El infierno de los niños migrantes en la frontera sur de México

Dayara quería reunirse con sus hermanos en Estados Unidos, pero en el tren de carga donde viajaba se separó de las amigas que le acompañaban. Se asustó. Cuando salió de Guatemala supo que muchos migrantes eran secuestrados, y que las adolescentes, como ella, eran vendidas como esclavas sexuales en bares o prostíbulos.

“Me decían que tuviera cuidado, que en México hay mucho peligro si andás sola y que a mucha gente le pegan o se los llevan del tren. Me dio mucho miedo”, cuenta a BBC Mundo.

La chica tenía entonces 13 años, y decidió regresar a Tapachula, Chiapas, la ciudad más grande en la frontera entre México y Guatemala, para esperar a sus compañeras. Nunca regresaron, pero entonces conoció a otro joven migrante y pronto estaba embarazada. Desde hace dos años vende dulces y cigarros para sostener a su hijo.

Como Dayara, miles de niños y adolescentes cruzan la frontera sur de México en busca de llegar a Estados Unidos. Muchos se quedan en las poblaciones fronterizas donde, según organizaciones civiles, son víctimas de redes de esclavitud sexual o son explotados en casas y fincas agrícolas.

Entre los más de 100.000 migrantes de Centroamérica que cada año inician el viaje, los menores constituyen la población más vulnerable, le dice a BBC Mundo Nashieli Ramírez, directora de la organización Ririki, Intervención Social.

“La trata está ligada al movimiento de las migraciones, y en esta frontera tan porosa no hay ningún tipo de control. Es una zona donde hay una gran incidencia de explotación”, explica.

No se sabe cuántos menores indocumentados se encuentran en la frontera sur del país, pero las autoridades reconocen que el fenómeno está en crecimiento.

Un indicador es el número de niños y adolescentes que han sido deportados. En 2010 el gubernamental Instituto Nacional de Migración expulsó del país a 4.815 menores de 18 años. El año pasado la cifra aumentó a 6.894.

Redes

De acuerdo con el Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, en la frontera sur de México existen menores en tránsito quienes viajan solos o acompañados hacia Estados Unidos.

Muchos de ellos no pueden completar el viaje porque son deportados y al regresar a México buscan alguna forma de sobrevivir, mientras encuentran una nueva oportunidad para reiniciar el viaje. Así, muchos venden dulces afuera de restaurantes, bares o en las calles del centro de Tapachula, Chiapas.

También hay una cantidad importante de niños y adolescentes que viven con su familia en poblaciones mexicanas, quienes en su mayoría trabajan en granjas agrícolas o fincas cafetaleras.

Un perfil adicional son las adolescentes que realizan trabajos domésticos en casas de Tapachula.

Casi todas son de Guatemala y muchas son víctimas de explotación laboral, pues reciben bajos sueldos, no tienen seguridad social y a veces ni un día completo de descanso. También hay casos en que las menores son obligadas a trabajar sin pago alguno.

Uno de los problemas más graves es el de las menores que son víctimas de esclavitud sexual. La mayoría proviene de Honduras, explica Nashieli Ramírez, y son obligadas a prostituirse en bares de poblaciones como Ciudad Hidalgo, Cacahoatán, Tapachula o Talismán, por ejemplo.

También alimentan las redes de esclavitud sexual que operan en otras partes de México. “Está vinculado a la delincuencia organizada”, explica la directora de Ririki.

“Canguritos”

Le llaman El Callejón Danubio, por el nombre de un hotel que recientemente fue clausurado porque sus propietarios permitían la explotación sexual de menores de edad, entre ellas migrantes sin documentos.

El Callejón se encuentra a unas calles del edificio de gobierno de Tapachula, y a pesar del cierre del negocio todavía existen adolescentes centroamericanas que son víctimas de esclavitud sexual.

No son las únicas. En la plaza central, frente a la sede del gobierno, varios adolescentes hondureños venden sexo para comprar comida, según ha documentado la organización Todo por Ellos.

Muchos que trabajan o visitan la plaza lo saben, le dice a BBC Mundo Santiago, un adolescente de El Salvador que cuida autos en el centro de Tapachula. “En la noche después de las diez llegan señores en coche para buscarlos. Les tocan el claxon o se bajan para hablarles”, cuenta.

“Hay algunos que vienen cada semana, otros más veces. Ya se conocen, nomás se cuidan de la policía porque son duros”.

Estos adolescentes se mezclan con los “canguritos”, como se conoce a los menores centroamericanos que venden dulces y cigarros afuera de bares, restaurantes y en las calles del centro. Prácticamente todos son extorsionados por policías y funcionarios municipales, asegura el director de Todo por Ellos, Ramón Verdugo Sánchez.

“Muchísimas veces lo hemos denunciado públicamente y no pasa nada”, dice en conversación con BBC Mundo. “Es un problema descarado, aquí puedes cometer lo que quieras y seguir libre”.

Las autoridades aseguran que investigarán las acusaciones. Un vocero del Ayuntamiento de Tapachula que pidió no ser identificado, dijo a BBC Mundo que varios policías han sido sancionados aunque también recordó que los trabajadores sexuales violan los reglamentos locales.

El problema sigue, insiste Verdugo quien hace unas semanas realizó una huelga de hambre para denunciar la explotación sexual de menores centroamericanos.

“La gente que vive en esta frontera no quiere darse cuenta, están acostumbrados a que no pase nada”, concluye.

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