El alfabeto (ilustrado) del narco mexicano

Narco (Vice)Éste es uno de 29 testimonios que he recogido entre gente metida en la Guerra contra el Narco. Los nombres y locaciones específicas han sido omitidas por seguridad. Lo he acompañado de un dibujo y mi definición sobre alguna de las 29 palabras que he escuchado mentar a esta gente. Aquí les dejo la palabra de esta semana: Periodista.

I. “Lo levantaron en las afueras del edificio de Seguridad Pública Municipal. Permaneció desaparecido un mes, luego su cadáver fue encontrado envuelto en una cobija, en el fondo de un barranco de 40 metros de profundidad a mitad de la carretera. Sus colegas del diario donde trabajaba dicen que lo asesinaron por andar tras la pista de una banda de secuestradores y polleros; de acuerdo a los exámenes periciales que le fueron practicados, fue golpeado hasta la muerte. Esta es la única información con la que cuentan su ruca y sus cuatro morritos, quienes hasta el día de hoy no han tenido acceso al expediente ministerial. El bato fue secuestrado por un comando de cinco personas armadas frente a un grupo de policías municipales que se hicieron más bien pendejos. Para sus carnales, la ejecución del reportero está relacionada a las indagaciones que realizaba en torno al levantón de un vecino y compa; la ruca de éste último le habría entregado una lista de los posibles responsables. Jamás pidieron rescate.

El lugar donde encontraron el cadáver del reportero es el mismo donde se halló a un judicial ejecutado en las mismas condiciones; su muerte fue relacionada con grupos dedicados al tráfico de personas. Este bato había sido informante del reportero en otros casos relacionados a secuestros y polleros.

El bato era fundador de un diario morrito surgido de la fusión de otros dos periódicos, también morritos, creados por su jefe y carnales; en todas las publicaciones familiares el bato cubrió la fuente policiaca. Desde que empezó a jalar, el bato adquirió el mote de ‘El Escorpión’. El Escorpión: no sé porqué.

Un año después de su muerte, luego de la insistencia de la familia en esclarecer el asesinato, las autoridades estatales dieron un girón a la investigación y a todo el pedo: comenzaron a señalar a su ruca como la principal sospechosa. El argumento de los placas que aquella lo mandó asesinar para cobrar los seguros de vida ‘millonarios’ del bato. Todo esto luego de que la ruca, ante medios locales, aseguró conocer a los asesinos.”

II. El ejercicio del periodismo fuera de Ciudad de México padece dos formas de violencia: una la que encarnan amenazas y ejecuciones de reporteros por parte del crimen organizado, otra la que acarrea pertenecer a los márgenes de la concentración inmensa de poder que caracteriza al centro geográfico y simbólico del país. A diferencia de los cronistas consagrados que publican libros a destajo, acuden a foros internacionales de periodismo, publican textos que cotizan entre 600 y 1,200 dólares, los reporteros de estas provincias (no sólo las de los diarios independientes, sino también las del ejercicio del periodismo independiente en general) se parten en la madre a diario cubriendo sus fuentes sin el cobijo que dan los reflectores del prestigio internacional, sin la protección de los monopolios mediáticos y editoriales, sin el amparo de ninguna ley que proteja de manera real un trabajo que paga el equivalente a 600 dólares al mes. La inmensa mayoría de reporteros en México trabajan en estas condiciones, sin el capital simbólico que dan las bondades etéreas y cuasi-carismáticas de una carrera periodística cercana al poder. La tradición periodística latinoamericana deriva del ejercicio político de los antiguos cronistas de la Colonia, quienes fungían como ojos de la monarquía española. Herederos de esa proximidad, periodistas mexicanos construyeron durante décadas dos formas de ejercicio periodístico: la orgánica, sometida a los intereses del Estado; y la divergente, atrincherada en la denuncia. Con la alternancia lenta, supuesta y dolorosa de la democracia, así como la incursión del país en el modelo turbo-capitalista, el periodismo fue traspasado como un bien inherente a los tratados comerciales, de las formas de poder estatal a los poderes del mercado. La “autoridad moral”, fama, prestigio internacional, talento, habilidad, acceso a los círculos de poder, notoriedad y otras virtudes del periodista reputado no son más que formas en que el capital económico o cultural se conoce y reconoce, parafraseando a Bourdieu. Estas cualidades, aunque parecen concernir exclusivamente al periodista, existen en la medida en que las políticas del mercado las avala. Estas políticas reconocen, en especial, las formas en que mucho del periodismo sobre el narcotráfico construye mitos y estereotipos del poder, pero también idealiza a las víctimas del mismo. Es como si el capital de esta información fuera extraído del sufrimiento del otro, mientras la mirada, como los ojos del colonizador, permanece en una trinchera privilegiada. Al hacer de las víctimas del narco el objeto de nuestro estudio, corremos el riesgo de hacer de la muerte una curiosidad etnográfica y, por ende, del periodismo una sofisticada forma de exclusión. Los consorcios mediáticos, al reproducir los mecanismos en que el poder opera, reproducen también la desigualdad, la represión, el exterminio de segmentos población enteros. Esto sólo puede llamarse violencia institucionalizada.

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