me engaño pensando que es el temperamento ruso: una inclinación a la santidad y a la desgracia, una vocación por las lágrimas y por la ebriedad, un sentimentalismo a flor de piel. Una apreciación casi divina de la amistad. De dónde proviene mi idea de lo ruso, pues de las novelas que he leído. Nunca estuve en la URSS y nunca he estado en ninguno de los países que se formaron después de la desintegración, pero he leído novelas y las novelas son también territorios simbólicos e imaginativos, son reflejo de las tierras donde se escribieron. Esa es una de las características de la novela rusa, el amor a la tierra. El temperamento campesino, la simplicidad de las emociones a la hora de expresarlas. Y por eso hay párrafos de Pushkin, de Gógol, de Chéjov de Andréyev, de Dostoievski, Tolstoi. Hay algunos párrafos que añado sin citar en la novela para que se sumen al temperamento melancólico del personaje. Y el lector no se da cuenta más que en casos muy claros como en la cita de Crimen y castigo. Pero en su mayoría hay citas que nadie se imagina que provienen de escritores rusos.

-¿La lápida que tiene que llevar Domingo a la tumba de su madre funciona como un ancla que lo detiene en un pasado doloroso?

Es un atrasar la cita con la muerte. Es la parábola de un hombre incompleto, pero también es símbolo de la holgazanería y de la displicencia. Cumplir con una responsabilidad a Domingo le parece una carga insoportable para vivir. Por eso prefiere vivir de manera modesta y se conforma con tan poco, es un hombre mantenido por su madre y por su mujer. No tiene ambiciones materiales, no desea ser un hombre exitoso, un hombre triunfador, y anhela convertirse en un cero a la izquierda. Es un hombre observador y que intenta mantenerse quieto y en paz para no llamar la atención. La historia de la lápida es una historia biográfica porque yo tardé tres años en llevar la lápida a la tumba de mi madre. El cementerio donde se encuentra ella, mi padre y mi abuela está en Jardines del Recuerdo, que es muy lejos para mí. Entonces siempre posponía esa acción, me proponía cada fin de semana llevar la lápida y no lo hacía. Después me fui a Berlín un año y la lápida se quedó almacenada en la cajuela del auto. Al regresar Yolanda decidió que era una grosería insoportable, un acto terrible de mi parte el hecho de no culminar el funeral y mantener la lápida alejada de la tumba. Ella misma fue y la colocó. Esa fue la anécdota original.

-En otras autoficciones como Canción de tumba, el camino doloroso hacia la pérdida de la figura materna es el tema central, ¿Domingo sufre otro tipo de dolor ante la ausencia de Sara Mancini y Sara K?

Leí Canción de tumba e incluso soy mencionado en la novela. Es la obra de Julián que yo más aprecio; sobre todo por su vitalidad y su imaginación lúdica, pero las novelas tienen ritmos diferentes. La madre es importante en Canción de tumba pero en Mis mujeres muertas es la soledad y la melancolía, la sensación de orfandad. La orfandad no es cuando mueren tus amigos o tu padre, sino cuando mueren las mujeres que te rodean. Porque las mujeres son lo único tangible que existe, es la raíz con la tierra. Es el mundo, el vientre y ellas encarnan la vida. Cuando se van en verdad te quedas solo. Mi madre me enseñó a escribir y a leer a los cinco años, antes de ingresar a la escuela. Ahora las “larvas” entran a la escuela a los dos años. Pero en ese entonces uno entraba a la escuela hasta los seis años, y mi madre fue la encargada de enseñarme a leer y a escribir. La madre que te da la vida, las letras, la comida y te protege de la autoridad paterna, es todo para ti.

-Pero también nos confirma que los peores enemigos están en tu propia familia, los hermanos mayores de Domingo, el mejor ejemplo…

Son tres aspectos de la relación de Domingo con el mundo: en su familia hay un médico y un abogado, que son los oficios más nobles y despiadados que existen sobre la tierra. El dios y el diablo. Para Domingo su familia es repulsiva. “El infierno son los otros”, decía Sartre y Nietzsche recomendó “no amar a nadie, las personas son cárceles”. Es mejor quedarse solo y desembarazarte de la familia y de todo lo que te estorba. Domingo encuentra en sus conversaciones con Isolda, a su madre y a su mujer. Las mujeres para él no tienen edad. Y puede conversar con ella como si conversara con su madre o con Sara K.

-Precisamente en una escena Domingo se avergüenza de la plática que tiene con su joven vecina: “Hablar de alcohol con una niña de trece o catorce años  de edad, ¡soy un patán!”…

Claro. El escritor Leonardo Da Jandra me decía siempre que me desembarazara de mi familia porque la familia siempre es un lastre, un ancla para todo y que más libres somos mientras menos familiares tengamos. En esta sociedad más vale estar solo. Desembarázate de tus cargas familiares y equivócate por tus propios medios y por tu propia voluntad. Haz que tus amigos sean tu familia. Desembarazarse de la familia me parece uno de los primeros pasos de libertad que tendría que dar cualquier persona sensata.

-Frank –padre de Sara K- le confiesa a Domingo: “Yo he vivido toda mi vida  entre mujeres, pero creo que tú las comprendes mejor… Yo, para serte sincero, habría ahorcado a mi mujer hace diez años pero soy un mediocre y no puedo hacer nada para cambiar la situación”. ¿Los hombres de esta novela le temen a la soledad?

Practicar los ejercicios de libertad desde la juventud es necesario. No estar donde no quieras estar. No ceder si eso va en detrimento de tu sensibilidad y de tu imaginación. Proteger la libertad individual por sobre todas las cosas siempre y cuando no dañes a los otros. Me parece que son normas necesarias de un pragmatismo para vivir. Sin embargo, las pasiones, el deseo, los vicios no te piden permiso y no respetan el guión que tú tienes para ellos. Incluso el matrimonio con los enemigos a veces es indispensable. Si tu vives muchos años con una mujer, has soportado majaderías de tus amigos o has tenido que ser tolerante con algunas tiranías se debe a veces a que nosotros no tomamos decisiones sobre nuestra vida, se nos imponen las pasiones. ¿Hasta dónde llega nuestra posibilidad de elegir y construir un camino? A veces pienso que vivimos del futuro hacia el pasado y que no podemos ser otra cosa que lo que somos. Y entonces recuerdo a Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación: “la resignación es el único camino que le queda al hombre después de vivir y de pensar”.

Mis mujeres muertas en frases:

-¿A qué más puede temérsele cuando se vive con tanta pobreza y tan buena y nutritiva amargura?

-Sara se muere y eso nos obliga a ser peores personas.

-¿Y cómo es que soportan vivir las personas sin estar borrachas?

-Tú me habrías conocido de todas maneras; mi suerte no es tan buena.

-Las mujeres odian el alcohol y traen ese odio en la sangre; ellas parieron con sangre y el alcohol les parece antinatural.

-Yo creo que los tacaños tienen envenenada el alma. Son algo repugnantes.

-El borracho digno bebe para desaparecer e internarse en esa niebla que es el aire de los muertos y nunca debe referirse a sí mismo como un “borracho”, pues eso delataría su falsedad o su gazmoñería.

-Quiero pedirte perdón por no ser tan bella como debiera. Parezco un obrero, una lesbiana de barrio.

-Se trabaja para después beber, ¿no es cierto?

-Los odiosos se obstinan en ser eternos, ¿qué le vamos hacer?

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