Vivir con el narco: Ciudad Victoria, vidas marcadas por un ‘toque de queda’

Esta entrega del especial Aprender a Vivir con El Narco presenta estampas de la vida en Ciudad Victoria. Jóvenes que se olvidaron de ir de ‘antro’ o de las fiestas de 15 años. Ciudadanos que saben que a cierta hora es mejor no salir. Estar marcado por el estigma de ser habitante de uno de los estados más violentos del país.

Vivir con el narco: Ciudad Victoria, vidas marcadas por un ‘toque de queda’
Para los y las jóvenes de la capital tamaulipeca se acabaron las quinceañeras y las noches de ‘antro’. Incluso conseguirse un novio puede ser un riesgo. Aquí, la sociedad marcó una hora en la noche para ya no salir a la calle y es mejor seguir la regla. Esta es la vida en la ciudad mexicana con la mayor tasa de secuestros. // Foto: Animal Político. Animal Político
Para los y las jóvenes de la capital tamaulipeca se acabaron las quinceañeras y las noches de ‘antro’. Incluso conseguirse un novio puede ser un riesgo. Aquí, la sociedad marcó una hora en la noche para ya no salir a la calle y es mejor seguir la regla. Esta es la vida en la ciudad mexicana con la mayor tasa de secuestros. // Foto: Animal Político.

Para los y las jóvenes de la capital tamaulipeca se acabaron las quinceañeras y las noches de ‘antro’. Incluso conseguirse un novio puede ser un riesgo. Aquí, la sociedad marcó una hora en la noche para ya no salir a la calle y es mejor seguir la regla. Esta es la vida en la ciudad mexicana con la mayor tasa de secuestros. // Foto: Animal Político.

En los jardines de una escuela en Ciudad Victoria, dos jóvenes universitarias de 21 y 22 años hacen su tarea. En un par de meses Sofía se graduará como sicóloga, Nayeli como trabajadora social.

Cuando ellas cumplieron 15 años, recuerdan, los demonios se soltaron en Tamaulipas y la violencia ensombreció su juventud.

“Eso de la disco y los antros, ni siquiera las quinceañeras, no lo conocemos. Nuestra generación no tuvo derecho a divertirse”, dice convencida Sofía.

Sofía y Nayeli no se llaman así. Aceptan platicar con la condición de omitir su verdadero nombre. Este es el síntoma más notorio del miedo metido hasta la médula: el anonimato. La violencia no sólo les modificó la vida cotidiana, también les quitó su nombre.

Sofía y Nayeli recuerdan que la violencia comenzó a sentirse en el año 2008, pero fue hasta el 2010 cuando se posó sobre la vida de los ciudadanos. Ese año, el 28 de junio, el candidato priista a la gubernatura, Rodolfo Torre Cantú, fue asesinado.

“Cuando mataron a Torre Cantú ya nadie se sentía a salvo, yo creo que fue el momento más duro para todos, salíamos a la casa y no sabíamos si íbamos a regresar”, relata Sofía.

La violencia que estaba en las calles, llegó a la universidad. En el año 2010 un grupo secuestró a dos compañeros y un profesor en la UAT. A partir de entonces se modificó la dinámica estudiantil: cancelaron el trabajo de campo y servicio social que realizaban en las afueras de la capital. Ellas dejaron de ayudar con su tarea a niños en colonias marginadas.

“Imagínate cuánto es el miedo que hasta tenemos cuidado de con quién andar y con quién no —dice Nayeli, la trabajadora social—. Si hay un chavo que te gusta… pues ya no es tan fácil como antes, ya no sabes a qué se dedica, para qué te quiere”.

“También nos ha quitado el derecho a conocer y a experimentar, a equivocarnos —agrega Sofía, la joven sicóloga— Esta violencia que vivimos será una marca en nuestra generación. Quién sabe si un día se nos quite el miedo, si volveremos a sentirnos seguros”.

Aquí puedes seguir leyendo este especial y contarnos cómo aprendiste tú a vivir con el narco.

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