Roberto Rueda Monreal

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Brasil y su burbuja

Por: Roberto Rueda Monreal

El boom brasileiro

Los años han pasado y la imagen de Luis Inacio Lula Da Silva sigue dando bastante de qué hablar tras haberse convertido, luego de tres intentos casi encarnizados por hacerse del poder presidencial de Brasil, en una referencia no sólo política sino económica en cuanto a lo que un líder mundial extremadamente carismático necesita hacer.

Como ex presidente, sigue y seguirá dando de qué hablar ahora que el ex líder obrero apoya y promueve anticipadísimamente a la presidenta Dilma Rousseff para las próximas elecciones presidenciales de octubre de 2014, ahora que lanzó discursos en apoyo a Nicolás Maduro en su carrera por la presidencia, ya ganada, de Venezuela, y ahora que cobra cantidades considerables en dólares o en euros para estar a su lado en presentaciones públicas.

En la última década, Brasil (como tal vez en su momento lo fue Argentina) se ha convertido en un alumno modelo del FMI. Al registrar un crecimiento económico superior al de Estados Unidos y al de la UE en tiempos de crisis, Brasil no sólo se hizo merecedor a ser miembro del BRIC (ese selecto grupo de potencias emergentes en donde convive al lado de Rusia, India y China) sino que se volvió ejemplo pragmático en cuanto a la estrategia mediática y diplomática a seguir.

En este sentido, Brasil y Lula parecían ser la misma cosa. La fiesta de la democracia brasileña pasó su prueba de fuego en 2002 y no sólo no huyeron los capitales internacionales, que durante su campaña ganadora amenazaron con fugas, sino que, sonrientes, se quedaron y consolidaron su campo de acción, curiosamente, bajo la tutela y buena gestión de un líder metalúrgico de izquierda.

Los indicadores progresistas

Luego de treinta años de estancamiento en cuanto a una mejor distribución de la riqueza, con Lula Brasil dio un giro importante en el mejoramiento de las condiciones de vida de los desposeídos, contribuyendo de paso a zanjar de manera considerable la enorme brecha de la desigualdad. Brasil hizo en cuatro años lo que al resto de Latinoamérica le llevará por lo menos quince: entre 2002 y 2006 bajó los índices de pobreza de un 38% a un 29%, es decir, 11 millones de pobres menos y 9 millones de gente en pobreza extrema menos.  Brasil quiso cumplir en tiempo récord con uno de los grandes Objetivos de Desarrollo del Milenio: reducir por lo menos a la mitad el índice de pobreza extrema.

Por otra parte, se incrementó en un 11% el ingreso salarial mínimo de los más pobres, de tal suerte que 27 millones de personas dejaron de ser pobres para engrosar las filas de la clase media. Datos más específicos hablan de un incremento salarial de hasta 50% en los más pobres y sólo de un 7% en los más ricos en los últimos cinco años. Esta política social ha sido respaldada por una disciplina macroeconómica en donde se les ha hecho sentir a los pobres que viven en un país de alto crecimiento económico, a través de decretos que permiten transferencias directas a estos sectores. La creación de ministerios por y para todo no se ha quedado tampoco atrás.

En este sentido, casi el 60% de la población recibe ayuda económica gubernamental. Un 23% goza de una beca familiar (poco más de 45 millones de personas), con un monto fijo que se incrementa dependiendo del número de hijos en edad escolar. El objetivo a mediano plazo es romper con la pobreza generacional, generando las condiciones necesarias para que mejore la calidad de vida de los hijos en relación con sus padres.

En principio, de lo que se trata es de inyectar dinero ahí donde no hay fuentes de trabajo y de distribuir mejor las oportunidades en las zonas donde existe apenas de manera suficiente. Así las cosas, Lula propició una combinación de subsidios fiscales para los empresarios y subsidios económicos para los pobres, utilizando su propia historia de ascenso social como trasfondo de éxito.

La agresiva estrategia diplomática

“Brasil entró en una ruta de crecimiento económico, no queremos que sea una burbuja, sino que sea sustentable” dijo Lula a propósito de una balanza más que favorable para Brasil. Y que esto no lo decía por decirlo, sino que dicho crecimiento se lo atribuía a su fuerte y creativa estrategia diplomática.

Aprovechando todas las potencialidades brasileñas, sus diplomáticos no titubearon a la hora de señalar las políticas proteccionistas tanto de Estados Unidos como de la UE. Teniendo, por ejemplo, la mejor balanza comercial brasileira en 2003 (favorable en 24 mil 522 millones de dólares), los diplomáticos brasileños no dejaron de moverse en los terrenos estratégicos del orbe.

La agenda diplomática brasileña hizo que Lula apareciera como todo un estadista al lado de un titubeante e ignorante Bush, un miedoso Chirac, una nulidad llamada Fox, un cauteloso Putin y unos serviles Chávez y Morales. Así pues, las llamadas de atención de Lula se hicieron referencia obligada, a tal punto que hasta la revista Time lo nombró personaje más influyente del mundo,  todo, sin que hasta la fecha Brasil deje de buscar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, alegando no sólo su liderazgo regional sino una fortaleza económica que ha rebasado, desde su perspectiva, a la del Reino Unido.

Las mentiras, la realidad y la corrupción

Lula nunca estuvo de acuerdo en que las ayudas a los pobres fueran en especie (alimentos, medicinas, materiales, etcétera), más bien siempre pugnó para que se cristalizaran en inyecciones directas de capital. De esta manera, así como el dinero también se posicionó como la única forma de movilidad social así lo hizo como el único medio para mover voluntades en el mundo político. Izquierda y dinero. Lo que antes criticaban, ahora ensalzaban.

