Las rejas no te limitan para ser mejor persona: Oralia descubrió el arte en prisión

Al estar encarcelada en Santa Martha Acatitla, Oralia conoció gente solidaria y descubrió su sensibilidad artística; ahora hace cuadros de collage y concursa con ellos. 

oralia carcel
Cuartoscuro Archivo

Oralia tiene el cabello largo y negro. Camina con dificultad por el dolor en los riñones. Cree que el padecimiento es culpa de la medicación constante durante los seis años que estuvo recluida en el penal de Santa Martha Acatitla.

“Las paredes eran muy frías y me enfermaba a cada rato de gripa”, dice.

Lleva 11 meses en libertad y ha sido como volver a nacer. Apenas se está adaptando a la nueva realidad: sus hijos le enseñan a usar Whatsapp y le ayudaron a crear su cuenta de Facebook.

“No sabía que existía un Instagram, las redes, ni nada de eso, aunque ni me gusta”, confiesa.

También encontró las calles del Estado de México distintas a como las recordaba.

Cuando volvió a escuchar a un perro ladrar o el tráfico de los autos fue redescubrir el mundo, pero estar con sus hijos fue recuperar la vida. La última vez que los vio tenían 9 y 6 años y reencontrarlos “fue el duelo más difícil que crucé”.

Es difícil retomar al mundo en el punto en el que lo dejó suspendido cuando fue recluida, pero lo peor es enfrentarse a la sociedad, “el monstruo más grande”.

Tener antecedentes penales “nos marca definitivamente, es un estigma” y la gente se los recuerda a cada paso.

Aunque intentó buscar empleo en un Centro de Desarrollo Infantil, el requisito de la carta de no antecedentes penales fue el mayor obstáculo.

“Si ya pagamos una condena y quedamos a mano con la justicia, merecemos la oportunidad de volver a empezar”, dice.

Pese a lo que vio en reclusión, también conoció a gente solidaria y descubrió cosas de ella misma que no sabía que tenía, como la sensibilidad artística. Ahora hace cuadros de collage y concursa con ellos.

“La cárcel no es tan mala, ni las paredes ni las rejas nos limitan a ser mejores” dice, convencida de que ella es una muestra de esas palabras.

Ella, dice, ya pagó su error. En diciembre de 2011 vivía en un terreno de su padre y comenzaba a construir su casa. Ahí, su hermano almacenó mercancía robada de las tiendas Martí y una llamada anónima alertó a la policía. Ese día, el joven se había ido minutos antes, los únicos que estaban ahí eran Oralia y su pareja, y ambos fueron detenidos.

Fueron acusados del delito de encubrimiento por aceptación y “aunque no participé (en el robo), era probable responsable por estar en el terreno”, que además estaba intestado y no había dueño legal. Ingresó al Centro Femenil de Readaptación Social Santa Martha Acatitla y meses después recibió una sentencia de 5 años.

Aunque apeló, el juez confirmó la pena que en total sumó “seis años de vida, seis navidades”, dice. El nuevo sistema de justicia penal contempla medidas cautelares en delitos como este para evitar la prisión, pero Oralia fue juzgada con el anterior sistema, ese que abarrotó las cárceles con responsables de delitos menores.

Ella y su pareja fueron los únicos detenidos y sentenciados por encubrimiento, y nadie fue castigado por el robo.

El arte como fuga

El semblante de Oralia es tranquilo. Recibe a los reporteros con una sonrisa y acepta relatar su historia frente a una cámara. En hora y media cuenta una mínima parte de lo que vio y vivió en los 2 mil 190 días en prisión y aún así, es impactante.

En el penal había dos maneras de vivir: integrarse en las actividades que ofrecían y mantenerse ocupada, o meterse en problemas. Ella optó por lo primero. A los cuatro meses de ingreso, descubrió su verdadera vocación en el taller de collage. Nunca antes le había interesado el arte, pero plasmar sus pensamientos en cuadros fue la manera de fugarse del encierro.

El maestro, que alentaba a las alumnas a “usar la imaginación” reconoció el talento de Oralia desde el primer cuadro que logró con un estilo surrealista y gore. Con recortes de revistas hacía metáforas de lo que vivía, por eso cada cuadro tiene nombres como “la fuga”, “censurado” o “saqueo”.

En el primer festival de artes visuales en el que compitió con internas de otros penales, obtuvo el primer lugar. “Tus cuadros son inquietantes”, le decía el maestro; “qué cosas traes en la cabeza”, le decía su madre cada vez que le entregaba una nueva creación.

