Atrapada bajo los escombros sin poder gritar: la experiencia de Carla en el 19S

El edificio de Balsas 18 tenía cuatro pisos, que se convirtieron en dos: la planta baja, donde se encontraba el estacionamiento, y el primer piso, colapsaron. Carla sobrevivió, pero cuatro personas murieron en este punto.

Carla
Carla narró cómo logró sobrevivir al derrumbe de su edificio en Balsas 18, de la colonia Miravalle. Rodrigo Crespo
La tarde del 19 de septiembre, Carla Karina Díaz se encontraba en su departamento con Pablo, un entrenador canino, y sus cuatro perros. Cuando sintieron cómo vibraba su edificio ella tomó a uno de sus perros y ambos corrieron hacia la calle pero no lograron bajar.

Su edificio, ubicado en la calle Balsas 18, colonia Miravalle, en Benito Juárez, colapsó.

“Bajé, pero en el segundo piso la losa cayó y quedé enterrada por dos horas con mi perrita”, narra. Los tres quedaron atrapados bajo los escombros durante dos horas.

Carla se colocó en posición fetal para proteger a su perrita Mía. El marco de una puerta se le enterró en el brazo derecho y una viga aplastó sus costillas. La losa que cayó no la aplastó porque Pablo, quien corrió tras ella, la estaba sosteniendo con la mitad de su cuerpo.

La mujer de 38 años recuerda que “por más que quería gritar no había forma de que me escucharan, además de que me costaba recuperar la respiración”.

“Un ángel en mi vida”

La primera persona que llegó al rescate de Carla fue su amigo Agustín. Tras el sismo intentó llamarla y al no recibir respuesta, llegó al edificio.

“Él subió a mi departamento, no me vio y a la hora de bajar escuchó los gritos del entrenador, me ve a mí porque había un huequito en la losa que estaba encima de mi y fue por ayuda”, explica Carla.

Con una barreta, un grupo de hombres, liderados por Agustín, comenzaron a tratar de partir la losa, “pero él (Agustín) sufre del corazón, entonces se empezó a preinfartar y lo sacaron, pero aún así es un ángel en mi vida y quiso seguir”, dice Carla, sonriente y agradecida.

Después de dos horas, liberaron a Pablo, luego a Mía, y finalmente pudieron sacar a Carla, quien estuvo consciente todo el tiempo y pudo guiar a sus rescatistas hacia el lugar en el que estaba.

Carla resultó con cuatro costillas derechas y dos izquierdas fracturadas, una lesión en la cabeza del fémur, insensibilidad en la pierna derecha, un esguince en el pie derecho, una herida en la cabeza y una más en el brazo. Por el momento usa una silla de ruedas.

Sus otros tres perros: Tara, Jack y Goliath están bien, fueron rescatados entre los escombros de un balcón del edificio; Mía tuvo lesiones similares a las de Carla, por lo que tuvo que ser operada pero se recupera exitosamente.

“La tragedia es dura, pero la vida continúa”

Ahora Carla vive con una de sus tías, y su madre con una de sus primas.

El edificio de Balsas 18 tenía cuatro pisos, que se convirtieron en dos: la planta baja, donde se encontraba el estacionamiento, y el primer piso, colapsaron. Ahí, murieron cuatro personas: Gabriel y Águeda, quienes eran esposos; Eber, vecino; y Érika, quien trabajaba como conserje.

“Gente extraordinaria, fantástica, que (su fallecimiento) ha sido muy doloroso, no nada más para mí, sino para todos los vecinos, porque era gente del día a día. Yo, de entrada, como he vivido aquí toda mi vida los conocí desde chiquitos”, recuerda Carla.

Gabriel y Águeda fueron vecinos del edificio desde hacía mucho, y a Érika la conoció desde siempre, pues su padre, conserje en otro de los edificios ubicado en la calle de Balsas, tuvo ahí su vivienda desde que las dos eran niñas.

“Son pérdidas muy fuertes, y pues que sí sientes un vacío y la impresión de que los viste en algún momento, igual y una noche antes, en la tarde, en la mañana, un hola o un adiós… es duro”, lamenta.

Sin embargo, dice, “no debemos dejar que se derrumbe el espíritu de crecer, de salir adelante y dejar, literal, enterrado lo que pasó. La tragedia es dura, pero la vida continúa”.

Carla se dedica al comercio, por ahora esperará a recuperarse y volver a trabajar, esta vez, con una de sus tías, quien le propuso trabajar con ella en su fábrica de muebles.

Aunque aún no hay certeza de lo que ocurrirá con sus pertenencias o con el edificio, en el que habitaban 16 familias, Carla se muestra positiva.

“Al estar atrapada en esos momentos empecé a valorar muchas cosas, incluso la vida ajena. Aprendí a ser mucho más sensible”, menciona, y, concluye, “si la Tierra se mueve, también nosotros como humanos nos tenemos que mover. Que esto no nos venza; al contrario, que nos dé fortaleza para mejorar”.

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