La Patrona, la esperanza del migrante (Parte 1)

La Patrona, en el estado de Veracruz, se ha convertido en uno de los pocos 'oasis' para los miles de indocumentados que, aferrados a los hierros de 'La Bestia', van rumbo a la frontera norte con Estados Unidos. //Foto: Manu Ureste

Doña Norma, integrante del grupo de ayuda humanitaria ‘Las Patronas’, entrega una bolsa con comida a migrantes que van aferrados a los hierros del tren al que llaman ‘La Bestia’. //Foto: Manu Ureste

“¿Miedo a que me secuestren en las vías?”

Jeremías sostiene la mirada con los ojos negros muy abiertos.

“No, no… –encoge los hombros, como si no entendiera el por qué de la pregunta-. Aquí en la Tierra todos somos seres humanos: los que vamos ahí arriba del tren, los que se dedican a secuestrar, los delincuentes, los agentes de la migra… Todos somos de carne y hueso. Entonces -se palpa con los dedos la vena que le nace a borbotones de la articulación del codo y se ramifica por el antebrazo hasta llegar en minúsculos afluentes a la muñeca-, ¿por qué voy a tener miedo de una persona que está hecha de lo mismo que yo?”

El centroamericano esboza una sonrisa cansada.

Apoya la espalda en la silla de plástico, tira la cabeza hacia atrás, y guarda silencio con los brazos cruzados.

“Miedo hay que tenerle a Dios –en sus ojos aniñados se dibuja una expresión fría, dura, como si más que una afirmación estuviera haciendo una advertencia-. Pero estando bien con Él… no tienes nada que temer. Por eso hago mi camino tranquilo: porque sé que Dios está conmigo”.

****

Jeremías tiene dieciocho años y la madurez forzada de un joven adolescente que hace ocho meses abandonó el hogar de sus padres en Honduras, para tratar de cruzar los tres mil kilómetros que separan la frontera sur de México con Estados Unidos.

Tras el intercambio inicial de preguntas y respuestas, el hondureño se sienta a la mesa. Le sirven un plato de frijoles negros, arroz blanco y un par de tortillas,  y comienza a contar con un ritmo de plática melodioso pero pausado que tras cruzar de Guatemala a Chiapas por el Paso del Coyote prefirió tomar un autobús destartalado rumbo al estado de Oaxaca “para evitar a los pandilleros” de la Mara Salvatrucha y, sobre todo, a los sicarios del cártel de Los Zetas; un grupo criminal que, de acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), secuestra en promedio a unos 20 mil indocumentados al año en México.

“¿Miedo a que me secuestren en las vías? Miedo hay que tenerle sólo a Dios”

“Al comienzo del viaje todo estuvo bien -explica mientras se atusa de vez en cuando la camiseta naranja del Fútbol Club Barcelona que trae puesta con el número diez del astro argentino Lionel Messi a la espalda-. Los problemas -contrapone apesadumbrado-, surgieron “cuando el dinero comenzó a faltar”, y no tuvo más remedio que treparse a ese tren de mercancías al que los migrantes llaman La Bestia, para llegar hasta Medias Aguas, en Veracruz; estado que tiene en ciudades como Tierra Blanca, Coatzacoalcos, Orizaba, o la propia Medias Aguas, preocupantes focos rojos por secuestro de ilegales. 

“Poco después nos agarró la migración. Nos tuvieron dos horas retenidos, pero nos soltaron de volada y hasta suerte tuvimos porque no nos pidieron dinero. Aunque, de todas formas –se le dibuja una expresión divertida en el rostro, como quien confiesa una travesura-, sólo me quedaban doscientos pesos que traía escondidos en los tenis, así que tampoco me hubieran robado mucho”.

Ríe.

Migrantes arriba de La Bestia. //Foto: Manu Ureste

El estado de Veracruz está considerado como uno de los ‘focos rojos’ más importantes de México en cuanto al secuestro de indocumentados. //Foto: Manu Ureste

“Cuando llegué a La Patrona llevaba dos días enteros sin comer”

De vuelta a La Bestia el hondureño pasó la noche arriba de un vagón que transportaba cemento junto a otros paisanos y un grupo de salvadoreños. Así, hasta que ya bien avanzado el día siguiente el tren se detuvo para hacer el cambio de vía.

