¿Eres un hombre violento? Seis pasos para no cometer actos machistas

La conducta de un hombre violento los afecta en sus relaciones personales, laborales y familiares, pero a través de una terapia los hombres pueden identificar cuándo están a punto de cometer una agresión.

¿Eres un hombre violento? Seis pasos para no cometer actos machistas

cintillo

Empecemos por una obviedad: las primeras y principales afectadas por la cultura machista, y por las múltiples formas que adopta la violencia contra las mujeres son, precisamente, las mujeres.

Lo que no resulta tan obvio, porque la misma cultura machista se encarga de ocultarlo, de negarlo, es que quienes ejercen el machismo sufren también consecuencias y desarrollan, a la postre, una vida de dificultades y, en muchos aspectos, infeliz.

“El machismo genera diversas consecuencias en la vida de las personas que lo ejercen”, dice Roberto Garda, director de Hombres por la Equidad, una asociación civil que atiende a hombres que buscan resolver sus problemas de violencia.

“Entre ellas: no logran entablar relaciones sanas y satisfactorias, van sumando divorcios, pierden la confianza y la comunicación con sus hijos e hijas, pierden oportunidades profesionales y laborales por no poder congeniar o por agredir a mujeres que son sus pares, sus subordinadas o sus superiores jerárquicos”.

También, agrega, “enfrentan problemas legales por violencia intrafamiliar y van viendo disminuido su círculo social y de amistades; en fin, se van poniendo piedritas en el camino que, conforme va avanzando su vida, les impiden ser felices, plenos (…) y lo peor es que pueden desperdiciar décadas, la vida entera, sin darse cuenta de que esos problemas no tienen que ver, en realidad, con cómo son los demás, sino con cómo es uno, y por lo tanto, que tienen solución.”

Sin embargo, subraya Garda, no es necesario que un muchacho violento se convierta en un hombre violento para que se dé cuenta de que esa característica genera consecuencias adversas en su vida; ni que un hombre deje pasar más de media vida enojado con los demás, para darse cuenta que sí puede ser feliz; ni que a largo plazo vea arruinado sus proyectos personales, familiares y profesionales, para que se decida a abandonar el rol social del machista.

“La violencia de género –asegura– se aprende desde la infancia, somos educados por la familia, por la escuela, por la iglesia, por la comunidad, para actuar así. Pero no nacemos siendo machistas, y aunque así se nos haya educado, también podemos, por voluntad propia, reeducarnos, optar por un rol social distinto, uno respetuoso, igualitario y equitativo, ya ni siquiera por el bien de las y los demás, sino por tu propio beneficio.”

Luego de 23 años de trabajo y diálogo con personas que ejercen la violencia de género, Hombres por la Equidad AC ha desarrollado una tabla de habilidades que, a través de terapias y talleres, buscan incentivar en sus pacientes, orientadas todas a que los hombres agresivos logren identificar cuándo están a punto de cometer una agresión, para prevenirla y, por esta vía, erradicar estas prácticas en su vida cotidiana.

1.- La habilidad de humanizar
Las conductas machistas están tan interiorizadas en quienes las practican, explica Garda, que llega un momento en que ni siquiera se dan cuenta que están incurriendo en agresiones.
Sin embargo, una agresión, aunque parezca espontánea, en realidad tiene varias fases de preparación, y la primera de ellas es la de restar “identidad” a quien se va a agredir.

“Cuando nos predisponemos a agredir a alguien, lo despersonificamos. Le restamos su condición humana, su identidad única, y lo asumimos como una cosa, como algo, no como alguien. Entonces, cuando yo digo ‘esa pendeja’, cuando la despojo de su personalidad, puedo identificar un primer síntoma de que estoy preparando una agresión. Ese es el momento ideal para desistir, para reflexionar y darnos cuenta de que no es una cosa. En muchos casos, ese solo reconocimiento es suficiente para que la agresión no se cometa.

2.- La habilidad de contención
En términos ideales, el darnos cuenta de que estamos pensando en agredir, no sólo a una mujer, sino a cualquier persona, debería ser suficiente para disuadirnos. Sin embargo, explica Garda, no siempre sucede así, y luego de que se concibe un pensamiento de agresión en la mente, el segundo síntoma de que vamos a cometer una agresión son las acciones preparativas que emprendemos. “Cuando la idea ya se ha formado, podemos identificar acciones preparativas: por ejemplo, te empiezas a aproximar a la persona que pretendes agredir, para con la cercanía propiciar una situación que derive en el ataque… o por el contrario, puedes provocar que la persona se acerque a ti, para agredirla. Pues bien, nuevamente lo ideal sería que, si no pudiste contener un pensamiento agresivo, tienes la oportunidad de contener las acciones que te encaminen a cometer la agresión. Si te das cuenta que estás procurando la cercanía de alguien, para agredirla, una vez que lo haz hecho conciencia de ello, puedes dar la vuelta, alejarte, tomar distancia y evitar, así, tu impulso violento.”

3.- La habilidad de comunicar
Cuando una persona violenta tiene el impulso de agredir a alguien, esta agresión no necesariamente es física, y de hecho, señala el director de Hombres por la Equidad, “una de las formas más comunes de la violencia de género es la que se ejerce de manera verbal, pero no por esto es menos dañina. Entonces, una persona que quiere abandonar su rol machista, debe también reflexionar y estudiar su forma de comunicarse con los demás y las demás. A través de la reflexión interna, uno puede identificar las palabras que suele usar, los tonos que suele usar, ya sea para agredir, o para generar una situación propicia para agredir. Y nuevamente, cuando uno detecta esas formas que tiene de cometer agresiones, puede evitarlas conscientemente.

