Por: Gisela Pérez de Acha (@gisela_pda)
Un hashtag cambió las elecciones. Una tendencia espontánea, una identidad y una energía. La agenda: democratizar los medios. Qué fácil era exigirlo sobre pancartas de colores en las calles.
Ayer por primera vez, este concepto adquirió contenido. A pesar de que la democratización de medios fue la agenda principal de 132 desde el inicio, no se había definido y esto dejaba espacio para un poco de esperanza. El documento presentado ayer presenta públicamente el pobre concepto de democracia que tiene el ala radical del movimiento; obtuvieron su victoria: que #YoSoy132 fracasara en el intento de consolidar una verdadera oposición al PRI.
En su génesis, 132 se unió por una energía indiscutible presente en cada marcha, en cada discusión y en cada pancarta: las ganas de cambio. Yo fui 132. Presencié como surgió un jueves en la noche a partir de un trending topic en tuiter. Viví el sentimiento colectivo de una marcha por primera vez, abracé una bandera política. Discutí en las asambleas internas de mi escuela y hasta fui vocera y di entrevistas. Organicé, tuiteé, voté y escribí…pero el génesis de energía de cambio no se mantuvo constante.
La historia del movimiento fue una lucha constante entre los dos bloques que se formaron al interior del mismo. Uno con intenciones de consolidarse como un grupo opositor del gobierno priista a largo plazo; el otro con el objetivo claro de impedir que lo lograran. El documento de ayer evidencia un triunfo más de los últimos. Ganaron los esquemas de los viejos dinosaurios: burocratización, grillas, trámites y asambleitis.
En la primera asamblea interna del ITAM, discutíamos con rigor qué era democratizar los medios. Nos parecía inverosímil exigirles imparcialidad y entonces, definimos como democratización que los medios “salieran del clóset”: que transparentaran su línea editorial, que el lector abriera el periódico y supiera claramente la línea política que leía. Empieza entonces la esquizofrenia: la democratización así entendida fue mayoriteada y opacada al llevarla a la famosa Asamblea General Interuniversitaria: la lucha de los dos grupos, y el grupo radical que cooptó el proceso de toma de decisiones. El contenido se sustituía por incongruencias que se plasmaban en documentos oficiales y se hacían circular como posturas definitivas, y eso mismo fue lo que aconteció detrás del documento de ayer.
Al bloque al que pertenecía mi escuela, el ITAM, lo voy a llamar el bloque de “los activos”. En mi percepción, todas las actividades sustanciales del movimiento salieron por la coordinación de este grupo de personas. Se lanzaron al campo de batalla a entablar una guerra en contra de los medios de comunicación con propuestas concretas, y además, eran los que coordinaban la agenda de medios y los únicos que daban la cara y salían en entrevistas. Organizaron el tercer debate, proyectaron una película de denuncia en la pared de Televisa, presionaron a la COFETEL y armaron un Cuarto de Paz en las elecciones. Dicho bloque estaba conformado por Masde131 (el grupo de los 131 alumnos de la Ibero) y por un grupo liderado por Antonio Attolini y Carlos Brito que incluía universidades como el ITAM, el Tec, la Ibero y las Facultades de Arquitectura, Comunicación, Economía, Derecho y Académicos de la UNAM.
Por otro lado, estaba el bloque que llamaré “los de masa”, porque en mi concepto eran aquel componente masivo del movimiento, la convocatoria estruendosa y colorida que llenó las calles estas elecciones. Este bloque era liderado por un grupo reaccionario de izquierda conocido como los “ultras”. Se denominan así porque son colectivos de ultra izquierda cuyo campo de acción es la UNAM, no como territorio educativo sino como territorio político. Sus prácticas asambleístas, cultivadas desde el 99 ejercieron un fuerte liderazgo y mataron cualquier teoría o ilusión con la que pudo haber llegado el bloque de “los activos”. Este bloque estaba conformado principalmente por las Facultades de la UNAM de Ciencias, Ciencias Políticas y Filosofía.
Su objetivo desde siempre ha sido muy sencillo: se dedican a reventar movimientos estudiantiles. Por las implicaciones electorales, dicha meta implicó impedir que 132 lograra consolidarse como grupo opositor al PRI. Hábilmente lograban que las asambleas se extendieran durante horas hasta quedarse vacías, descalificaban argumentos vertidos en las mismas, e inclusive coaccionaban y amenazaban a aquellos que no estaban de acuerdo con sus posturas radicales.
El bloque de “los de masa” fueron quienes precisamente abrieron la puerta a Atenco y a al SME, quienes a pesar de no tener derecho de voto en las asambleas, sí tenían derecho de voz, y gozaron de ciertas concesiones políticas importantes.[1]
Los ultras llevaron las Asambleas a la UNAM y cooptaron el proceso de decisión, con todo el expertise de la asambleitis. Crearon un procedimiento antidemocrático y autoritario donde no se buscaban consensos, sino que una mayoría opacara a la minoría y lograra imponer su agenda. Las escuelas privadas eran una plaga de burgueses, déspotas y neoliberales. La democracia se entendía como ausencia de liderazgos y como ausencia de disensos. El disenso no cabe en el ideal de ultra izquierda. El que disiente pierde, lo exprimen, lo amenazan y coaccionan. Recuerdo incluso una asamblea en la que Attolini tuvo que salir por la puerta trasera después de que recibió amenazas de golpes. Todo por disentir.
¿Cómo se exige información y democratización si el proceso de toma de decisiones era autoritario y radical? ¿Cómo se le pide a los medios democracia si nunca se les permitió entrar a las Asambleas para que reportaran?
La esquizofrenia y el conglomerado de #YoSoy132 se explica por la colisión entre estos dos grupos, dentro de los cuales “los de masa” salieron triunfadores: desde un juicio político imposible a Elba Esther Gordillo, pasando por exigirle a la ONU que revisara las elecciones, y llegando al comunicado de ayer, donde el eje central del movimiento se define tirándolo al vacío.
Dos meses antes del primero de julio estábamos resignados a que el candidato puntero del PRI llegara a la presidencia sin el menor bache en el camino. No todo fue perdido. Queda la experiencia, la energía que cimbró las calles de Reforma y la identidad que unió a una generación apática.
Fue fácil exigir la democratización de medios pintando pancartas de colores en las calles; pero al parecer fue imposible derrotar las estructuras burocráticas que permean nuestra vida política. #YoSoy132 implotó, como si no tuviera otro destino. Ojalá al final permanezca esa energía, esa tendencia y esa identidad.
[1] Por citar un ejemplo, el día antes de las elecciones, se organizó una marcha de Televisa Chapultepec hasta el zócalo. Fue una marcha impresionante, de luto, de tristeza y de silencio. Al llegar al zócalo se tenía planeada la lectura de cierta postura por parte de 132 unas horas antes de salir a las urnas. Dada la cantidad de gente, era necesario un buen equipo de sonido para poder leer el posicionamiento. Tal sonido, y debido la experiencia en el asunto, fue proporcionado por el SME. A cambio de eso, se les tuvo que otorgar una importante concesión política: darles voz en la plataforma instalada en el zócalo doce horas antes de salir a votar.