La música salvó a Cástulo en prisión; después de 17 años en encierro busca reintegrarse

Al salir de prisión, el músico regaló su saxofón a otro recluso; ya en libertad trabaja como vigilante en una obra de construcción

Así ha sido la vida para Cástulo tras 17 años de encierro.
Así ha sido la vida para Cástulo tras 17 años de encierro. Especial


La quinta vez que Cástulo solicitó al juez su liberación, pensó que recibiría otra negativa. Que no le valdría haber estudiado la preparatoria en prisión, ni su participación en la Big Band del Reclusorio Preventivo Varonil Oriente, pero decidió intentarlo.

“Lo peor que podría pasar era que me dijeran no”, dice. Y lo consiguió. Cuando se enteró, ni siquiera podía creerlo.

-¿Qué ya te vas hoy? –le dijo un custodio

-No, no sé. No creo –respondió Cástulo

Lo sacó de su celda hacia el área de oficinas donde le entregaron un expediente en el que sólo se leía “Confirmado”, pero eso no le decía mucho. Quería leer “libertad”. Los custodios le dijeron que a las 22 horas le darían la notificación de salida. Eran las 19 horas. Las siguientes tres horas le parecieron eternas.

Ya había pasado 17 años en prisión. Estaba ansioso por salir, pero tenía miedo que no fuera cierto. “No la creía. Hasta que tuviera la boleta de libertad, pero por si sí, llamé a mi casa para que fueran por mí”. Era 29 de agosto de 2017.

-Hermano, creo me voy esta noche. Me van a dar mi libertad –dijo Cástulo.

-¡No manches!¿Ahorita? –respondió el hermano.

-Sí, ya sé que hablamos hace rato, pero apenas me acaban de decir. ¿Puedes venir por mí?

-¿Es seguro? ¿A qué hora sales?

-A las 12 de la noche

-Déjame ver cómo le hago, pero allá te veo

Así fue. Esa misma noche, mientras iban en el taxi hacia la casa de su madre, “parecía niño chiquito, viendo por la ventanilla y preguntando por todo. “Los segundos pisos me sorprendieron muchísimo”, comenta Cástulo.

Su asombro es comprensible: cuando entró a prisión era el año 2000, antes de que se construyeran esas obras en Periférico, antes de que hubieran seis líneas de Metrobús o que llegaran la redes sociales y chats en teléfonos inteligentes.

Cuando se le pregunta qué fue lo que más le sorprendió, contesta después de unos segundos. “Conocer a mis 10 sobrinos. Sólo conocía a uno, el mayor”. La familia, dice, es lo más importante, aunque lo reconoció hasta que estuvo recluso. De hecho en 2017 fue su primera Navidad con toda su familia no sólo porque estaba en libertad, sino porque antes de los 20 años siempre pasó esas fechas con amigos, a quienes consideraba familia.

Justo en una de esas reuniones con amigos, cometió el “error” que marcaría los años siguientes. Bebía cerveza con dos compañeros más en la calle, pero en un momento en que quedó solo, dos extraños se acercaron a pedirle dinero, pero no quiso darles nada. Lo golpearon a tal grado que terminó con la nariz rota y la cara hinchada y ensangrentada.

Cuando sus amigos volvieron se sorprendieron. Se vio al espejo y se llenó de ira. Le pidió a su amigo un puñal y fue a buscar a sus agresores. Sólo encontró a uno y lo enfrentó. Lo hirió y se fue. “Estaba muy borracho, fue un momento de coraje al verme todo golpeado, pero no quería matarlo”.

Horas después, la policía fue a buscarlo a su casa, lo detuvieron y él aceptó en todo momento lo que había hecho. Después se enteró que el hombre había muerto.

Cuando lo enviaron al reclusorio contrató a un abogado que supuestamente lo sacaría, pero no fue así. “Luego cuando empecé a estudiar, me enteré que el homicidio era un delito grave, no me iba a sacar, sólo me robó el dinero”, dice.

Nunca conoció al juez y no escuchó su versión, ni consideró que había sido golpeado por la víctima. Nuestro sistema de justicia está mal, dice.

Le dictaron 35 años de pena. Fue un balde de agua fría.

Dios y la música, la esperanza

Sabía que tenía que cumplir esa condena, pero no quería ser parte de la vida de la cárcel. “Yo no soy de aquí”, decía a sus compañeros de celda.

“Adentro estás con secuestradores, narcos, asesinos sanguinarios, escuchas sus historias. Hay extorsiones, riñas”, cuenta. Pero Cástulo tenía claro que no quería meterse en problemas ni adaptarse a la violencia del lugar.

Por eso estudió la preparatoria, una materia cada tres meses, y aunque quería hacer alguna actividad, por tener una pena mayor a 10 años no tenía derecho a cosas como la panadería, oficio que él ejercía antes de ser aprehendido.

Su compañero de celda, originario de Oaxaca, tocaba en una banda dentro de la cárcel y varias veces le insistió a que se uniera, pero Cástulo era renuente. Un día, deambulando, encontró el salón de música y los vio ensayar. Se decidió a entrar y a partir de entonces no lo dejó.

Primero aprendió a tocar el clarinete, pero la Big Band necesitaba un saxofón. Así aprendió ese instrumento, incluyendo partituras. La música se volvió su mayor actividad. Ensayaba en cada momento libre, todos los días. Eso y Dios, dice, no lo soltaron de la mano en esos años.

En diciembre de 2016, la Big Band tocó en el Teatro de la Ciudad, frente a autoridades y sus familias. Todos estaban muy emocionados, aunque era la primera vez en muchos años que estarían en la calle, nadie pensó en fugarse sino en no defraudar a sus madres y esposas que los habían apoyado en su periodo en reclusión porque gracias a esa ayuda, muchos de ellos pudieron tener sus propios instrumentos.

La música también se volvió su medio de manutención. La banda se convertía en mariachi los días de visita y ofrecían tocar una canción por 30 pesos. Esa paga era determinante para solventar todos los gastos que existen en la cárcel a diario.

Cástulo tenía su saxofón, pero antes de salir de prisión decidió dejárselo a un joven que apenas tenía un año recluido y “se le veían las ganas de la música”. El instrumento era muy preciado para Cástulo, pero sabía que en el encierro, le podría servir más al joven que a él en libertad.

Aunque extraña la música, no se arrepiente de haberlo hecho. Espera que al iniciar el año pueda comprarse un clarinete, el primer instrumento que aprendió a tocar y menos caro que el saxofón. Pero también tiene claro que por el momento no desea unirse a alguna banda pues eso implica mucha disciplina y tiempo.

Por ahora prefiere recuperar los momentos en familia que no ha tenido estos años y en conocer la ciudad. “Me gusta mucho la noche, por ejemplo. Me gusta caminar porque allá nos encerraban en la celda a las 7 de la tarde y no veía más”, dice.

Además, el trabajo que consiguió le deja poco tiempo, pero lo agradece. En dos meses que intentó encontrar empleo, no lo logró porque le pedían la carta de no antecedentes penales. Eso, dice, no le parece justo. “Ya cumplí mi sentencia, ya pagué, pero nos siguen estigmatizando”.

Por fortuna un amigo le consiguió empleo como vigilante en una obra de construcción y en estos dos meses se ha ganado la confianza del jefe, quien conoce su historia, pero le dio una oportunidad. Y eso, dice Cástulo, es lo más importante: que la sociedad pueda verlo como una persona que cometió un error y lo pagó, pero que no todos reinciden y que pueden reinsertarse.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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