Conforme la estatura de Lula y su carismática personalidad fueron adquiriendo mayor peso mediático y diplomático para el mundo, hacia dentro se fue convirtiendo en factor de polarización, sobre todo a la hora de comenzar a ver, una vez acabada la gran fiesta del Brasil BRIC, y de la brand BRIC, que las rutas del dinero, las obras inconclusas, los tratos mal hechos, las componendas, el robo infame de dinero y las inversiones prometidas se asomaban al escenario nacional de una forma cada vez más turbia.

La mayoría de la gente necesitada recibe la ayuda gubernamental, pero también sabe que muchos de los recursos son producto de arreglos corruptos. Tan es así que no es gratuito que la mayor parte del equipo más íntimo de Lula hoy día esté en prisión. Son 25 personas muy influyentes que crecieron al amparo de Lula, como su ex ministro presidencial José Dirceu y el poderoso empresario Marcos Valerio, quien afirmó que el ex presidente recibió dinero de un programa que recibía fondos públicos, para hacer pagos directos a congresistas que discreparan de su política y, por otro lado, pagos directos a la cuenta del líder. Se habla de hasta 25 millones de euros en un banco en Portugal.

El empresario es quien ha involucrado directamente a Lula, no así los ex funcionarios, quienes lo protegen a toda costa, en un pacto implícito en donde el subalterno protege al líder en todo momento, con la promesa de tiempos mejores. Y esto lo menciono, además, porque la gran mayoría de los brasileños sabe, y así lo expresa, por ejemplo, que Dilma Rousseff no es más que un “poste” (un títere) colocado por Lula.

Un día sí y el otro también, la gente se burla de Rousseff cuando la presidenta no habla correctamente en cadena nacional y cuando repite frases y fórmulas que recuerdan inevitablemente la mano que mece la cuna, o al poste: Lula, el verdadero jefe.

El empeño de Lula por posicionar a Rousseff queda cada vez más claro, en el entendido de que él sería, como lo es, el verdadero operador político del PT, tanto hacia dentro como hacia fuera. Ya desde antes de que Dilma ganara las presidenciales, Lula hacía negocios en el exterior asegurando nuevamente la victoria de su partido y la posibilidad de hacer cosas con toda su venia en el país. Lula viajó y viaja por Europa, por Latinoamérica y por África en viajes que son pagados por empresas privadas.

Así las cosas, la percepción que queda es que si se quiere hacer buenos negocios en Brasil, hay que pasar por Lula, no por Rousseff, pues al final es él el quien decide qué va y qué no en términos de convenientes inversiones a modo. O´Globo afirma que Lula llega a cobrar hasta 300 mil dólares por presentación pública.  Lula ya había declarado antes que él no sabía que podía cobrar tan bien por sus conferencias y que, honestamente “hay poca gente con autoridad para ganar dinero como yo en función del gobierno exitoso que hice en este país”.

La burbuja que se rompe

Y sí, ha sido muy exitoso. Un éxito al estilo PT, en donde todo se compra, todo es posible con discreción y toda crítica es calificada de burguesa. Pero tal vez a Brasil no le duela tanto la crítica interna como, seguramente, sí lo hará la externa. Para empezar, la más grande proviene de la devaluación que ya está sufriendo Petrobras (con cuyo esquema tanto sueñan analistas mexicanos para Pemex), esa empresa líder que, contradictoriamente, sigue importando gasolina y que ya ha sido demandada varias veces en Estados Unidos y Europa por no cumplir con sus contratos. De hecho, Petrobras está gastando millones de dólares al año en puros litigios, tanto con gobiernos como con empresas privadas del sector.

El balance anual de 2012 para la empresa nacional fue deficitario en un 36%, pues en dicho año el beneficio sólo sumó 21 mil 182 millones de reales, su peor resultado desde 2005.

Brasil sigue siendo considerada la sexta potencia del mundo, pero su crecimiento real actual (y el que ya se proyecta) apenas rebasa, con esfuerzos, el 1%, por lo que los analistas serios no lo ven como un país con el crecimiento sostenido necesario para llamarse verdadera potencia emergente. Gran parte de su crecimiento se lo debe a la exportación de minerales, soya y maíz a China y, contradictoriamente, no hace ni dos meses que China anunció que no compraría 2 millones de toneladas de soya que, sencillamente, no llegaron a los puertos brasileños a tiempo, pues las inversiones, sencillamente, brillan por su ausencia en la infraestructura del país de la samba. Filas y filas de camiones parados están en la carretera Centro-Oeste/Santos.

¿Es Brasil el gigante económico que todos dicen? Ya se verá. Algunas firmas le pronostican un crecimiento de 3%, pero el 1% es lo más real. Lo cierto es que ahora tienen el Mundial de Fútbol y las Olimpiadas venideros para seguir aferrándose a esa burbuja que, pronto a romperse, por lo menos servirá para observar en qué majestuosidades se va el dinero y si realmente lo invierten en lo que se debe o, como la gente espera, sólo servirán para los jugosos contratos que se han negociado previamente a través de Lula, con ganancias sólo para muy pocas manos, privadas. Las migajas, ya se sabe, se convertirán en sociales programas.

A propósito, la FIFA acaba de amenazar con quitarle a Brasil el Mundial, todo, al parecer, por los descuentos en boletos, los derechos televisivos y la mala infraestructura en los estadios, el pésimo remozamiento en las ciudades sede y las vías de comunicación. Los negocios, pues. Los oscuros negocios dando al traste con el sueño de ser potencia… otra vez.

* Roberto Rueda Monreal es politólogo, traductor literario, articulista y escritor.

 

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