El último bastión de Sendero Luminoso

Sendero Luminoso. Foto: Blogs Perú

Sendero Luminoso. Foto: Blogs Perú

La pista de tierra que une Cuzco, el centro turístico del Perú,  con el VRAE (Valle de los Ríos Apurimac y Ene), recorre un tramo cargado de recuerdos de violencia. Entre las cascadas y los exuberantes cerros de esta ceja selvática, campesinos blandiendo rudimentarias armas combatieron a Sendero Luminoso después de que en 1980 estallara el conflicto armado interno.  Al final de unos años  marcados por el derramamiento de sangre -69.000 muertos, sobre todo indígenas y pobres-, esos grupos de autodefensa, con el apoyo de los militares, lograron acabar con los terroristas. Pero el tiempo, según auguró el fundador de los senderistas, Abimael Guzmán, es cíclico. “Esto es solo un recodo de la historia”, pronunció con su habitual grandilocuencia el 12 de septiembre de 1992, cuando fue detenido. Hoy, entre esa misma vegetación, en la principal zona de producción del principal productor de cocaína del mundo, combaten los Quispe Palomino, el último bastión de Sendero.

Cuando en 1999, un año antes del final de la guerra civil, cayó preso Feliciano, el líder del Comando de Ayacucho, Víctor Quispe Palomino asumió la dirección y junto con sus hermanos Raúl y Gabriel, también veteranos de la lucha armada, rehicieron la maltrecha organización regional para llegar a ser el último grupo senderista que resiste hasta nuestros días. “Tienen en común con el Sendero de los 80 la lucha armada, la guerra de guerrillas y la autodefinición como maoístas; pero repudian a Abimael Guzmán y a Feliciano, se niegan a atacar a civiles y hacen énfasis en mejorar la calidad del armamento. Son menos dogmáticos y más pragmáticos”, analiza Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros y autor de Sendero: Historia de la guerra milenaria en el Perú, el libro que mejor ha retratado el fenómeno senderista.

Las diferencias con la época de la violencia también son visibles entre la población. Los limeños hablan de aquellos años como un terrible recuerdo en el que las calles se vaciaban en las noches y el temor a las bombas paralizaba en ocasiones la ciudad. Incluso los habitantes del VRAE, como Julián Pérez, antiguo secretario general de los cultivadores de coca, el motor económico de la región, tienen claro que este nuevo conflicto es entre autoridades y terroristas. “Ya los echamos una vez. Sendero ya ha aprendido la lección. Con nosotros no se meten”, asegura resumiendo el sentir general de sus vecinos. Antes llegaban a las comunidades para reclutar o asesinar; ahora pagan por una comida y se van.

Derribos de helicópteros, secuestros y extorsiones a empresas energéticas, y algún asesinato de policías y militares, sin embargo, ha puesto el foco de las autoridades sobre los últimos 300 senderistas. En el cuartel general del Ejército en Pichari, una de las ciudades más importantes del VRAE, los soldados se entretienen jugando a la baraja: en las cartas se ven las fotografías de los senderistas y el valor de la recompensa ofrecida por su captura. “Dentro de estos muros estamos en guerra”, comenta el oficial a cargo de la prensa.

A pesar de su reducido número, SL-VRAE ha comenzado a expandirse. Fracasaron en su intento de copar sierras cercanas, pero se han asentado en Camisea, el centro energético de Perú. “El riesgo es que Sendero se haga fuerte en la frontera con Brasil y Bolivia y se conchaben con organizaciones criminales brasileñas, en zonas de espesa selva, sin presencia del Estado”, analiza Ricardo Soberón, ex zar antidrogas del Perú. Los senderistas, según los dos expertos, se dedican a garantizar la seguridad de las rutas de la cocaína a cambio de sustanciosas ganancias. Sin embargo, las dos fuentes también coinciden en que es un error etiquetar a los Quispe Palomino como narcoterroristas. “Los policías y los militares piensan que por estar en connivencia con el narcotráfico ya no son un proyecto político. Eso es falso. Esto es una guerra con un claro componente político y el presidente –Ollanta Humala- solo confía en los militares”, explica Soberón.

Paralelamente a la guerra de guerrillas que se vive en el VRAE, por el país se ha extendido el Movadef, un grupo civil bajo el manto de Abimael Guzmán, quien lejos de caer en la desidia en su celda de una base naval, asegura una fuente que lo ha visitado varias veces, continúa discurseando y hablando una y otra vez sobre las soluciones para el país. “El Movadef sigue el discurso de Guzmán, que postula el fin del conflicto, que ha depuesto las armas hace tiempo y que busca la amnistía general a través de, en sus palabras, ‘la solución de los problemas de la guerra’”, asegura Gorriti.

Veinte años después de la captura de su líder y doce después de la resolución del conflicto, Sendero, y todo el movimiento maoísta que lo rodea, vuelve a ser noticia en los periódicos de Lima. Y hasta el momento, parece que el Estado no ha encontrado la manera correcta de combatir el último bastión terrorista. “Se van a aumentar las áreas de erradicación. Sendero va a encontrar un combustible perfecto poder seguir incendiando la pradera. Las alianzas del narcotráfico y Sendero van a continuar con la posibilidad de que se articulen con la minería ilegal del Coro. Es decir, un panorama inemanejable para un Estado como el peruano que se asienta en Lima y en toda la costa, pero que en la selva y en la sierra brilla por su ausencia”, augura Soberón.

Para Pérez, quien muestra sus dos hectáreas de coca, la población tomará medidas si el Estado no responde. “Si vuelven a meterse con nosotros, los volveremos a echar”.

Mientras tanto, en los dos extremos de la carretera, el bullicio de Cuzco, lleno de turistas y fiesta nocturna, contrasta con el silencio del VRAE. El Ejército ha impuesto un toque de queda a partir de las diez de la noche. Los vecinos aseguran que a esas horas solo circulan narcotraficantes y que, de vez en cuando, se pueden escuchar ráfagas de disparos. Son las autoridades luchando contra el último bastión de Sendero Luminoso

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