Los niños y el trauma del sismo: pesadillas, estrés y un gobierno que los olvida

Animal Político visitó la comunidad poblana de San Mateo, en las faldas del volcán Popocatépetl, donde la organización Save The Children imparte talleres que ayudan a los niños a sanar el estrés postraumático del temblor del 19S.

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La terapia de los pequeños se basa principalmente en el dibujo. Manu Ureste.

Era la 1:15 de la tarde del pasado 19 de septiembre y hacía tan sólo un par de horas que los maestros habían puesto en práctica un simulacro con motivo del 32 aniversario del temblor de 1985. Lizbeth, de 8 años, narra que se encontraba en el comedor de su escuela junto a otros compañeros cuando el suelo comenzó a estremecerse con violencia.

Con una sonrisa tímida, esta pequeña, alumna de la primaria Miguel Negrete, en la comunidad San Mateo Ozolco, en la sierra de Puebla, cuenta cómo ni ella ni sus compañeros entendían del todo por qué tuvieron que dejar sus tareas a medias y salir al punto de evacuación indicado, cuando apenas dos horas antes habían realizado un simulacro con motivo del 32 aniversario del temblor de 1985. “Ese día hicimos el simulacro, pero no sabíamos qué era un sismo tan fuerte”, recuerda Lizbeth.

Sentada en una banca en el patio durante el recreo la niña ahora observa a su alrededor y con el rostro muy serio encoge los hombros, y hace un gesto de resignación adulta. Dice que aunque ya han pasado varios meses del terremoto, todavía se asusta cuando el suelo de su casa se cimbra con el paso de un camión pesado, o cuando la puerta de su dormitorio se cierra de golpe por una ráfaga de viento.

Desde luego, ella no es la única que sigue espantada. Otro caso es el de Guadalupe, madre de tres hijos; de 11, nueve y tres años. Al momento del temblor, la mujer estaba también en el comedor de la escuela donde los padres de familia que forman parte de una cooperativa preparan el almuerzo de los menores.

“Todo fue tan de repente y el espanto tan grande que los adultos tampoco sabíamos qué hacer para controlar la situación. Esto era una locura. Los niños lloraban desorientados, gritaban y preguntaban qué estaba pasando”, cuenta la mujer con expresión de asombro. Guadalupe traga saliva y añade que en ese momento no tenían ninguna respuesta.

Al igual que muchos mexicanos, ella tampoco imaginaba que un sismo así de violento estremecería y dejaría 369 muertos en seis estados de la República, de los cuales 45 se registraron en el estado de Puebla.

De hecho, confiesa que su primer pensamiento fue que el volcán Popocatepétl, (que está a escasos kilómetros de la comunidad), había entrado en erupción tras décadas y décadas de exhalar fumarolas sin llegar a explotar. Así que lo único que hicieron fue reunir a los niños en el pasto, a unos metros de la cancha de futbol, para abrazarse todos mientras las ondas sísmicas fracturaban pilares, paredes, y doblaban fierros, dejando al borde del colapso a seis aulas de la escuela, incluido el comedor.

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Después del temblor, las clases se suspendieron de manera indefinida para evaluar los daños en la primaria y en el resto del pueblo. Entre las estructuras más dañadas se encuentra la vieja iglesia, ubicada a lado de la escuela, la cual presenta daños severos así como el ayuntamiento de San Mateo.

Al menos seis salones se encuentran fracturados.

El sismo ya había pasado, pero el estrés postraumático en los menores acababa de comenzar. Felicitas, madre de dos niños de siete y cinco años, y de una niña de dos, cuenta que cuando llegó a su casa su hijo mayor “estaba temblando de miedo”, mientras sus hermanos no paraban de llorar.

“Después del sismo querían que yo estuviera con ellos todo el rato, hasta para ir a la tienda de la esquina. Me decían que les daba miedo que viniera otro temblor y no me volvieran a ver nunca”.

Cambios en la conducta de los niños

Doña Carmen, por su parte, expone que sus dos hijos, uno de 10 años y otro de cinco, cambiaron notablemente su conducta debido al temblor.

El mayor de los hermanos, habitualmente travieso y activo, comenzó a tener largos periodos de silencio y se mostraba retraído, triste, como en un estado permanente de preocupación. En cambio, el menor presentaba episodios de ansiedad; se asustaba a cada rato, tenía constantes pesadillas por las noches, y era habitual verlo llorar por cualquier cosa.

