Un diciembre sangriento

Lo que solía ser un paraíso pacífico apenas hace un par de años hoy se ha convertido en un río de sangre.

En San José del Cabo, en la noche del 24 de diciembre los cohetes se confundían con balazos. Eran los días de fiesta, entre noche buena y año nuevo y la población de Los Cabos no sabía bien si agacharse o celebrar. El pánico y la paranoia se vuelven comunes en una localidad donde no hace mucho se podía dejar el auto estacionado con las ventanas abajo y no pasaba nada… sin embargo, ahora sólo se habla de lo mal de la situación, de las pérdidas económicas, de los negocios vacíos y los restaurantes casi desiertos en plena temporada alta.

Prácticamente todos los días de diciembre hubo balaceras y asesinatos (se puede revisar una síntesis cronológica aquí): inició la temporada decembrina con seis colgados de varios puentes el 20 de diciembre; en lo que va del año ya son 31 los homicidios, apenas unos días atrás se realizó una persecución en Los Cabos y balacera afuera de instalaciones de la Procuraduría del Estado. Así transcurrió diciembre (y lo que va de enero): entre balas, persecuciones, cuerpos regados e intentos de fuga en los penales estatales. La seguridad en la entidad está fuera de control.

¿Hay algo bueno? Vale mencionar que el turismo no se detuvo. Los hoteles se mantuvieron con una ocupación de entre un 85 y 90%, pero la recomendación de los hoteleros fue: “no salga del hotel, aquí está seguro”. Y eso hizo la gente. La playa llena, las calles vacías. Los hoteles con buena ocupación, pero los negocios en los pueblos estaban vacíos. La violencia invitó a quedarse resguardado.

Y, ¿cómo no? Lo que solía ser un paraíso pacífico apenas hace un par de años hoy se ha convertido en un río de sangre. En lo personal, la justificación de la violencia mediante el argumento de la lucha de “narco-menudistas” en pugna por el control de “la plaza” ya no se sostiene. Quizá mi propio cálculo del narcomenudeo en esos poblados esté completamente disparatado y Los Cabos podría ser algo así como el nuevo Gomorra, pero confieso que no tengo evidencia de ello, ni datos a la mano para sostenerlo.

No estoy muy seguro de qué es lo que atrae tanta bala a la península de Baja California, pero les dejo algunos factores que podrían estar influyendo en el clima de violencia e inseguridad en esa región:

  1. Descuido policial: La Baja California Sur, al igual que la mayoría de los estados sin violencia crónica durante el periodo del 2000 al 2012 no invirtió seriamente en seguridad pública. No fortaleció a sus policías, no invirtió en equipamiento, ni en patrullas, ni en capacitación, ni siquiera en la parte que le correspondía a la reforma penal. Cómodos en su situación geográfica, alejada de la violencia que golpeaba a otras entidades, confiados en que la droga no les llegaría nunca “a sus hijos”, no se invirtió en profesionalizar a las policías municipales, estatales y magisteriales, que no están en condiciones adecuadas de enfrentar el fuego de cárteles de la droga en guerra en su tierra. Un grave error que hoy les cobra la factura de no contar con instituciones fortalecidas para enfrentar a una delincuencia organizada que pasa por un proceso de reacomodos a nivel nacional.
  1. Movimiento de cárteles y rutas de trasiego: como ya mencionaba en la entrada anterior de este blog, la ruta del Pacífico está cobrando relevancia con cambios en algunos puntos estratégicos: Acapulco, Manzanillo, Nayarit, Mazatlán, Los Cabos, La Paz, Ensenada y finalmente Tijuana. La droga se mueve por agua, tierra, y aire, más de lo que los reportes de inteligencia y de lo que las autoridades de todos los niveles reconocen, y eso ha dado un giro en la violencia en la península de Baja California. Una ruta que años atrás era secundaria hoy cobra mayor importancia y está en disputa entre varios cárteles que luchan a muerte por su dominio. La Baja se volvió más atractiva para los cárteles y dejó de ser un territorio de relajamiento.
  1. Un paraíso… pero de lavado: Los Cabos tiene todo para ser un paraíso del lavado de dinero: está alejado de los radares, es pequeño, poco escandaloso, hay mucho mucho dinero que puede pasar desapercibido, grandes obras millonarias actualmente en curso y con facilidad para la operación de giros negros, desde prostíbulos, bares, discotecas, hasta casas de cambio, hoteles, moteles donde no se paran ni las moscas; restaurantes en medio del desierto, cientos de joyerías vacías, farmacias patito en cada esquina y muchos otros giros de dudosa procedencia. Si uno observa la economía de Los Cabos es una economía extraña, por un lado sumamente dependiente de los turistas americanos y canadienses, y por el otro, se parece mucho a cualquier pueblo fronterizo. Sin embargo, sobresale que en los dos últimos años se ha detonado una inversión millonaria en este polo turístico, lo que también ha generado un crecimiento demográfico descomunal.
  1. Un crecimiento demográfico sin control: Los Cabos crece en términos poblacionales desde hace más de 10 años con una de las tasas más altas del país, quizá solamente rebasada por municipios como Benito Juárez (es decir, la ciudad de Cancún), lo que ha generado un crecimiento urbano caótico, con graves rezagos, que va generando problemas sociales y de provisión de servicios públicos (carencia de pavimentación, agua, alumbrado, etc…), a la par de enormes desarrollos turísticos con campos de golf en medio de un desierto. La desigualdad se ve en cada esquina de Los Cabos. En este sentido se parece a fenómenos observados en otras ciudades con crecimientos demográficos similares: Ciudad Juárez, Tijuana, Acapulco, Ecatepec, pero en una zona costera y donde la industria es turística. Donde cientos de migrantes de todo el país llegan cada año buscando trabajo y durante años el gobierno local del PRD-PT (ahora el PAN) les dio cobijo para convertirlos en la fuerza político-electoral que los mantuvo hasta el día de hoy en el poder. Se ejerce un efectivo sistema clientelar con cientos de familias desarraigadas y en graves condiciones de pobreza que fue creciendo en las zonas no turísticas de la localidad. Y cuando esos factores se mezclan con la presencia de cárteles y drogas, el resultado es malo. Siempre.

El año pasado fue el más violento para Los Cabos, para Baja California Sur y para el país. Tomo este caso solo porque lo conozco bien y para mí es un claro indicativo de la grave situación de inseguridad que vive el país, que da señales del descuido del gobierno federal con el combate a los cárteles, la falta de compromiso de los gobiernos estatales con el tema y el crecimiento que tienen algunos cárteles durante este sexenio, en plena antesala de un año electoral que apunta a convertirse en uno de los años más violentos que hayamos vivido en los últimos 17 años de guerra contra la droga. En fin, Welcome to Cabo, bloody Cabo. Como dicen los expats por allá: No bad days!

 

@rodaxiando

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