4.- La habilidad de interpretar tu cuerpo
Cuando una persona está a punto de atacar a otra, explica Garda, existen reacciones corporales, que son muy individuales, que cada persona puede aprender a reconocer, para prevenir la agresión. “En Hombres por la Equidad –recuerda– tuvimos un taller con policías, quienes podría pensarse que están habituados a enfrentar situaciones de violencia de forma cotidiana, que pudieran provocarles insensibilidad. Pero no es así: ellos nos contaban que en situaciones de violencia, cuando estaban a punto de hacer uso de la fuerza, dentro del marco legal, contra un delincuente, tenían reacciones comunes, como que te suda la frente, te tiemblan las manos, te duele la nuca. Y esto es así porque, cuando una persona está preparándose para agredir, esta preparación no sólo es mental, el mismo cuerpo se alista para atacar. Entonces, sí, hay que estar atento a lo que pienso, a mis conductas, a mi forma de comunicarme, y a mi cuerpo. Todo eso te va a indicar que estás listo para agredir, y buscamos que lo identifiques, precisamente, para que no lo hagas.”

5.- La habilidad de interpretar tus sentimientos
El principal motor de la agresión, señala Garda, es el miedo. “Cuando una persona agrede a otra, muchas veces esto responde a que de origen se sienten amenazados, aunque no exista en realidad una amenaza de ningún tipo. Y como consecuencia de ese miedo, finalmente atacan. Entonces, detrás de la violencia está le miedo a lo que no conocemos, es decir, detrás de la violencia está la ignorancia”.

El especialista pone un ejemplo: “Cuando veo un hombre gay, y yo no estoy de acuerdo con su forma de ser, lo mejor que puedo hacer es dejar de fijar mi atención en él y llevarla hacia mí mismo, y preguntarme ¿por qué siento que me amenaza? ¿Qué, en él, te produce miedo? ¿Miedo de qué: de que te toque, de que te salude? ¿Miedo de que te convierta en gay?”

Y cuando evalúas objetivamente ese miedo, detalla, puedes determinar si está fundamentado, y en la mayoría de los casos la respuesta lógica hace que ese miedo desaparezca. Una persona heterosexual razonablemente puede concluir, sin dificultad, que no va a dejar de ser heterosexual si un gay lo saluda; una persona heterosexual, razonablemente, sabe que la determinación de su orientación sexual es más compleja que eso.

6.- La habilidad de conocer tu historia
La sexta y última habilidad que te ayudará a identificar, prevenir y y erradicar los comportamientos machistas es, quizá, la más importante de todas: “Hay que conocer la historia: es bueno saber por qué la otra gente es como es, pero, sobre todo, hay que conocer nuestra propia historia, para saber por qué reaccionamos como lo hacemos:  muchos hombres, cuando se van a su propia historia, se dan cuenta que desde la infancia, desde la familia, desde la comunidad, desde la escuela, hubo una pedagogía que los educó, que nos educó a todos y todas, como intolerantes a la diferencia, fuimos educados para tenerle miedo a lo diferente. Es decir, no nacimos siendo intolerantes, siendo violentos con las mujeres, sino que fuimos educados para serlo. Y entonces, hay que reeducarnos”.

En términos resumidos, explica, hemos sido educados “para ver la realidad en dos colores: azul y rosa, fuerte y débil”, pero cuando “los hombres que atendemos hacen este ejercicio, descubren que la vida no es en dos colores, descubren la diversidad, y se dan cuenta de que no hay una sola forma de ser, sino que existen múltiples formas de ser, y que esa diversidad no está en tu contra y no aplica en tu contra.”

Epílogo: ¡Reflexiona!
Al presentarte esta pequeña tabla de habilidades a desarrollar, no pretendemos banalizar la problemática del machismo y de la violencia de género, que en México sufren principalmente mujeres, niños, niñas y personas adultas mayores.

No es con una pequeña receta con la que se resuelve un problema tan grande.

Buscamos, eso sí, sembrar en aquellos que ejercen este tipo de violencia, y que sufren calladamente sus consecuencias, la certeza de que pueden cambiar este aspecto de sus vidas y, por esa vía, ser más felices.

“Cuando una persona machista es encarada ante esta condición, ya sea porque directamente se defiende la persona a la que agrede, o porque luego de mucho tiempo se da cuenta que su vida no es plena, existen tres reacciones posibles: la primera es el enojo, uno se enoja y reafirma su violencia; la segunda reacción es la contraria, se sienten atacados, se perciben como víctimas de los otros, de las otras, y por esta vía, nuevamente, justifican su actitud violenta; y la última reacción posible, y la única sana, es que reflexionen.

Y cuando uno reflexiona ‘por qué me reclamó esa mujer, qué hice para provocar ese reclamo, por qué mis hijos adultos no me hablan, por qué llevo tres divorcios’, puede entonces empezar este proceso de reeducación, de renuncia al rol opresor, machista”.

* Si estás interesado en conocer los talleres grupales y terapias que ofrece Hombres por la Equidad, contáctalos aquí (http://www.hombresporlaequidad.org.mx/). 

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