“Eran más de las ocho de la noche cuando empezó a llover muy fuerte –recuerda con el gesto sombrío, taciturno, como si aún sintiera la fina lluvia empaparle la cabeza y los hombros-. Entonces, me bajé para ponerme a resguardo y comencé a caminar y a preguntar a la gente que me iba encontrando que quién ayudaba por aquí a los migrantes. Llevaba dos días enteros sin comer”.

Con aquel recuerdo de días y noches sin nada para alimentarse, Jeremías se lleva un pedazo de tortilla caliente enrollada y repleta de frijoles a la boca. Lo mastica con la mirada puesta en el mantel de plástico adornado con flores y, a continuación, levanta de nuevo la cabeza para apuntar con la barbilla hacia la cocina donde las ollas hierven a fuego lento desde primera hora de la mañana.

“Y ahí fue –recupera la sonrisa cansada del inicio de la plática- cuando me hablaron por primera vez de ellas, de mis Patronas”.

 Audio: “No me gustaría que mi hijo migrara. Ahorita por ellos, y mañana o pasado… por nosotros”

****

-Madre, denos pan que tenemos hambre.

Doña Leónida Vázquez, de 75 años y a la que llaman La Patrona Abuela, asegura que lo recuerda con claridad.

Era una de esas mañanas húmedas y calurosas que habitualmente transcurren en La Patrona; una ranchería –cuyo nombre oficial es Guadalupe- de poco más de tres mil habitantes perteneciente al municipio de Amatlán, en la zona centro del estado de Veracruz, donde el cultivo de café era rentable en otra época, y por la que altísimos cañaverales aún se extienden hasta perderse a la vista por los alrededores del viejo ingenio azucarero San Miguel.

Aquel día varios de esos migrantes de las estadísticas, procedentes en su mayoría de Honduras, Guatemala, El Salvador, y Nicaragua, bajaron del tren aprovechando un cambio de vía rutinario. Caminaron varios cientos de metros a lo largo de la extensa línea recta que disecciona en dos esta población por la que, se calcula, transitan más de 150 mil indocumentados al año, y se encontraron con Rosa y Bernarda Romero.

“Mandé a mis hijas a que fueran por una bolsa de pan a la tienda –cuenta Doña Leónida mientras limpia los frijoles negros de un cubo amarillo de plástico-. Cuando regresaban vieron que el tren venía cargado de gente. En ese momento se detuvieron frente a ellos y los migrantes les pidieron que les dieran la bolsa de pan porque traían mucha hambre. De regreso a casa recuerdo que se me quedaron viendo muy serias. Les pregunté que si es que no había pan en la tienda o qué sucedía, y ellas me dijeron que el tren venía con mucha gente y que les suplicaron un poco de comida. En ese momento yo las abracé muy fuerte –hace una pausa, recuerda, y mira al vacío-. Les dije que estaba bien, que no se preocuparan porque habían actuado correctamente. Y fue así –concluye con ambas manos hundidas en el barreño- cómo empezó la ayuda a los migrantes en La Patrona”.

A Doña Leónida Vázquez la conocen como 'La Patrona Abuela'. //Foto: Manu Ureste

A Doña Leónida Vázquez la conocen como ‘La Patrona Abuela’. //Foto: Manu Ureste

****

De aquella mañana húmeda y calurosa han pasado dieciocho años.

Tiempo en el que el ferrocarril no ha dejado de pasar ni un solo día cargado con cientos de personas aferradas a sus hierros, aún a sabiendas de que el zigzagueante camino encima de los vagones les depara un infierno de robos, secuestros, violaciones, asesinatos impunes, y reclutamiento por parte de grupos del crimen organizado, así como abusos por parte de las autoridades.

“Cuando éramos pequeñas lo llamábamos El tren de las moscas porque veíamos que venía mucha gente pegada a los fierros del ferrocarril”, recuerda Bernarda hoy con 48 años de edad, la mayor de las hermanas Clementina, Rosa y Norma Romero, todas amas de casa, y a las que poco a poco se les fueron uniendo voluntarias hasta sumar 12 mujeres que conforman Las Patronas; un grupo de ayuda humanitaria, cuya labor diaria de preparar comida y repartirla en las vías del tren ha ido trascendiendo con el paso del tiempo más allá de las fronteras, tal y como lo demuestra el abultado libro de firmas donde periodistas de Latinoamérica, Estados Unidos, Europa, y hasta del lejano Japón, dejaron constancia de su paso.

