Los dos cambios que transformarían la educación superior en México

Existen pocos lentes tan efectivos para ver a nuestra educación superior “en acción” como la preparación de jóvenes para ingresar a maestrías y doctorados, o bien la colocación de estudiantes de licenciatura e ingeniería en prácticas profesionales. Los autores de esta reflexión nos dedicamos a ambas cosas.

A través de nuestro peculiar trabajo, hemos constatado que la educación superior mexicana -pública y privada- debe prestarle mucha más atención a dos temas:

Primero, a que los jóvenes adquieran habilidades laborales realmente requeridas por el mercado. Segundo, al desempeño de los universitarios en exámenes estandarizados internacionales, específicamente en el GRE y el GMAT, que evalúan razonamiento matemático y verbal (en inglés) y sitúan a los individuos sobre una escala mundial.

Lo primero -un mayor énfasis en competencias- no es nuevo. Existe un multi-señalado desfase en México entre lo que los estudiantes aprenden y lo que las empresas requieren. Cambiar esta realidad puede lograrse de muchas maneras. Tan sólo una de ellas es incorporando la realización de prácticas profesionales a los planes de estudios universitarios desde un principio, como sucede en Alemania, y no como accesorio hacia el final del programa. Esto obligaría a las instituciones de educación superior a mantener actualizados, y útiles, sus planes de estudio.

Un mayor enfoque en competencias laborales tendría otras beneficios. Por ejemplo: Comenzaríamos a deshacernos de la noción de “carrera” como un bloque educativo de 4-5 años, caro -indistintamente de quién lo pague, el gobierno o los ciudadanos- y que mágicamente brinda un empleo, y comenzaríamos a pensar más en lo que realmente debe brindar esa etapa: habilidades que, sólo si son las adecuadas, son recompensadas por el mercado.

Nos iríamos moviendo hacia la noción de educación continua, donde toda nuestra vida productiva tendremos un pie en la escuela y otro en el trabajo, y donde por ese motivo la “carrera” no tendría que ser tan larga ni tan cara.

Le daríamos mucho más peso al aprendizaje del inglés, que sigue siendo relegado especialmente por las escuelas públicas. La carencia de este idioma no sólo priva a los jóvenes de oportunidades de empleo en una economía global: los desconecta, de por vida, de la mayoría de la información en internet.

Los consumidores de la educación -los jóvenes y los padres- tendrían más herramientas para discernir la calidad de la educación ofrecida por las universidades: qué habilidades brindan y cómo lo hacen. En cambio, hoy se eligen carreras y universidades con base en indicadores muy tangenciales: reputación, si conocidos de uno estudian ahí, si el marketing parece atractivo, si “se enseñan valores”, o el monto de la colegiatura.

Se iría disipando, con algo de suerte, la resistencia cultural que tenemos a las carreras técnicas.

En cuanto al segundo factor que señalamos -la consideración de exámenes estandarizados-, el uso de métricas internacionales como PISA es justamente lo que nos ha dado, en años recientes, herramientas objetivas para criticar y buscar mejorar la calidad de la enseñanza. El GMAT y el GRE son exámenes que se requieren para ingresar a maestrías y doctorados en universidades en todo el mundo, pero porque son pruebas de razonamiento para las cuales todo recién egresado de licenciatura o ingeniería debería estar listo, son también un excelente indicador de la formación que estos últimos han recibido.

El resultado que arrojan el GRE o el GMAT es una colocación percentil del test-taker sobre de todas las personas que han hecho el examen en el mundo. Así, la experiencia para un universitario mexicano de “medirse” directamente contra un indio, chino, canadiense, chileno, ruso, estadounidense o francés es -lo vemos todo el tiempo- no solamente reveladora de su competitividad global, sino también personalmente muy formativa, pues saca de la cabeza del chico, de una vez por todas, la idea de que no tendrá que competir contra profesionistas de otros países.

¿Cómo nos va a los mexicanos en estas pruebas? Mal. Muy mal. Aún en contraste con otros países latinoamericanos. Los promedios nacionales del GMAT son públicos y lo dicen claramente: más allá del inglés, el razonamiento matemático de los mexicanos, incluso recién salidos de la universidad, es pobre.

Mucho se critica que la educación sea “para los exámenes”, y se tiene razón cuando la única vara para medir el trabajo de las escuelas y maestros es esa. Pero no por ello debemos desechar el uso prudente de pruebas y exámenes internacionales.

Ante los dos cambios que proponemos aquí, México parte de una ventaja. Nuestro modelo de educación superior, que desde un principio va encaminado a una cierta disciplina o “carrera”, es muy diferente al del college anglosajón, donde los estudiantes llevan un sinfín de materias de manera libre y medio desordenada, y donde sólo hasta que se gradúan de esta etapa realmente entran -si lo desean- a una escuela especializada: de leyes, negocios, ingeniería, políticas públicas, arquitectura, etc. Ellos obtienen en su maestría lo que nosotros vemos desde la licenciatura. El modelo de college es bondadoso pues le permite a los estudiantes explorar antes de comprometerse con una profesión, pero esa exploración trae un precio: es tardada y cara, pues hay que sumarle los 1-2 años de graduate school a los 3-4 de college. En cambio, acá los jóvenes, desde que entran a la universidad, comienzan a recibir una formación que -al menos en teoría- responde a la realidad del ejercicio profesional. Esto hay que aprovecharlo.

Creemos que enfocarnos en serio en las competencias que requiere el mercado y echar mucha más mano de exámenes internacionales son dos importantes formas de hacerlo.

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