Así fue el ataque a radio comunitaria de Edomex

El homicidio del hijo del fundador de la radio de Luvianos, en la región de Tierra Caliente del Estado de México, vuelve a poner en escena la violencia que se vive en la zona, ahora en disputa entre La Familia y una nueva organización criminal.

Así fue el ataque a radio comunitaria de Edomex
Protesta por la libertad de prensa en México. Foto: Cuartoscuro/Archivo.
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“Esa tristeza mía, este dolor tan grande, los llevo más profundos pues me han dejado sólo en el mundo…”. La canción en boca de Javier Solís suena en Calentana Radio, la emisora del municipio de Luvianos, fundada y ubicada en la casa de Indalecio Benítez. La locutora la pone a petición de un oyente, un vecino que se la dedica a Benítez, que vela, a pocos metros de la cabina, a su hijo de 12 años, asesinado la madrugada del sábado.

Tres balazos de AK47 acabaron con su vida. Juan Diego Benítez es la última víctima de una guerra silenciada que acecha el sur del Estado de México, la zona limítrofe con Guerrero y Michoacán, parte de la supraregión de Tierra Caliente que abarca territorio de estas tres entidades.

Luvianos fue, durante cinco años, uno de los bastiones del cártel de La Familia. Literalmente en la frontera del Estado de México, Guerrero y Michoacán, ha sido una zona de sembradíos de marihuana desde los tiempos de la Revolución. En octubre de 2009, después de varios enfrentamientos sangrientos, La Familia se hizo con el control del territorio al desplazar al cacique local, Osiel Jaramillo, quien se encargaba del acopio y la distribución del enervante. Desde entonces, Pablo Jaimes Castrejón, conocido como La Marrana, era el lugarteniente de La Familia en la zona y despachaba desde las cañadas. El Ejército lo mató en agosto del año pasado. Su cuerpo fue recibido en Luvianos con todos los honores.

La Familia había establecido un control de facto a través de las armas y un pacto de no agresión con la población.

“Aquí es bien sano, desde que están las verdaderas autoridades todo está tranquilo. Si alguien roba, ellos se encargan de ajusticiarlo, así que ya no hay delincuencia”, explicaban en la plaza del pueblo varias vecinas a esta reportera en septiembre pasado.

Con las “verdaderas autoridades” se referían a los sicarios y otros servidores del cártel. Otra señora, que tenía una tienda de abarrotes, contaba como los sicarios le habían traído –golpeado– a un muchacho que le había robado una botella de licor, para que se la pagara. Era 15 de septiembre y el pueblo festejaba animosamente la Independencia de México. En el desfile del 16 las muchachas se tomaban fotos y pedían montar a caballo con el hijo de La Marrana, un adolescente que cabalgaba ufano un caballo de raza con una montura de piel de cocodrilo y piedras preciosas incrustadas.

Una extraña connivencia demasiado común en tantos pueblos mexicanos pero que guardaba cierta paz, donde los pobladores dejaban incluso las puertas de las casas abiertas.

“Si tu no te metes con ellos, ellos no se meten contigo”, explicaba entonces Indalecio Benítez, activista de la localidad, que había saltado a los medios dos meses antes, cuando agentes de la Secretaría de Marina retuvieron en sus instalaciones durante un par de días a 7 jóvenes por presuntos lazos con el narcotráfico.

Benítez encabezó un plantón junto varios centenares de luvianenses delante de la base de la Marina en el municipio para exigir su presentación, al haberlos detenido sin orden de arresto ni en la comisión de un delito. “Mira, yo salí a defender a los muchachos porque aquí en el pueblo todos sabemos quiénes sí y quiénes no tienen nada que ver, y muchos no tenían que ver, no quiero que al rato sea a uno de mis hijos a quién agarren así”, me explicaba en septiembre, mientras apuraba la construcción de una pequeña cabina de radio en el patio de su casa.

