“Fueron 3 ataques en Iguala y no 2, como dicen las autoridades” (crónica desde Ayotzinapa)

La Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos llegó a Ayotzinapa, Guerrero, en los años 30 del siglo XX, luego de haber sido fundada en 1926, en Tixtla, la ciudad aledaña, y es un complejo arquitectónico que opera como internado, dando no sólo alojamiento, sino también manutención a sus estudiantes; por ahí pasaron Lucio Cabañas y Genaro Vázquez.

Foto: Paris Martínez.
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La Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos llegó a Ayotzinapa, Guerrero, en los años 30 del siglo XX, luego de haber sido fundada en 1926, en Tixtla, la ciudad aledaña, y es un complejo arquitectónico que incluye edificios de aulas, dormitorios para 500 estudiantes, humildes casitas para empleados, así como amplios espacios deportivos, talleres de oficios, biblioteca, laboratorio de idiomas e, incluso, una alberca en pleno funcionamiento. De aquí han egresado 88 generaciones de maestros que, a su vez, han formado en sus primeros estudios a niños de todo el país, pues hasta este plantel llegan jóvenes de la República entera, para convertirse en profesores rurales de nivel primaria, lo mismo de Guerrero que de Oaxaca, Chiapas, Puebla, el Distrito Federal, Morelos, Tlaxcala y Sonora, sólo por citar el lugar de origen de algunos de sus actuales estudiantes.
“Yo siento un orgullo muy grande de estudiar aquí –afirma N., uno de los alumnos y moradores de este plantel, que opera como internado, dando no sólo alojamiento, sino también manutención a sus estudiantes–, me siento orgulloso porque Lucio Cabañas fue egresado de esta Normal; y porque, aunque Genaro Vázquez no se graduó de aquí, sí cursó aquí sus primeros dos años como normalista… Así que nosotros, como normalistas, nos sentimos muy orgullosos de ese pasado: hablar de la Escuela Normal de Ayotzinapa es hablar de muchas cosas, es hablar de movimientos guerrirlleros, de movimientos sociales, de movimientos magisteriales… de lucha por México.”

N. tiene 22 años y llegó a esta escuela en 2012, proveniente “de una comunidad rural caracterizada por la pobreza extrema”, cuyo nombre pide omitir, igual que el suyo propio, por temor a los ataques que vienen sucediéndose en contra de los alumnos de este plantel, el más reciente de los cuales, ocurrido en Iguala entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre, dejó tres normalistas asesinados –junto con tres ciudadanos más que transitaban por el lugar de la agresión–, y otros 44 víctimas de desaparición forzada, “porque aunque la autoridad diga que ya encontró sus cuerpos en fosas clandestinas, mientras esto no se confirme para nosotros ellos siguen desaparecidos y, por lo tanto, los seguiremos reclamando vivos, como se los llevaron los policías municipales de Iguala”, que los emboscaron luego de realizar una jornada de boteo en dicho municipio.

N. concede la entrevista en la cabina de radio del circuito cerrado que transmite dentro del plantel, en un momento en que los micrófonos están apagados y luego de que el comité de Prensa y Propaganda aprobara el ingreso a estas instalaciones, cuyas puertas se han mantenido cerradas a la prensa “por cuestiones de seguridad, no queremos que se nos infiltren extraños o que se difundan aspectos acerca de nuestra forma de coordinación”, y concede la entrevista, de hecho, tras ser designado para tal fin por sus compañeros del comité.

–¿Qué te impulsó a querer ser maestro? –se pregunta a N.

–Yo pienso que siempre he querido ser maestro, porque tuve buenos maestros –afirma este joven de ceño duro, como muchos en esta región de Guerrero, pero voz afable–. Y porque es una labor noble… Un doctor o un contador, o cualquier profesionista, son gente muy valiosa para la sociedad, por lo que hacen, por lo que aportan, y con un maestro normalista es igual, pero ¿qué hace un maestro normalista? Pues es el maestro de primaria, y el maestro de primaria forma al doctor, el maestro de primaria forma al contador, el maestro de primaria forma a los presidentes de la república, forma al policía, forma al activista… El maestro de primaria es el pilar de la enseñanza y forma en los niños y niñas las bases para que sueñen, para que decidan lo que quieren ser en el futuro. Por eso, cuando dicen que se debe desmantelar el sistema de escuelas normales para hacer progresar a México, lo que se hace es incurrir en una falacia, en una mentira, porque si no hay maestros que formen a la niñez, prácticamente no se tienen bases para nada como país.

