PISA y política pública: lo que necesitamos

La evaluación como la que PISA ofrece debe ser insumo imprescindible para transformar la formación inicial y continua de los maestros y la red de apoyo técnico a la escuela.

Por: David Calderón Martín del Campo (@DavidResortera)

Muchos análisis sobre la educación en México, incluidos los de muchos funcionarios, se quedan en los datos de cobertura o de presupuestos ejercidos. Se hacen muchas cosas, y se reportan en presentaciones que tienden a ser autoelogiosas pero no autocríticas; y sin embargo, lo crucial es preguntarse si se alcanzó el propósito, si sirvió a las personas a las que está dirigida. La justificación de las políticas públicas, en una sociedad democrática, es la defensa y promoción de los derechos; la política pública educativa, entonces, tiene que ser defensa y promoción del Derecho a Aprender. Del conjunto de acciones y medidas que se reporte, la pregunta básica a responder en educación es: “Y a todo esto, ¿los niños y jóvenes aprendieron?”.

La conquista de un derecho es progresivo y por ello la evaluación es crucial. Necesitamos evidencia de dicho progreso (o retroceso) para reajustar la dirección y la velocidad, para modificar o crear nuevos instrumentos que activen el ejercicio del derecho. La evaluación es un monitoreo: saber si vamos en el camino correcto y a la velocidad adecuada. Las evaluaciones educativas de gran escala, como el Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) 2015, deben servir para eso. PISA nos permite identificar algunas de las grandes deficiencias que existen todavía en el sistema educativo mexicano.

Es fundamental recordar por qué la ciencia es importante, por qué aprender con ella no sólo es algo posible para niñas, niños y jóvenes, sino parte de su derecho.

¿Por qué es importante aprender Ciencia?

Julieta Fierro, destacada astrónoma e investigadora de la UNAM nos comparte su testimonio.

Para la interpretación de los datos, así como para el ajuste de políticas, no puede olvidarse que PISA ofrece una fotografía, una instantánea: solamente salen en ella los jóvenes escolarizados a los 15 años, que según los datos del INEE para esta edición son sólo el 62 % de esa generación de mexicanos. Nos faltan los que ya no están en la escuela, y los que saldrán de ella próximamente. Contar con estos datos duros – y son duros: 48 %, no alcanzan el mínimo aceptable, y sumados al nivel elemental los jóvenes en riesgo son el 82.5 % – nos abre el camino para diseñar y operar acciones para transformar esta situación.

Hay que mover la base. Si seguimos la tendencia, la mayoría de los nuestros no van a sobrevivir en la escolaridad de media superior. La mitad de los jóvenes que hicieron PISA 2015 están en riesgo, a punto de salir de la escuela. Nuestros resultados no son un reflejo real de nuestra situación, porque además de descontar los que no llegaron, para compararnos con justicia con Vietnam o hasta con Brasil, habría que considerar también que un grupo muy grande no estará escolarizado dos años después de haber participado en PISA.

Usar adecuadamente la evaluación es traducir la información para el ajuste de la política pública, hasta que llegue a las prácticas cotidianas de cada aula. Cuando hay una política de evaluaciones, se posibilita una mejor toma de decisiones y fortalecimiento de sistemas de apoyo, tanto por parte de madres y padres de familia y de las organizaciones civiles y comunitarias, así como por maestros, directivos, funcionarios intermedios y hasta llegar a los responsables de la política educativa nacional. La evaluación puede ser un poderoso vehículo para promover el derecho de todas las niñas y los niños a aprender, pero queda en nuestras manos asegurar que así sea.

Se necesitan metas de aprendizaje para orientar el sistema nacional y elementos disponibles y utilizables para la focalización. Si tenemos una meta nacional, contaremos con un elemento operativo de orientación de la política y uno de los principales referentes de rendición de cuentas de los funcionarios a quienes les dimos el mandato.

No hacerlo, es como no tener un panel que te marque la velocidad. Los gobernantes seguirán tratándonos como infantes, alegando que es muy complejo, que sólo se critica, o que basta su dicho sin evidencias para seguir confiando en ellos.

En Ahora es Cuando presentamos una gráfica de metas, basados en la tendencia de 2009 y con nuestra estimación del impacto que tendría una reforma estructural del sector bien implementada. La realidad es que tuvimos que recalcularla en 2013, pues los datos de PISA 2012 mostraron una pérdida de ímpetu. Ahora, de nuevo nos salimos del curso posible, con una reducción de lo que ahora podemos lograr.

Con los datos revelados de PISA 2015, recalculamos una nueva meta para 2024: 460 de puntaje promedio para el dominio de matemáticas. Es el reto para que esta administración avance hasta los puntos intermedios que son necesarios. Ello incluye la incorporación de 88 % de la generación a la escolaridad en media superior.

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En México tenemos poca tradición de que la evaluación esté, en primer lugar, disponible y que se realice periódicamente, sin interrupciones; el mejor ejemplo –y lamentable- es la constante reducción del alcance y frecuencia de PLANEA. Tampoco hay tradición de que los diversos tipos de evaluación sean realmente usados para ratificar o rectificar la política pública, como ha sido el caso con el Programa de la Reforma -evaluado bien de entrada y en su logro, pero después disminuido en presupuesto y acción-  y @prende -no evaluado bien de entrada, y conservado hasta que se volvió insostenible.

