San Antonio Alpanocan, comunidad llena de ayuda ciudadana y sin apoyo del gobierno tras el sismo

En esta comunidad de Puebla, San Antonio Alpanocan, se observaron voluntarios de diferentes estados, que viajaron varios kilómetros para ayudar tras el sismo; las autoridades, en cambio, estuvieron ausentes.

Alpanocan
Ernesto Aroche

San Antonio Alpanocan, Puebla.

A la entrada de la comunidad, justo al pie de la calle Ignacio Zaragoza, Alberto Mella estaciona su vehículo, una camioneta adaptada para transporte de mercancía.

Junto a un grupo de hombres y mujeres llegó a Alpanocan, junta Auxiliar de Tochimilco, que se ubica en los linderos de Puebla y Morelos, tras hacer un recorrido desde los Reyes La Paz, en el Estado de México.

Arribaron cerca del mediodía y comenzaron a organizar el reparto de víveres que juntaron, como grupo ciudadano, sin membrete ni nada.

Las calles de la comunidad son ya, a esta hora, un hervidero de gente: estudiantes del Tecnológico de Monterrey campus Puebla, de la Universidad Iberoamericana y voluntarios, que junto con los vecinos de Alpanocan palean y levantan los escombros, de las decenas de casas de las que solo quedaron las puertas, tras el sismo.

A lo largo de la entrada de la comunidad se pueden observar vehículos con placas de Morelos, Hidalgo, Distrito Federal, el Estado de México y Puebla. Lo que no se observa  son vehículos oficiales o funcionarios de gobierno. Nadie que porte chalecos de esos que tienen logos de dependencias federales o estatales. Nadie que use un uniforme, más que un par de policías municipales que miran la situación.

Nazario Olivares dice que fue hasta hoy, 48 horas después del sismo de magnitud 7.1 que golpeó a la comunidad, que llegó la ayuda.

– Ayer en la tarde (miércoles 20) vino la presidenta (de Tochimilco, Albertina Calyeca), pero nomás a mirar. No trajo nada. Se le pidió maquinaria para remover el escombro y nada, vea usted. Los que ahorita están no son del gobierno.

Del gobernador o de algún funcionario estatal no saben nada. No se han parado en esa comunidad de 2 mil 800 habitantes, catalogada como de alta marginación.

Miguel, chofer de un camión de pasajeros que transportó un grupo de jóvenes desde la Ciudad de México, “del Pedregal”, dice que llegaron desde las nueve de la mañana y que cuando arribaron a la comunidad lo único que se veía era el adobe derramado por el piso, lo que quedó de las casas que el sismo arrancó de cuajo, y la tristeza de los habitantes.

Varias horas después la calle es mar de polvo y manos, que se multiplican para sacar ese escombro y limpiar la zona, con miras a una reconstrucción que, si todo sigue como va, con esa ausencia institucional, tendrá que ser realizada por voluntarios y pobladores.

Foto: Ernesto Aroche

Alpanocan nunca había visto tanta gente en sus calles, ni siquiera en la feria. Y seguramente tampoco tantos estudiantes paleando, cargando escombros, repartiendo víveres, agua, ropa y hasta croquetas para perros, inyectando ánimo a esa comunidad alicaída, que estima que el 80%  de sus viviendas está dañado: 180 se derrumbaron y otras 400 tienen daños de graves a menores.

A Pascuala Milán lo único que le quedó es el zaguán verde en la que era la entrada de su casa. Debajo de un árbol juntó sus pertenencias y ahí ha pasado la noche tras el sismo del 19 de septiembre junto con su familia. Y volverá a hacerlo esta noche, y la que sigue y la que sigue. Hace falta, dice, casas de campaña, lonas, algo que les ayude a construirse un techo.

Luciana no sabe si volverá a vivir un temblor como el del pasado martes, tiene ochenta años y ya casi no oye. Su cuarto y el zaguán de la entrada es el único que quedó en pie en esa casa de la calle Madero, pero no tiene techo. Hasta ahí han llegado las brigada de ciudadanos que reparten ayuda. En su cama revuelta hay unos rollos de papel y unas latas de comida. A un costado, hay una televisión polvosa que difícilmente volverá a encender.

Foto: Ernesto Aroche

La furia de la naturaleza no sólo arremetió contra la comunidad, también le pegó a Dios, o al menos a una de sus casas. La iglesia central del pueblo está cruzada de fisuras y grietas. El torreón ya no existe. De hecho armaron un altar en el atrio, pues a la iglesia ya nadie entra, podría derrumbarse en cualquier momento.

A la hora de la comida las calles se llenan de hombres y mujeres de las comunidades cercanas, Axochiapan –epicentro del sismo— y Hueyapan, que llegan cargadas de ollas de arroz, tortillas, chiles, aguacates. Esta tarde nadie se quedará sin comer, al menos un taco.

Y la ayuda sigue fluyendo, espontánea, acicateada porque vieron en redes el nombre de la comunidad y sus necesidades. Escucharon que era una de las varias a donde la ayuda no había llegado. Pero hoy ya está ahí. Desbordada. Sin cortapisas, a pesar de la distancia que hay que recorrer y de los 300 pesos que hay que pagar por ida y vuelta a Pinfra, la empresa constructora que recibió la concesión de la carretera Siglo XXI de manos del exgobernador Rafael Moreno Valle.

– Lo siento, pero la orden que nos dieron es que tienen que pagar -dice apenado el cobrador de la caseta, mientras allá arriba en Alpanocan la solidaridad ciudadana ayuda a levantar una comunidad golpeada.

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Comentarios
  • Malli Uspango

    Hola, por favor díganme la manera en que puedo contactar con alguien allá. Muchas gracias