El sistema de escuelas normales rurales fue establecido en los años 20 del siglo pasado, explica N., “en respuesta al contexto que vivía México en ese entonces: con 80% de la población, o más, viviendo en zonas rurales, en extrema pobreza, y sin oportunidades educativas. Y esa es una realidad demográfica que se ha modificado radicalmente, porque ahora buena parte de la población vive en núcleos urbanos, pero eso no ha vuelto innecesaria o inútil la educación rural, sino todo lo contrario. La problemática de extrema pobreza y falta de oportunidades educativas se siguen viviendo en la mayoría de las áreas rurales del país, y por eso los jóvenes de esas regiones siguen viendo la necesidad de convertirse en maestros no sólo para el progreso propio, sino para el progreso de sus familias y de sus comunidades.”

Guerrero, subraya, es un ejemplo claro de ello.

“En las escuelas rurales de esta región, y de muchas otras del país –explica–, no puede impartir clases cualquier maestro, sino uno que esté formado para enfrentar la realidad rural. Por ejemplo, hay escuelas rurales a las que asisten niños que sólo hablan castellano, y niños que sólo hablan alguna lengua indígena. Entonces, si el maestro no está capacitado para enfrentar esta situación, deja a la mitad de sus alumnos sin educación. Por eso, aquí, en la Normal de Ayotzinapa, hay formación especializada para este tema, aquí hay normalistas que aprovechan su conocimiento previo de alguna lengua indígena, porque provienen de alguna de estas comunidades, y se forman como maestros bilingües, y hay otros que sin saber una lengua indígena tienen la convicción de que ésta es un área que debe atenderse y, entonces, aprenden aquí lenguas indígenas, en el laboratorio de idiomas de la Normal. El Estado mexicano carece de una estrategia consolidada para enfrentar esta situación, y las Normales son el único sistema que lo enfrenta de manera consecuente, a pesar de la falta de apoyo, de la falta de presupuesto, de los ataques paramilitares, y de la campaña de desprestigio que desde el sexenio pasado venimos sufriendo por parte de las autoridades particularmente aquí en Guerrero”, campaña que, reconoce, ha permeado entre un sector “desinformado” de la población.

La criminalización

De camino a la Normal Rural, entre las curvas de la carretera que va de Chilpancingo a Ayotzinapa, un taxista local resume en pocas palabras el sentir de ese sector que los normalistas consideran desinformado. “Mira –expone su punto–: sí está muy cabrón lo que les hicieron a estos morros. Muy cabrón. Pero ellos también son muy cabrones, a cada rato hacen bloqueos en las carreteras, luego bajan al pasaje y los obligan a dar ‘coperacha’, atracan los camiones repartidores y no sólo se llevan el producto, sino el camión entero… allá adentro tienen camiones de todas las empresas que quieras, y operan en bola, ¿así cómo le hace uno?”

La agrupación de taxistas a la que este chofer pertenece, de hecho, hace poco más de un año se enfrentó con los normalistas de Ayotzinapa, narra, “porque un día llegaron a la base, que está junto a la terminal de autobuses Estrella Blanca… era un día bastante malo, no había pasaje, y por lo mismo, en la base había un montón de taxis formados. Y entonces llegan estos morros, en bola, y empiezan a exigir que todos les entreguemos una coperacha, y sí, para evitar problemas, se coopera, pero entonces se les ocurrió bajar del taxi a una señora que venía con su niño en los brazos, y la empujan, y se cae, y entonces nos calentamos, porque una cosa es que se metan con uno y otra cosa es que se pongan pendejos, y como había muchos taxistas, que se arma la batalla, y terminaron saliendo por patas… luego, como tenemos radiofrecuencia, nos empezamos a radiar todos los taxistas de Chilpancingo y los perseguimos hasta que se fueron de aquí, y no hubo venganza, pero sí nos advirtieron que si veían un taxi de Chilpancingo allá por Tixtla y Ayotzi, no se la iba a acabar, entonces, por muchos meses no pudimos ir allá a dejar pasaje.”