Indalecio Benítez era el voceador del pueblo. Tenía radiobocinas en dos vehículos y era quién trasmitía los anuncios y comerciales hasta antes de fundar la emisora de radio, que sigue cumpliendo esa función. Además completaba su salario cocinando para eventos masivos, fiestas de 15 años y otras celebraciones. Aprendió el oficio en su estadía en Estados Unidos, donde estuvo varios años de mojado. Como cocinero, reconoce que le tocó guisar para “la maña”, como se conoce en la región a los miembros del crimen organizado. “Me mandaban llamar para cocinar en sus eventos, y lo hacía. Al final de cuentas si lo haces mal y si no lo haces peor”, explica.

“Ahora voy a dar declaración y me preguntan si tenía vínculos con el crimen organizado. Pues no, nunca he portado un arma, ni les he servido para sus quehaceres, tenía el vínculo que tenía cualquier ciudadano de aquí, ellos pagaban los bailes, invitaban a cervezas y te las tenías que tomar a fuerza”, sigue relatando ahora vía telefónica.

Este sistema alterno de poder que había establecido La Familia, con la aquiescencia de las autoridades –el propio alcalde sufrió un atentado cuando apenas era presidente electo y mataron a uno de sus candidatos a regidor–  se fue quebrando a partir del asesinato de La Marrana. Al descabezar la organización se fracturó y permitió la entrada de nuevos grupos, Los Caballeros Templarios y Los Guerreros Unidos, una cédula de delincuentes provenientes del vecino estado de Guerrero. En la disputa por el territorio se empezó a sembrar el terror en la región.

En abril, un grupo de hombres armados entraron a las 10 de la mañana en la Presidencia y mataron al Jefe de la Policía Municipal. El Ayuntamiento está a pocas cuadras del cuartel que la Secretaría de Marina mantiene en el municipio.

“A cada rato hay muertos, secuestros, hasta descuartizados, pero nadie se atreve a publicarlo, ni nosotros, ni los mismos medios”, cuenta una periodista de la región que prefiere ocultar su nombre.

Este 18 de junio, el presidente de la República Enrique Peña Nieto acudió a Luvianos para inaugurar una nueva Base de Operaciones del Ejército Mexicano en las Cañadas de Nanchititla, las mismas donde hace un año despachaba La Marrana. Allí resaltó que “los datos revelan que en el país se han reducido la violencia y el número de homicidios dolosos”. 

El Estado de México es la única entidad en la que cada año, desde el 2007, aumentan los homicidios, según la información más reciente del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) que computan22 mil 732 asesinatos en 2013. Sólo en Chihuahua, Sinaloa y Durango la tasa de homicidios ha bajado año con año desde el 2010. Y la caída ha sido mucho más lenta que el dramático crecimiento entre 2008 y 2010. Con ello, 2013 fue el cuarto año más violento desde 1990, por debajo de los tres años previos, pero por encima del resto.

Ante esas cifras el 18 de junio el presidente Peña, también mexiquense, aseguraba que el nuevo cuartel de la Secretaría de Defensa en Luvianos, que se suma al de la Marina, permitiría un mayor control territorial en la región.

Apenas 12 días después, el Ejército mató a 22 supuestos integrantes del crimen organizado en el municipio vecino de Tlatlaya. El 8 de julio medios locales reportaron un enfrentamiento entre marinos y un grupo de hombres armados en La Goleta, localidad de Amatepec. El 20 de julio, se registró otro enfrentamiento en Tlatlaya, ahora entre presuntos integrantes de dos grupos delictivos rivales, en el cual un hombre perdió la vida y cuatro más resultaron heridos. El miércoles pasado, 30 de julio otra balacera en Tlatlaya dejó cuatro personas más lesionadas. Ese mismo día un juez federal sentenció por los delitos de delincuencia organizada, narcomenudeo y portación ilegal de armas, a 28 años de cárcel a Nazario Jaimes Castrejón, El Puma, hermano de La Marrana y quién le había suplantado al mando de la zona calentana del Estado de México. También condenaron  a otros 18 años de prisión a Félix Jaimes Jaimes, El Pony, su ejecutor.

