Anarquistas imponen su ‘autoridad’ durante protesta universitaria

Unos mil estudiantes acordaron realizar una manifestación pacífica en rectoría para protestar por el ataque con arma de fuego contra alumnos, pero un grupo de encapuchados no lo aceptó.

Anarquistas imponen su ‘autoridad’ durante protesta universitaria
Foto: Paris Martínez
Al mediodía de ayer, 16 de noviembre, alrededor de mil estudiantes capitalinos se congregaron en el metro Copilco, para de ahí marchar hacia la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en protesta por el ataque con arma de fuego que sufrieron alumnos de dicha casa de estudios un día antes, el sábado 15 de noviembre, a manos de agentes de la Procuraduría de Justicia del DF, que dejó al menos tres jóvenes heridos (una estudiante quemada por un casquillo, otro con un rozón en una pierna y uno más con el muslo perforado por una bala).

Integraban el contingente estudiantes lo mismo de la UNAM que del Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, la Universidad Autónoma Metropolitana, así como padres de universitarios, y antes de partir, en rápida asamblea, entre todos se decidió que la marcha sería completamente pacífica, que no se dañarían inmuebles y que no se harían pintas.

En la esquina del metro Copilco aguardaban dos camiones de granaderos, apertrechados con cascos y escudos antimotines, quienes vieron pasar a su lado a los manifestantes sin que uno solo les profiriera un insulto.

Antes de llegar a Rectoría, el contingente hizo una escala en el auditorio Che Guevara –donde el sábado se suscitó el ataque de policías– y ahí se sumaron a la protesta los colectivos anarquistas que controlan dicho espacio universitario, los cuales decidieron marchar a Rectoría junto con el resto de estudiantes, pero no reconocieron el acuerdo de que la marcha fuese pacífica.

El primer diferendo entre manifestantes pacíficos y anarquistas encapuchados se dio en las puertas de Rectoría, donde los anarquistas pintaron sobre un muro la leyenda: “Sus balas no nos detendrán. Fuera policía de la UNAM”.

Más de una hora duró la discusión generada por esta pinta entre los organizadores de la protesta y los encapuchados, los primeros argumentando que se estaba violando el acuerdo de no dañar el patrimonio de la UNAM, y los anarquistas alegando que “la pintura se borra, la sangre no”.

La presencia mayoritaria de manifestantes pacíficos, no obstante, contuvo temporalmente a los anarquistas, los cuales eran abucheados tan pronto como intentaban romper vidrios del inmueble o arrancaban señalizaciones viales de los alrededores.

Esta presión de los manifestantes pacíficos, sin embargo, no detuvo a los encapuchados en su intención de invadir Rectoría, alegando que en el tercer piso del edificio existe una oficina del Centro de Investigación y Seguridad Nacional –el aparato de inteligencia del gobierno federal– y que había que destruirlo. Al final, sin embargo, los anarquistas aceptaron no ingresar al inmueble, pero sí mantener su entrada bloqueada y, por esta vía, declarar el edificio como “tomado”.

Esta acción fue, no obstante, criticada por el resto de los participantes en la protesta, quienes se dividían en dos grupos: los que insistían en que la manifestación fuera absolutamente pacífica, y los que acusaban a los anarquistas de “cobardes” por querer atacar un edificio vacío, en vez de avanzar contra los granaderos que aguardaban cerca de la UNAM.

Por acusarlos reiteradamente de cobardía, los anarquistas golpearon a uno de sus integrantes, pretextando falsamente que tiró una parte de la barricada –que no era más que tablones y señales viales amontonadas ante la puerta de Rectoría–. Este joven, de hecho, desde el inicio de la protesta conminó a sus camaradas a no atacar “vidrios y lámparas”, por ser una acción estéril, y por el contrario les propuso bloquear Insurgentes o atacar las instalaciones del la Suprema Corte ubicadas en avenida Revolución, cercana a Rectoría.

Comiendo raspados con chile, o lamiendo sobrecitos de Miguelito, los anarquistas acusaron a este joven de ser “infiltrado” y, luego de tundirlo entre varios, lo arrastraron fuera de la manifestación.

“Lo que me molesta –explicó el joven agredido, estudiante de la licenciatura en Pedagogía– es que es Rectoría lo que están vandalizando, soy pedagogo, a mí me molesta todo (lo de Ayotzinapa), también estoy enardecido por lo que está pasando (…) Simplemente me molesta que estén vandalizando la obra de arte de Siqueiros que hay ahí. ¿Saben por qué están las lonas (cubriendo una parte de la fachada de Rectoría)? Porque llegó otro grupo igual de dizque anarquistas que no quieren dar palabra ni nombre (…) Y lo que gastaron (en esas reparaciones) son impuestos, aunque la gente no tenga a sus hijos en la UNAM, son impuestos que paga la gente. Los anarquistas le pegan a las piedras, ¿tienen huevos?”

Fue siguiendo este mismo argumento que, alrededor de las 15:30 horas, alumnos de psicología, geografía y pedagogía de la UNAM, decidieron dejar solos a los anarquistas en su guerra contra el edificio vacío de Rectoría y avanzaron contra el Walmart Copilco, ubicado en las inmediaciones de Ciudad Universitaria, cuyos accesos fueron cancelados por los estudiantes, quienes exigieron a los comercios aledaños a Walmart suspender actividades.

La misma tienda de autoservicio decidió cerrar sus cortinas y colocar una barricada con bases de carga frente a su acceso, dejando dentro a más de un centenar de clientes y empleados, por lo que los manifestantes alegaron que Walmart mantenía “secuestrados” a los compradores.

Una hora después de iniciar esta toma, cuyo objetivo fue “boicotear el Buen Fin”, tres cuartas partes del centenar de manifestantes que la realizaron se esfumaron, pocos segundos después de que camiones de granaderos se estacionaron sobre avenida Copilco. En su huida, este grupo prendió fuego a mobiliario de la gasolinería ubicada en Avenida Universidad, junto al acceso a CU que se ubica en ese punto, lo que provocó dos cosas: por un lado, que los granaderos se formaran ante el paso a Ciudad Universitaria, y por otro que los anarquistas que se mantenían en Rectoría acudieran a este acceso, para crear una barricada y advertir que si los policías ingresaban serían enfrentados.

Con esmero, los encapuchados arrastraron macetones y palos hasta esta reja de Ciudad Universitaria, con la intención de que los policías no pudieran traspasarla, sin percatarse de que a un costado de su barricada, un espacio abierto de más de 20 metros de largo permite el paso libre hacia el interior la máxima casa de estudios: si los policías hubieran querido ingresar, lo único que necesitaban era rodear la barricada, lo cual, sin embargo, no ocurrió. Para las 18:00 horas, los granaderos se retiraron, dejando a los anarquistas comiendo las frituras de Sabritas y tomando Cocacolas, productos extraídos de un pequeño puesto de dulces que los encapuchados saquearon.

Para entonces, Walmart había también sido abandonado por los universitarios que ahí se manifestaron, luego de que la sucursal aceptó que no abriría sus puertas durante el resto del día, mientras que Rectoría permaneció “tomado” por un puñado de jóvenes encapuchados, quienes fueron encomendados a vigilar los tablones recargados contra el acceso al edificio.

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