Aunque debía cumplir la jornada de otras actividades escolares, culturales y deportivos desde las 7 de la mañana, en los tiempos libres recortaba, imaginaba y construía un mundo en esos cuadros.

Al explicar sus creaciones, Oralia revela más de lo que vivió en la cárcel que en la propia charla. “Censurado”, cuyo elemento principal son ojos de diferentes tamaños en distintas posiciones, está inspirado en las reclusas adictas a la cocaína, el crack y la piedra que siempre tienen las pupilas dilatadas.

“Cuando miramos con dos ojos, dos millones de ojos nos observan y este cuadro tiene que ver con la conmiseración, el perdón”, explica. En “rarezas” hay sangre, como la que vio en una riña entre dos de sus compañeras, porque la violencia es una constante.

“Yonqui” también habla de la drogadicción, pero en la composición del cuadro resalta un feto. Oralia relata que a lado de su dormitorio había un área de consumo de drogas y en una ocasión encontraron un feto que nunca se supo de quién fue.

“Fue a raíz de la adicción esa pérdida. La droga está constante, la adicción es real y las pérdidas también, eso fue lo que me inspiró”.

El primero que hizo es especial, fue la primera vez que plasmó algo significativo para ella. Lo llamó “destellos del Punk” porque la música siempre ha sido su pasión. “Es algo de mi esencia”.

Incluso, después de seis meses de buena conducta y participación en diferentes talleres y labores dentro del penal obtuvo “el beneficio” de tener un electrónico.

“Podía escoger entre una tele o un MP3 y escogí el reproductor”.

La más reciente obra fue el cartel para la invitar a la exhibición de documentales sobre las personas que obtuvieron la libertad después de purgar una pena en prisión, organizado por el Instituto de Reinserción Social de la Ciudad de México.

La intención es mostrar que, como ella, hay cientos que buscan y logran recuperar su vida en libertad.

La vida en reclusión

Oralia no lo mencionó, pero en el penal de Santa Martha, las internas son humilladas, discriminadas y amenazadas, según documentó un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos publicado en 2015.

Ese penal concentra 15 de 26 tipos de irregularidades analizadas, como autogobierno, prostitución, área de castigo y deficiencias en la alimentación.

A esto se suma que, a diferencia de los hombres en reclusión, las mujeres son abandonadas por sus familias. Sus esposos, padres o hermanos no abarrotan los días de visita ni reciben comida o dinero cada ocho días como sí ocurre en los penales varoniles. A Oralia la visitaba su madre, pero muchas de sus compañeras estaban completamente solas.

“La mujer es más olvidada, más estigmatizada. Tal vez es por la cultura del machismo, de cómo una mujer va a cometer un error, un delito, por eso hay abandono y poca visita”, dice.

Al año siguiente en reclusión, el marido de Oralia la demandó para reclamar pensión alimenticia y la patria potestad de sus dos hijos. No podía creer que su marido lereclamara una pensión que, en su situación, ascendía a 80 o 90 pesos que en la calle era nada, pero en reclusión significaba una fortuna.

“Eso fue lo que me hizo echarle más ganas”, dice. Por eso se acercó a las abogadas que imparten la licenciatura en Derecho dentro del penal y ella misma sustentó su respuesta a la demanda. Fue por eso que comenzó a estudiar la carrera. Aunque no la acabó, sabe bien los términos legales, el proceso que enfrentó y hasta conoce el nuevo sistema de justicia penal.

En prisión, Oralia también aprendió que la libertad se lleva dentro de sí. Aunque estaba en un penal, el arte y la lectura le hicieron los días menos eternos. Las revistas Algarabía que había en la biblioteca se volvieron su objeto predilecto, tanto que comenzó una colección que ahora suma decenas.

También colecciona revistas La mosca, que dejó de editarse en 2008, pero que ha conseguido en tianguis y con revendedores, incluso las ediciones especiales. Las muestra con orgullo porque no ha sido fácil conseguirlas y las portadas con The Cure, Queen o Pixies bien vale la pena presumir su tesoro.

Oralia explica que conoció internas que habían cometido crímenes que, fuera de ese lugar, provocarían rechazo inmediato, pero ahí se convivía con la mayor normalidad.

Nadie rechazaba a la mujer que destazó a su esposo, ni a la que acuchilló a su bebé. “Adentro se ve como normal” porque la única posibilidad de aguantar los días de encierro es compartiendo la habitación, la comida y la desesperación sin juzgarse, dice Oralia.

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