La misma administración de PISA lo ha sufrido; perdimos un elemento para la política pública con PISA reducida a muestra nacional, sin focalización por estados. PISA nos da una visión de conjunto, con un instrumento matricial, no ligado a currículum y con comparativo internacional. Su complemento adecuado es una evaluación nacional censal y con referente al plan de estudios, que combina sus fortalezas. De ahí el reclamo que hacemos para respetar la aplicación de la prueba PLANEA CENSAL; son los niños y jóvenes los titulares del derecho, y ello incluye el derecho a un diagnóstico oportuno, sin selección ni discriminación, y a que se ajuste la intervención educativa según ese diagnóstico objetivo. Es la posibilidad de seguir las trayectorias reales de niñas, niños y jóvenes. Los promedios son constructos, que no tienen hambre, frío o aspiraciones; los estudiantes reales sí, y hacer que toda la evaluación sea abstracta, sin balancearla, es engañarse en el propósito de servir a los titulares del derecho.

Las autoridades de evaluación y de gestión educativa tienen, además, la grave responsabilidad de facilitar y favorecer que los resultados de la evaluación sean utilizados para mejorar: que lleguen a los maestros y directores de cada escuela, los integren a su plan de trabajo, los tengan de referente como punto de partida y para lo que se quiere alcanzar con cada grupo y cada estudiante; que les lleguen a los padres de familia y les sirva para involucrarse de formas concretas y creativas; que alimente con precisión el Servicio de Apoyo Técnico a la Escuela (SATE). Un reto concreto es cuánto, cuándo y cómo se va a compartir con todos estos grupos los resultados de PISA 2015.

Los resultados de PISA 2015 nos dejan también el mensaje de que no se trata sólo de planes de estudio mejorados. Estos resultados ya tienen el impacto del cambio curricular que se culminó en 2011 y son un elemento para la rendición de cuentas de los funcionarios de entonces, y de los alcances del plan de estudios vigente por el acuerdo 592. Es una buena nota de precaución sobre la actual discusión de Modelo Educativo: no alcanza solamente con mejores programas y textos, y como muestra PISA, ni siquiera materiales; los mejores desempeños en aprendizajes que quedan para la vida vienen de los enfoques de didáctica. Es un tema de pertinencia, de aprender CON las ciencias, y no de la simple presencia de materias de ciencias o de tecnología.

El modelo educativo no se reduce a programas; sólo cambiamos si cambiamos las prácticas, y eso tiene implicaciones muy fuertes para el aprendizaje de la ciencia. Todo nuestro modelo educativo –el vigente- está planteado para entender el mundo social y natural; el acento ha sido puesto en comprender el mundo que me rodea, pero no en transformarlo. Lo mejor de aprender con la ciencia –y no simplemente tener clases de “ciencias”, de física o química o biología- es desarrollar en cada persona, en cada ciudadano, capacidades para transformar la realidad por medio de la práctica. Si sabes cómo funciona, sabes cómo arreglarlo. Lo más importante de la ciencia es sumarse al proceso de pensamiento que analiza y luego crea alternativas para superar las limitaciones de la situación presente. Por eso la ciencia y la ciudadanía están también ligadas, como bien se destaca en el Artículo Tercero: estar educado científicamente te libra de fanatismos y servidumbres.

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Por eso, es crucial incluir no sólo la exploración, sino también la “producción” científica desde temprana edad. Esperamos que cada vez sea más frecuente el diálogo entre los maestros y los científicos de verdad. En México tenemos extraordinarios docentes y magníficos científicos, pero casi nunca se encuentran y lo que saben unos de otros está mediado por una gruesa capa de funcionarios, consultores y proveedores que adelantan sus carreras, pero no la de unos y la de otros, y menos la de niñas, niños y jóvenes.

La evaluación como la que PISA ofrece debe ser insumo imprescindible para transformar la formación inicial y continua de los maestros y la red de apoyo técnico a la escuela. Como reiteramos, se aprende con la ciencia, y eso no se reduce sólo a los titulares de una asignatura, sino corre transversal, la mentalidad científica, en todo el cuerpo docente de un país que de veras ofrezca lo que merece su generación joven.

¿Pero cómo formarse así, si las escuelas formadoras de docentes no están en esa lógica? De nuevo hacemos el llamado vigoroso a que no se siga posponiendo la transformación de fondo de las Normales, y que se vaya más allá de ofrecerles el imprescindible pero insuficiente apoyo para su infraestructura. Sin maestros dispuestos a guiar para descubrir y explorar, si ello mismos padecen un sistema repetitivo y abstracto en sus aulas, el cambio no llegará a los jóvenes.

Las evaluaciones de maestros –y también PISA y todas las evaluaciones de logro de aprendizaje de los alumnos- deben ser claros insumos de la formación docente, inicial y continua. Tenemos concursos y evaluaciones de desempeño, pero todavía la calidad de los cursos y recursos para los maestros deja mucho qué desear. Tenemos que acompañar a nuestros maestros con un Sistema Profesional Docente que sea también, como dijimos de las evaluaciones de alumnos, diagnóstico con tutorías, incentivos, normales renovadas, oportunidades significativas y contextualizadas de aprendizaje continuo.

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Hay que mover a la base; si no lo hacemos la mayoría de los nuestros no van a sobrevivir en la escuela.

PISA y toda evaluación tiene que traducirse en política pública, para que los derechos se cumplan. Sólo así confirmamos que avanzamos.

Conoce los resultados de México en PISA 2015 aquí.

 

* David Calderón es director general de Mexicanos Primero (@Mexicanos1o).

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