Dentro de la Normal, de hecho, permanecen al menos dos decenas de vehículos utilitarios, lo mismo tráilers doble remolque de Cocacola, que varias camionetas repartidoras de Lala y Barcel, así como autobuses de pasajeros de distintas líneas comerciales, retenidos por los normalistas, con el fin de abastecerse de alimentos –el gobierno estatal no les ha enviado víveres, como es su obligación, durante la última semana–, así como para “obligar a las empresas a que presionen al gobierno, y así éste haga justicia.”

–¿Por qué realizan este tipo de acciones, como bloqueos carreteros, petición de cuota a automovilistas? –se pregunta a N.

Todos esos recursos se emplean para financiar las prácticas escolares –explica–: los alumnos de las cuatro academias (niveles de estudio) de la Normal tienen que realizar prácticas y jornadas de observación fuera de la Normal. Los alumnos asistimos a escuelas rurales para aprender los sistemas de enseñanza que se emplean en el ámbito rural, e incluso los de cuarto (último nivel) pasan prácticamente todo ese último año de formación ya como maestros, asignados a una escuela rural e impartiendo clases. Pero el dinero que aportan las autoridades para la operación de la Normal no es suficiente, no nos dan recursos, por ejemplo, para ir a estas comunidades cada vez que debemos realizar prácticas o jornadas de observación, aunque es obligación de las autoridades hacerlo. Y hay veces que el normalista tiene que pagar traslados a lugares lejanos, como Copala, San Marcos, Marquelia, y considerando que muchos alumnos provienen de La Montaña o de lugares muy pobres, pues no contamos con recursos propios para pagar esos traslados, además de que hay que pagar la alimentación y el material que se ocupa en las clases. Entonces, cada vez que hay que hacer prácticas o jornadas de observación, que son de varias semanas, nos vemos obligados a salir a botear, pero no se exige el pago de cuotas a nadie, eso tiene que ser aclarado, en ningún momento se obliga a nadie a aportar, la gente, si lo desea, nos apoya, y lo hace con lo que tiene, con lo que puede, y por eso no es mucho lo que se junta: nos dan de a un peso, de a dos pesos, algunas personas buenas quizá te den 20 pesos o 50 pesos, y entonces, nunca es mucho lo que se reúne, por eso, constantemente nos vemos obligados a salir a las carreteras y pedir el apoyo de los conductores, pero nunca los obligamos ni atacamos a nadie.

Eso pudo ser constatado este lunes 6 de octubre, cuando los normalistas y padres de familia de los jóvenes desaparecidos tomaron la caseta de Palo Blanco, en la Autopista del Sol, a la altura de Chilpancingo, y abrieron el paso libre a los vehículos, pidiendo una cuota voluntaria. Y el pasado 26 de septiembre, de hecho, los jóvenes de la academia de primero de la Normal se encontraban en Iguala –distante a cien kilómetros de Ayotzinapa– precisamente para realizar una jornada de boteo, y fue luego de concluir, al aprestarse a abordar sus vehículos y volver a su plantel, cuando fueron emboscados por agentes de la Policía Municipal que, según las autoridades federales, estaban subordinados, junto con otras autoridades locales, al cartel Guerreros Unidos.

La emboscada

Fueron tres ataques, aclara N., y no dos, como manejan las autoridades. El primero, alrededor de las 20:00 horas, cuando los normalistas se encontraban en el zócalo de Iguala luego de haber realizado una colecta, y fue entonces cuando “se empezaron a escuchar disparos. Si fueron disparos al aire o directo contra la gente, no lo sabemos, pero sí sabemos que hubo disparos, porque muchas (de las 17) personas heridas fueron lesionadas ahí.”

