Arturo Franco

Arrancones en Neutral

Perfil Economista, emprendedor y ciudadano comprometido; trabajó varios años para el Foro Económico Mundial, en Suiza, y actualmente es investigador asociado para Harvard y Brookings Institution. Con pasión por el desarrollo social, Arturo es co-fundador de Causas.org y preside el consejo asesor de Enseña por México. Síguelo en Twitter: @arturofrancohdz

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Réquiem

La mayor parte de nuestra infancia no se almacena en fotos, sino en ciertas galletas, luces de día, olores, texturas de alfombra …

Alain de Botton (@alaindebotton)

Una frase muy bonita del filósofo inglés contemporáneo, y muy atinada.

No tengo fotos, pero hay una gran parte de mi infancia que huele a rancho y a hierba quemada y que sabe a jugo de naranja y galletas de hojarasca

Y cuando mi mente regresa a las muchas semanas que pasé cada año visitando a mis abuelos maternos en Montemorelos, Nuevo León, no puedo saber si la inocencia, la pureza y la paz de aquel viejo pueblo se deben a mi propia perspectiva infantil, o si realmente era así.

Desde muy temprano en la mañana comenzaban a cantar los gallos y unos minutos antes del amanecer se empezaban a escuchar las escobas en las aceras, las camionetas que recogían a los trabajadores de las huertas y las campanas de la iglesia en la plazuela. A las 7 de la mañana ya estaban servidas la longaniza (nunca quise preguntar que es pero no saben como se me antoja estando tan lejos) y las tortillas de maíz recién hechas.

Me encantaba subirme a la camioneta, con Virgilio y los otros jóvenes agricultores. “El que no trabaja, no come” me dijo alguna vez aquel señor de manos gruesas y duras, sonrisa amplia y una frente carcomida por el sol. Así eran los días de mis veranos en mi pequeño pedazo del México rural.

Recuerdo también que la más grande amenaza que enfrentaba el pueblo en aquellos tiempos era un pobre indigente, medio loco (o loco y medio) que llamaban el Cóco Comalero y cuando caminaba por las calles, hablando consigo mismo, mi mamá nos llevaba por la otra acera.

Hoy Montemorelos es una plaza más en disputa del narcotráfico, con su propia dotación de asesinatos crueles y viles, plagios y balaceras.  La que fuera una de las regiones citrícolas más importantes del país, se ha convertido en un pueblo fantasma…

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La semana pasada perdí a mi abuelo Jesús Hernández, un hombre modesto, generoso e introspectivo, y me he puesto a pensar en estas épocas. Mi abuelo, agricultor de naranja y autodidacta, me inculcó con su ejemplo los valores del trabajo duro, de la vida sencilla y de la familia ante todo.

¿Que fue de este México? ¿Seguirá existiendo o jamás existió? ¿Volverá la inocencia y la paz a nuestros pueblos rurales? ¿Volverán esos valores y enseñanzas? – me pregunto en estos días.

La respuesta da para un análisis más profundo… se los debo. En esta entrada quiero simplemente rendir un pequeño tributo a una persona, a un pasado, a un recuerdo (romántico tal vez) de lo que he perdido.

A sus 92 años, con 9 hijos, 27 nietos y muchos bis-nietos, mi abuelo Jesús se fue en silencio, sin pena ni gloria. Sin embargo, su legado trasciende por que fue capaz de inspirar a muchas personas con su buen humor, sabiduría y humildad.  Y ¿cómo se mide este balance?

Clayton Christensen, un profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, dijo a un grupo de talentosos y ambiciosos graduados: “Sin duda cada uno de ustedes va a alcanzar el éxito en sus carreras profesionales, serán parte del Comité Ejecutivo de sus empresas, de la élite de sus industrias, por eso están aquí… pero un gran porcentaje de ustedes, en 10 o 15 años, va a fracasar completamente en sus vidas.”  Con esta premisa escribió un pequeño libro llamado: ¿Cómo medirás tu vida?

El éxito profesional se mide en títulos y activos y cuentas de banco. El legado de nuestras vidas no se mide de la misma manera.

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