Ser maestro es la mejor profesión

La escuela que me marcó como docente tenía paredes de alambres herrumbrados y techo de láminas y cartón. Los niños en su mayoría llegaban sin desayunar, sus mochilas eran bolsas para el mandado y sus ropas desgastadas, pero limpias y con el olor al humo del fogón de sus casas. Cuando era tiempo de lluvia no faltaban a clases; llegaban con bolsas de plástico en la cabeza y en otra bolsa metían sus zapatos para que no se les mojaran en el camino.

Por: Edenia Ivett Sánchez Montejo

 

“La bendición más grande que un hombre o mujer puede tener

es la dicha de enseñar y aprender de los niños”.

Maestro Yeyo

 

¿Recuerdas al maestro o maestra en tu primer día de clases? Aquel que te dio confianza, que te levantó cuando tropezaste, ese que creyó que podías hacerlo, que te regañó cuando hiciste una travesura o aquel que no te agradó, pero que no supiste nada más que su nombre y por lo tanto, no conociste.

Como profesora tengo referencia de grandes docentes que han marcado mi vida. Estuvieron a mi lado, creyeron que podía lograrlo, me conocieron y me permitieron conocerles. En este espacio, quisiera compartirles uno de ellos.

El maestro Yeyo, quien también era mi abuelo, todas las tardes se sentaba en una sillita y sobre una gran mesa verde colocaba una máquina de escribir pesada y ruidosa a través de la cual narraba con nostalgia todas sus dificultades como docente. Ahí plasmaba historias desde dejar hasta por un mes a mi abuela Meche -a cargo de sus ocho hijos- y la preocupación de no tener dinero para alimentar a su familia ante la falta de pago, hasta la travesura de algún niño, lo cual le provocaba una gran sonrisa que aún recuerdo con alegría.

Pienso en la historia de mi abuelo, como la de muchos docentes que han dado su vida al servicio de la educación pública con amor y responsabilidad. Sus huellas han quedado plasmadas en las vidas de todos aquellos niños que han forjado el presente de nuestro país.

Esas huellas se construyen en el día a día, pues los docentes dentro del aula incentivan en los niños maneras de actuar y de pensar, habilidades, valores e ideales que forjan su personalidad. Como otros colegas, me he propuesto desarrollar capacidades en los niños como el aprender “a conocer”, “a hacer”, “a ser” y “a vivir juntos”, los cuatro pilares de la educación definidos por la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI presidida por Jacques Delors, no es una tarea sencilla, y mucho menos desarrollarlas en un ciclo escolar.

Somos los docentes quienes deben propiciar en el aula situaciones de aprendizaje significativo en los niños. Para lograrlo, quisiera compartir cuatro estrategias que me han funcionado.

La primera es la ejemplaridad, es decir, la congruencia docente. No se puede enseñar conceptos de valores cuando no son puestos en práctica con otras personas y con uno mismo, de nada serviría aprender reglas gramaticales, si no se es capaz de redactar y comunicar un texto donde los otros nos puedan comprender.

La segunda estrategia -que he constatado en mi experiencia- es la importancia que tiene interactuar con los alumnos a través de varias vías: la pedagogía es una forma de interactuar, pero lo es también el contexto de cada niño, sus necesidades, la cultura en la que viven y aspectos sociales que intervienen en la comunidad, fundamentales al estar con un grupo de niños.

Una tercera estrategia es dejarnos conocer para colaborar. Si como docentes dejáramos el egoísmo, la vanidad y las preocupaciones, seguramente nos permitiríamos conocer esas historias escondidas detrás de cada docente, que en su mayoría desconocemos. Un docente comprometido con su labor debe trabajar de manera conjunta con sus compañeros para lograr las metas y objetivos de su escuela. El trabajo en equipo debe acercar, conocer al otro, hasta que cada uno se sienta fortalecido y pueda ayudar al que tiene dificultades, donde el respeto y el diálogo sean ejemplo para los niños.

La cuarta estrategia es el compromiso. Tengo diez años de servicio en la educación pública, donde he disfrutado estar en aula tanto en el medio rural como urbano. En este tiempo, hay una escuela en particular que me marcó como docente.

Allí las paredes de mi salón eran alambres herrumbrados y de techo tenía pedazos de láminas y cartón. Los niños en su mayoría llegaban sin desayunar por falta de dinero en sus hogares; sus mochilas eran bolsas para el mandado, sus ropas desgastadas, pero limpias y con el olor al humo del fogón de sus casas. Cuando era tiempo de lluvia no faltaban a clases; llegaban con bolsas de plástico en la cabeza y en otra bolsa metían sus zapatos para que no se les mojaran en el camino.

Cada vez que recibía a estos niños, pensaba en el enorme sacrificio que hacían a diario para llegar a la escuela. Entonces preguntaba ¿para qué vienen a la escuela?, a lo que respondían: “porque queremos ser mejor”. Después de esa respuesta, solamente podía sentir gran compromiso con mi trabajo, pero también como colectivo docente ya que toda la comunidad creía en la escuela, en sus docentes, en nosotros.

Ese compromiso nace del amor, ese amor auténtico que se cultiva a diario con sonrisas, con palabras de confianza, con actitudes positivas, donde se dé el tiempo para divertirse, con clases didácticas y significativas para cada uno de nuestros niños, donde el profesor deje su papel de adulto por un momento y sea un niño que aprende del otro.

Este mes celebramos el Día Mundial del Docente, que desde 1994 la Unesco proclamó el 5 de octubre para que en todo el mundo se considere la importancia de la profesión docente. Los maestros son la clave fundamental del desarrollo de todo país, pues la finalidad de sus esfuerzos se concreta en el logro de los aprendizajes, en la creación de vínculos para generar sociedades de conocimiento, y en propiciar espacios en los que participen activamente en el marco de una educación integral.

Mi madre quería ver en mí la profesión que por falta de oportunidades ella no pudo realizar; siempre creyó que el ser docente era la mejor opción y que la mejor paga es ver a los niños soñando.

Mi abuelo y mi madre no estaban equivocados: ser maestro sí es la mejor profesión, donde vale la pena seguir de pie ante toda adversidad, donde no es coincidencia reconocer los grandes sueños de los niños y niñas que llegan a tu vida, y que hacen de ello una gran nación. En el Día Mundial del Docente los maestros podemos celebrarlo entregando nuestro corazón en el aula a nuestros niños y recordando a nuestros maestros con agradecimiento.

 

* Edenia Sánchez Montejo fue maestra y actualmente es directora de una primaria en el estado de Tabasco. Es miembro del Consejo de Maestros ABC y ganadora del “Premio ABC 2012, maestros de los que aprendemos”.

 

 

Seguro tú también tuviste un maestro significativo en tu vida.

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#GraciasProf

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