¿Cómo es la situación de los damnificados en albergues de la CDMX? Ellos lo cuentan

Tras el sismo, damnificados en albergues dicen sentirse "cobijados" por la ayuda de la gente, aunque en algunos casos también se han sentido inseguros

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Cuartoscuro

V. es una señora de 62 años, que habita desde hace 16 en la esquina de Yákatas y Concepción Béistegui y, si bien el edificio de departamentos en el que vivía no se derrumbó, sí sufrió daños aún no determinados, por el desplome del inmueble aledaño. Desde el día siguiente al temblor del pasado 19 de septiembre, V. permanece en un albergue, junto con Moni, su perrita.

“El día del temblor yo tenía cita con el doctor –recuerda, enfundada en un suéter verde, tejido–, entonces, me fui de la casa al mediodía y dejé a la Moni solita, y cuando iba ya por avenida Vértiz, empezó a temblar, muy fuerte, y ya no quise ir al doctor, me regresé lo más rápido que pude, por la Moni”.

Mientras habla, la pequeña perrita, ya encanecida, como ella, reposa a sus pies.

“La Moni, para mí, es toda mi vida, la adoro, la tengo desde hace dos años, la adopté, ya está viejita. Y yo me dije ‘si no me reciben en el albergue con la Moni, ni modo, nos vamos a dormir a la calle'”.

V. es una de las 120 personas damnificadas que han encontrado refugio, y consuelo, en el albergue instalado por la comunidad estudiantil del Centro Universitario de México, en su mismo plantel, en el que todas las operaciones están organizadas de forma autónoma, por los alumnos y ex alumnos de este colegio privado, ubicado en Concepción Béistegui 1106, en la delegación Benito Juárez.

“Yo vivo sola, aunque tengo un hijo que vive aparte, muy lejos, por eso preferí venir aquí, que es cerca de mi casa. Y mi hijo está pendiente de mí, pero no puede estar ahorita aquí, conmigo, porque está moviendo escombros mi pobre hijo… Apenas ayer me habló, llorando de plano, y le dije ‘no, mijo, tienes que ser fuerte. Si quieres ayudar, tienes que ser fuerte. Yo te entiendo, si yo viera lo que tú estas viendo, estaría igual…’ Él está en las brigadas de voluntarios que están removiendo escombros en La Condesa, y yo estoy orgullosa”.

–¿Se siente segura aquí?

–Sí –dice, animada– me he sentido muy bien, las personas son mucho muy atentas, me siento segura. Los chicos de aquí, del colegio, qué bárbaros, son mucho muy bondadosos todos.

–¿Aquí están sus vecinos también?

–No –responde–. Yo conocía a las personas que vivían en el edificio que se cayó, fuimos vecinas durante 16 años… No sé qué fue de ellos, ni de mis otros vecinos, no los veo aquí, ojalá estén con sus familias. Yo confío en que voy a regresar a mi departamento, pero el resto de la gente que no sabe ni qué con su vida, qué va a ser de ellos. Lo que más pido ahorita es que el gobierno se enfoque en esas personas, que los políticos tengan un poco de conciencia, y que se olviden un momento de sus elecciones, y que devuelvan el dinero que se les da, para la gente que ahorita lo necesita. Porque cuánto dinero se derrocha en propaganda, en toneladas de basura electoral, y ese dinero le hace falta ahorita a la comunidad. Ojalá les caiga el veinte, si de veras, de corazón, quieren ayudar.

Además del albergue, aquí opera un centro de acopio a donde, de forma casi ininterrumpida, llegan vecinos de la colonia Del Valle, así como familias de alumnos y ex alumnos del CUM, para entregar víveres, medicinas y agua, artículos que tan pronto se entregan son clasificados y embalados para su distribución.

Alberto, un ex alumno que coordina las labores del centro de acopio, explica que por iniciativa de la comunidad escolar se decidió aplicar un sistema de seguimiento a todos estos víveres y enseres de primera necesidad que reenvían a los puntos de atención donde son solicitados, registrando el número de identificación oficial, la dirección y el teléfono de los lugares a donde va cada embarque, así como los datos de los autos en los que se lleva la ayuda, para dar seguimiento a su destino.

“Esta ayuda se va para otros albergues, para otros centros de acopio que de pronto se quedan sin algo que necesitan, como medicinas, agua, comida, y si nosotros tenemos, se los damos. Y en caso de que no tengan cómo venir por las cosas, nosotros las estamos mandando con un grupo de motociclistas y de ciclistas voluntarios, que han sido de gran ayuda, aquí toda la gente que está participando lo hace de forma voluntaria y todos los trabajos los desarrolla la comunidad, no están aquí las autoridades interviniendo.”

La situación, sin embargo, no es tan óptima en otros albergues.

En el refugio instalado en las oficinas centrales de la jefatura delegacional en Benito Juárez, por ejemplo, los voluntarios y autoridades se esfuerzan en mantener el control y la seguridad de las instalaciones, así como de los damnificados refugiados ahí, dada la alta concurrencia de voluntarios, vecinos afectados, y donadores.

La seguridad, explicó uno de los empleados de la delegación –que es parte del grupo que coordina la operación del albergue, y quien pidió guardar su identidad–, es “prioritaria”, ya que en el albergue no sólo hay niños y niñas cuya integridad debe garantizarse, sino que también aquí guardan los damnificados las pocas pertenencias de valor que pudieron extraer de sus domicilios, tales como escrituras, documentos de identificación, y sus artículos más personales.

Esta situación, de hecho, se presenta también en el resto de los albergues y, por eso, en todos se aplican medidas de control en accesos.