Para protegerse, narra, los normalistas abordaron los tres autobuses en los que llegaron a Iguala y cuando todos lograron agruparse, emprendieron el camino de vuelta a Ayotzinapa.

Fue aproximadamente una hora después de que se escucharan los primeros disparos cuando, a la altura de la avenida Álvarez, policías municipales abrieron fuego contra los vehículos de los normalistas, así como contra un vehículo en donde viajaban los jugadores del equipo de futbol Los avispones, y contra un taxi, dejando tres normalistas fallecidos, lo mismo que un futbolista y los tripulantes del taxi (el chofer y una pasajera).

El tercer ataque, señala N., vino entre las 22:00 y 23:00 horas, cuando los normalistas sobrevivientes, aún en Iguala, intentaron dar una conferencia de prensa para denunciar la agresión sufrida. En este momento, un grupo de hombres armados disparó nuevamente en su contra, poniéndolos en fuga, y fue este el momento en que 44 de ellos desaparecieron (según la cifra reconocida por la Comisión Nacional de Derechos Humanos y que se basa en los testimonios de las familias de los normalistas raptados).

“Lamentablemente –afirma N.–, Guerrero ha caído en la anarquía, en todos los aspectos, en la política, en la seguridad, en todo, e Iguala siempre ha sido un foco rojo de violencia, y lo que nos acaba de pasar se deriva directamente de eso, y de la campaña de desprestigio que se tiene en contra de la escuela, para hacer creer a la población que las Normales deben desaparecer, campaña que ha hecho que algunas personas incluso justifiquen el ataque que sufrimos, que lo ven como algo que debe aplaudirse… sí, es indignante, nosotros mismos no encontramos palabras para describirlo: lo que ocurrió el 2 de octubre de 1968 lo llamamos masacre; el ataque del 10 de junio de 1971, lo llamamos masacre; Aguas Blancas, el 28 de junio del 95, fue una masacre… y nosotros creemos que lo ocurrido el 26 de septiembre en Iguala también lo fue. Es una masacre y una violación de derechos para la cual no hay palabras que alcancen a abarcarla. Nosotros nos encontramos totalmente afligidos y lo único que pedimos es justicia para nuestros compañeros, lo único que queremos es estudiar, lo único que queremos son mejores oportunidades para vivir, pero en nuestra contra siempre existen organizaciones paramilitares o de otra índole que se empeñan en destruir lo poco que vamos construyendo… ¿Por qué? Esa es la pregunta y nosotros mismos no entenemos el porqué… no lo hicimos el 12 de diciembre de 2011, cuando el gobierno perredista de Ceferino Torreblanca disparó en nuestra contra, sólo por pedirle audiencia, matando a dos de nuestros compañeros. Y en esta ocasión es lo mismo: el gobierno perredista de Ángel Aguirre abre fuego contra nosotros… ¡¿por qué?!

Epílogo: a los compañeros…

N. se niega a hablar de sus compañeros como si estuvieran muertos, a pesar de que han sido encontradas seis fosas con, al menos 28 cadáveres que, se presume, corresponden a los normalistas desaparecidos. Pero aún cuando se niega a aceptar esa presunción, mientras no haya una comprobación científica, habla de ellos en tiempo pasado.

“Yo conocí a varios de ellos –dice con tristeza–. Muchos eran del lugar del que yo soy, y quizá no los conocí a fondo, porque apenas tenían escasos dos meses en la escuela los camaradas, pero aún así, son mis compañeros, y para ellos, el mensaje que yo tengo es el mismo lema que hemos abanderado en las últimas décadas: ‘Ni olvido ni perdón’. Las personas criminales que han hecho esto van a tener su castigo, de una manera u otra… lo único, pues, que le pediría a la ciudadanía en general, a la prensa, a México, es que se solidaricen con nuestra lucha. No somos criminales, somos estudiantes. Lo único que queremos es un lugar mejor y no sólo para nosotros, sino para todos. Porque al estar de parte de la lucha de todos, estamos del lado del pueblo de México y no vamos a desistir, vamos a estar siempre en favor del pueblo”.

*Nota publicada el 6 de octubre de 2014.

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