El que no tuvieran clases, tampoco ayudaba. Al contrario, aunque los maestros de la primaria Miguel Negrete les encargaron tareas para no perder conocimientos durante el tiempo que durara la contingencia, los niños en casa se aburrían, no jugaban con otros compañeros, y tenían demasiado tiempo libre para escuchar una y otra vez las conversaciones de los adultos rememorando el día del sismo.

Además, aunque al pueblo llegaron autoridades del Gobierno para evaluar los daños materiales de la escuela y comenzar las reparaciones, nadie ofreció ayuda psicológica a los menores para sobrellevar un trauma tan fuerte.

Nadie, excepto Save The Children.

“Los niños ‘conviven’ con el volcán, pero no están acostumbrados a ver la iglesia caer”

Save the Children es una organización civil internacional que lleva más de 90 años defendiendo los derechos de los niños, niñas, y adolescentes, en múltiples partes del mundo. En México, tienen presencia al menos en 18 estados, entre ellos Puebla, donde trabajan en las comunidades serranas del municipio de Calpan, entre las que se encuentra San Mateo Ozolco, donde los habitantes los llaman cariñosamente “los chilindrinos” ante la dificultad de pronunciar el nombre en inglés.

Israel Mozo, integrante de Save the Children, explica en entrevista para Animal Político que el trabajo de la organización con los menores de esta comunidad, en la que ya llevan 10 años informando a los jóvenes y adolescentes de los riesgos de migrar sin documentos a Estados Unidos, se centró durante la contingencia del sismo “en amortiguar la interrupción de su vida cotidiana en la escuela”.

Para ello, ofrecieron una serie de talleres y de espacios amigables para aliviar el estrés de los pequeños. En estos talleres, detalla Mozo, utilizan la metodología llamada ‘Heart’, “que consiste en sanamiento y aprendizaje”.

Una de las herramientas para sanar es facilitar a los niños que expresen sus sentimientos, sus temores, a través de las artes. Puede ser dibujando, cantando, bailando, haciendo manualidades con plastilinas, o haciendo teatro.

“Se trata de brindar un espacio seguro a los niños, donde ellos puedan expresar y convivir con otros compañeros. Eso fortalece su seguridad”, subraya Israel.

Otra herramienta es, por un lado, la activación física para combatir la ansiedad, y por otro, enseñar a los niños a relajarse, no sólo para superar el trauma del temblor reciente, sino para enfrentar futuras situaciones de tensión en sus vidas.

“No podemos olvidar que esta comunidad está en un contexto vulnerable. Tienen un volcán activo a unos kilómetros y los niños pueden estar acostumbrados a él porque aquí nacieron, pero no están acostumbrados a ver casas caerse, ni a ver cómo se cuartea su iglesia; por lo tanto, esta metodología ayuda a tener fortaleza y seguridad, y a que los niños se autorregulen con los conocimientos que adquieren en estos talleres” asegura Israel.

Una forma de autorregularse es el ejercicio de la flor y la vela. Una técnica que consiste en pedirle al menor que respire el aroma de una flor imaginaria que sostiene en una mano, y que a continuación sople la vela imaginaria de la otra mano. Así, el niño inhala y exhala varias veces, aprendiendo a relajarse como parte de un juego.

Han pasado meses después del movimiento telúrico y los padres de familia coinciden que los talleres han dado buenos resultados. Las pesadillas y el estrés postraumático cesaron, y los niños vuelven poco a poco a la normalidad.

Israel explica que esos resultados positivos se ven claramente en los dibujos. Si bien en las primeras sesiones del taller los jóvenes dibujaban constantemente cosas que se movían, o su escuela con grietas, ahora los dibujos vuelven a ser de sus mascotas, sus familiares, amigos, o de otras situaciones cotidianas que no tienen nada que ver con el temblor del 19 de septiembre.

No obstante, para Save the Children el trabajo no ha finalizado. Tras la reapertura de la primaria Miguel Negrete, aunque aún tiene seis aulas cerradas y precintadas por el riesgo de colapso –hasta el momento sólo han recibido del programa ‘Escuelas al 100’, de la SEP, algo de pintura y de hormigón para tapar grietas-, la organización proyecta cursos dirigidos también para los padres de familia, con el fin de instruirlos sobre cómo reaccionar en situaciones de emergencia, y continúa realizando talleres con los menores en la escuela.

“Hemos visto que los niños sanan muy rápido. Con las herramientas de la metodología ‘Heart’ sobrellevan mucho mejor este tipo de eventos naturales impredecibles”. Para Israel resulta muy importante “seguir trabajando en la escuela, para que los niños estén preparados en el caso de que venga otro temblor”.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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