Pero, al menos en el albergue de la delegación Benito Juárez, el elevado número de personas, tanto de refugiados como de voluntarios que prestan ayuda, dificulta mantener dichos controles.

“Aquí estamos bien atendidos –explica Mirna Cano, profesora de música que junto a sus dos hijas y su esposo tuvieron que abandonar su departamento, luego de que las dos torres aledañas se desplomaran el 19 de septiembre pasado–. Pero la seguridad en el albergue no es la mejor: entra mucha gente, y no a todos los registran. A los damnificados nos piden firmar de entrada y salida, pero por las noches entra mucha gente, brigadistas que están ayudando en las labores de rescate, y hemos visto que luego se ha quedado gente extraña…”

Aunque la maestra de violín y piano subraya que ella y su familia se sienten “cobijados” por toda la gente que está prestando ayuda, “pasan cosas, dicen que han visto a un señor echando ojo a lo que algunas familias han dejado en sus colchonetas, y a mi hija le acaban de robar el celular. Ella vino aquí, junto al enchufe, y puso su teléfono a cargar, pero estaba muy cansada, no hemos estado tranquilas, y mientras el teléfono se cargaba, ella se quedó dormida a un lado, y cuando despertó, el teléfono ya no estaba. Pero en cuanto a lo demás, hemos sido muy bien tratadas: hay comida, hay baños, y aquí hay otros vecinos nuestros, entonces, nos sentimos acompañadas”.

Obviamente, añade, “la convivencia a veces puede ser difícil”, ya que son tantas las personas que duermen aquí (un centenar de refugiados, más un número no cuantificado de brigadistas que han llegado por las noches a descansar), que “es difícil mantener bien las cosas, por más que todos nos esforcemos: es difícil mantener los baños limpios, es difícil mantener la zona del albergue limpia, porque aunque algunos intentemos no ensuciar, mantener ordenadas nuestras pocas pertenencias, cada persona es diferente, y no siempre jalamos parejo”.

La maestra Mirna y su familia eran propietarios del departamento en el que moraban, en la calle Tokio, colonia Portales.

“Cuando empezó el temblor apenas y pudimos agarrar las escrituras de la casa –explica Magali, su hija, violinista y también maestra de música–. No pudimos sacar nada más. Nuestro conjunto era de tres torres gemelas, y dos se desplomaron. Nuestro edificio no se cayó, pero quedó tan dañado, que ya no nos permitieron subir a recuperar algunas cosas, nos dijeron que estaba tan inestable, que incluso si una persona subía podía provocar un desplazamiento”.

Esta familia vive de enseñar música, todos son intérpretes y maestros, “pero ganamos poco dinero –explica la maestra Mirna–, nosotros lográbamos sobrellevar las necesidades de la vida juntando nuestros tres salarios, el mío, el de mi esposo y el de mi hija mayor, pero no pagábamos renta. Ahora, sin ese patrimonio, sin nuestra casa, va a ser difícil enfrentar lo que viene. Toleramos esta situación, por ahora, pero hay momentos en que nos llega la desesperación: qué vamos a hacer, a dónde vamos a ir, qué va a pasar después, y no nos vamos muy lejos, qué va a ser de nosotros la próxima semana”.

–¿Cómo imaginan el futuro?

–Mira, me preocupa, y sin embargo siento que vamos a estar bien. Se ve todo mal ahorita, de repente llegan momentos de desesperación, pero creo que somos jóvenes, tenemos fortaleza, los mexicanos nos podemos levantar siempre de estas cosas, es algo incierto el futuro, pero creo que sí hay futuro para nosotros, especialmente para los jóvenes, para mis hijas. Debe haber futuro para ellas, y yo me voy a encargar de que así sea. Esto nos vamos a unir más. Soy consciente de que habrá que trabajar todavía más duro, pero sí: nos levantaremos.

Durante la jornada de este sábado 23 de septiembre, Animal Político recorrió seis de los 69 albergues que, según información difundida por las autoridades de la Ciudad de México, operan actualmente.

De los seis albergues visitados, sólo en cuatro se pudo constatar que en efecto están en operación, y sólo en dos de ellos se permitió el ingreso.

En un caso, se constató que en la dirección proporcionada por las autoridades no hay un albergue (Eje 4 Xola), y uno más, operado por la Cámara Nacional de la Industria del Hierro y el Acero (Canacero) aparentemente sí existe, pero sus representantes se negaron a proporcionar información sobre los servicios que brindan.

De hecho, el representante de prensa de la Canacero, quien se presentó como “señor Gerson”, advirtió que no debía difundirse la ubicación de este supuesto albergue, argumentando que no deseaban hacerse promoción, y añadió que aún cuando se asegura que es un albergue, en realidad no cuenta con personas refugiadas.

Cuando se aclaró al representante de la Canacero que la intención de informar sobre la existencia de este albergue, montado en sus oficinas centrales (en Amores 338, colonia Del Valle) no era hacerle promoción a este grupo industrial, sino hacerle saber a la gente con necesidad que aquí podían obtener ayuda, el “señor Gerson” reiteró que no debía difundirse nada relacionado con este albergue y ni su centro de acopio, y, a manera de advertencia, informó que antes de ser jefe de prensa de la Canacero, fue jefe de prensa de la Procuraduría General de la República.

Por esta razón, no pudo determinarse si la sede de la Canacero opera realmente como albergue, ni tampoco cuál es el destino que están dando a las donaciones que la gente de esta colonia ha realizado a su centro de acopio.

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