Pero la violencia sigue. “Antes eran traiciones entre ellos, ahora a los que se chingan es a la población”, dice Benítez apesadumbrado porque  la muerte de su hijo de 12 años no sea una más y se ponga fin a la espiral. “Mira, vamos a hacer algo, no con armas, pero esto tiene que parar, no solo yo, el pueblo ya no aguanta”, clama. Sus vecinos se han personado a darle las condolencias. En la web de la radio, se siguen los mensajes: “lo único q saben hacer es causar daño a la gente pobre y e inocente”, reza uno.“NO es a tu jefe… niña… es a Luvianos… es a todos ustedes… QUE COSA????” (sic) contesta otro al anuncio de la agresión a los Benítez y el asesinato de Juan Diego.

En Calentana Radio los viernes entre las 19 y 22 horas es el turno de Noches Bohemias, un programa donde diferentes cantantes y grupos de guitarra tocan en vivo por la emisora. Al terminar, Indalecio Benítez y otro locutor y sus familias fueron a cenar con el artista. Al rozar la medianoche regresaron a casa. Benítez manejaba, su esposa iba de copiloto y atrás venían sus cuatro hijos en común. La calle, en el centro del pueblo, estaba a oscuras debido a las obras para enterrar el cableado, y Benítez no vio la camioneta con al menos cuatro hombres armados que estaba estacionada delante de su casa hasta que no los tuvo adelante. En ese momento, y en un acto reflejo, decidió no detenerse y acelerar. Los hombres empezaron a rafaguear su vehículo y tres balas penetraron por la espalda de su hijo Juan Diego, y le atravesaron el corazón.

Benítez siguió manejando hasta la base de la Marina, a menos de un kilómetro, allí se resguardaron pero ya no pudieron salvar la vida del pequeño. Los criminales dieron media vuelta y regresaron a la casa de Benítez. Allí se encontraban su madre y dos tíos, todos mayores de 80 años, y el hijo más grande, de 17. Hicieron un disparo y entraron empuñando sus AK-47, los amenazaron, registraron la casa, y encañonaron al muchacho al que le pidieron el celular y le esculcaron hasta la mochila de la preparatoria.

La Marina llegó a los 20 minutos, cuando ya se habían ido los criminales. “Pareciera que no les quieren agarrar”, espeta indignado y con la voz entrecortada. El sábado, cuando fue a hacer la denuncia al Ministerio Público pidió seguridad a la Procuraduría de Justicia mexiquense. Sin embargo, no la ha recibido. La Policía Federal solo fue para tomar evidencias. El único respaldo que tiene es del pueblo que se ha personado a darle las condolencias o llama o escribe a la radio, que siguió emitiendo durante todo el fin de semana mientras velaban a Juan Diego. Sin embargo, al caer la noche, el pueblo queda solo y con él su casa.

“No nos sentimos seguros, pueden regresar en cualquier momento porque obvio no quería a mi hijo, me querían a mi”, narra Benítez como quedándose sin aire. Aunque no sabe ni porqué. Cuando iba a inaugurar la radio fue a presentarse con los dos grupos, con La Familia y Los Guerreros Unidos para avisarles. No se le ocurre ninguna cobertura radiofónica que haya podido ponerle en riesgo, aunque reconoce que la emisora, con menos de un año, ya es un icono en el pueblo.

La organización que vela por la libertad de expresión, Artículo 19 ya reivindicó el asesinato como agresión a la prensa y exigió a las autoridades y al Mecanismo de Protección a Periodistas que den seguridad a la familia Benítez.

“Tal vez querían sembrar el terror con algo muy visible o no sé, no entiendo…, mira yo no soy sicario, no soy halcón, no soy chismoso. Está muriendo mucha gente inocente que su único delito es que si, si había una fiesta con los que mandaban antes, íbamos ¿por qué? Porque si no te acercabas era malo. Y ahora nos están secuestrando, torturando, hay descuartizados, levantones… y también hay mucha complicidad, un gobierno da alas a un cártel y otro, a otro, y los que pagamos los platos rotos somos la ciudadanía”, alega indignado.

“Obvio si me matan a mí, imagínate, nadie se va a atrever a levantar la radio de nuevo, así que ahora no vamos a parar”, concluye. Mientras habla, Calentana Radio sigue transmitiendo canciones de luto.

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