“A lo largo de estos años hemos tenido que experimentar muchas cosas y evolucionar -toma la palabra Norma Romero, de 41 años, y líder del grupo-. Nosotros iniciamos en el año noventa y cinco preparando comida, pero hoy día lo que hacemos también implica ir a cursos, asistir a talleres, y tener pláticas con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), Migración, dependencias de Gobierno, y organizaciones de atención al migrante”.

Estas nuevas tareas, admite la veracruzana con gesto de satisfacción, han traído avances a la labor humanitaria del grupo.

Precisamente, uno de esos avances se encuentra a escasos metros de la cocina. Donde un pequeño albergue ecológico construido con suelo de cemento y paredes de bambú, y que una fundación en Francia aportó como “un granito de arena”, tiene las puertas abiertas para estudiantes que quieran realizar una labor social, y para los migrantes que van de paso y que, “en caso de emergencia”, requieran primeros auxilios.

“Algunas personas dicen que estamos ganando con la ayuda al migrante. Pero aquí no hay lucro con nada”

Sin embargo, las donaciones provenientes de asociaciones civiles, universidades y comercios locales, así como la organización de las tareas como un trabajo -en una de las paredes de la cocina cuelga una pizarra con un calendario de actividades-, la cobertura que los medios de comunicación están dando a Las Patronas, y la instalación del pequeño albergue, también ha provocado que las suspicacias afloren en torno a ellas.

“Algunas personas dicen que estamos ganando con esto que hacemos, pero nosotras no trabajamos con dinero, sino con ayuda de fundaciones –ataja la líder del grupo-. Es decir, no es un dinero que nos están dando y que lo estemos administrando. Por este motivo queremos que la fundación que está haciendo estas habitaciones ecológicas venga a inaugurarlas, para que la gente conozca quién las hizo y cuál fue el motivo. Porque, desafortunadamente, siempre hay quien está con esa idea de que es muy extraño que, alguien que da de comer a otras personas, no gane dinero a cambio. Por eso abrimos la puerta a todo aquel que quiera conocer el trabajo; para que se vea que aquí no hay lucro con nada: ni con los migrantes, ni con la gente que viene a ver nuestra tarea”.

De acuerdo con el testimonio de Las Patronas, los trenes pueden pasar, a diario, cargados con hasta 500 o 600 personas entre los hierros. //Foto: Manu Ureste

De acuerdo con el testimonio de Las Patronas, los trenes pueden pasar, a diario, cargados con hasta 500 o 600 personas. //Foto: Manu Ureste

Según el Movimiento Migrante Mesoamericano, unos 70 mil indocumentados desaparecieron durante el sexenio de Felipe Calderón. //Foto: Manu Ureste

Según el Movimiento Migrante Mesoamericano, unos 70 mil indocumentados desaparecieron durante el sexenio de Felipe Calderón. //Foto: Manu Ureste

 

Otro de los efectos negativos de la notoriedad adquirida por Las Patronas debido a su labor de ayuda al migrante, la cual ha supuesto una de las pocas buenas noticias en el México de los más de 70 mil muertos por el combate al narcotráfico y los 70 mil indocumentados desparecidos durante el sexenio de Felipe Calderón (según cifras del Movimiento Migrante Mesoamericano)es la rapiña de terceros que intentan sacar beneficio de la solidaridad.

En este sentido, Norma explica que a pesar de que aún no se han conformado como una Asociación Civil (AC), tuvieron que reconocer una página web para que nadie suplante su identidad y pida dinero o apoyos en su nombre. Algo que, denuncian, ya ha sucedido en varias ocasiones.

“No nos gustaría que nuestro trabajo lo vaya a ensuciar cualquier persona que se pase de lista”

“Hay veces que nos dicen que ciertas personas fueron a recoger ayuda humanitaria a nombre de unas patronas, cuando nosotros nunca supimos nada de esa ayuda. Es decir, se están haciendo pasar por nosotras, y por eso debemos tener mucho cuidado”, señala Norma recogiéndose el pelo castaño en un moño, para agregar al respecto que recientemente hubo otro caso en el municipio de Fortín de las Flores (muy próximo a la vecina Córdoba y a unos 20 kilómetros de Amatlán), donde solicitaron una cocina completamente equipada a nombre del grupo.

“No nos gustaría que nuestro trabajo, que hasta ahora lo hemos mantenido muy limpio, lo vaya a ensuciar cualquier persona que se pase de lista –añade muy seria-. Por eso hemos publicado una página web para que la gente sepa quiénes somos, quiénes integran el grupo de ayuda humanitaria Las Patronas, y qué es lo que hacemos para ayudar al migrante”.

Related

Deja un comentario