Julio Juárez Gámiz

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UNAM: ¿el espacio es de quien lo apaña?

Por: Julio Juárez Gámiz (@juliojuarezg)

Mi primera experiencia con un espacio ‘ocupado’ en la UNAM fue durante el primer semestre cursando la carrera de psicología en Ciudad Universitaria. Unos compañeros de las prepas populares tenían asignado, mediante una negociación tan oscura como incontestable, un salón del tercer piso del edificio B para apoyar a otros compas. Era difícil no simpatizar con ellos pues sus barbas blanquecinas y enjundiosas arrugas denotaban una sabiduría muy superior a la del universitario promedio. Un buen día el trato se rompió y a los compañeros de la prepa eterna les quitaron su salón, se armó una protesta, se hicieron nuevas negociaciones, regresaron al salón y todo mundo acabó comiendo quesadillas de chile relleno en el distintivo bistró de la Facultad, montado sobre piedras de roca volcánica.

El silogismo de la ocupación era, y sigue siendo, el siguiente. La universidad es un espacio público que, como el agua, no se le puede negar a nadie. La administración del mismo, por lo tanto, obedece a las fuerzas del naturalismo universitario que, sobra decir, van en contra de la burocracia y los intereses de las mayorías (esas pérfidas construcciones simbólicas que justifican al status quo). El que se moviliza primero se moviliza dos veces y, en consecuencia, el espacio universitario es de quien lo apaña primero. Pasarían más de 10 años para regresar a mi alma mater y constatar que el razonamiento seguía tan vigente como antes, acaso se había acentuado.

Espacio es poder, me soltó salomónicamente mi querido Daniel Cazés, quien dirigía el Centro al que me incorporé y en el que pasé los primeros meses como investigador repatriado ocupando el valeroso metro cuadrado sobrante de una compleja distribución secretarial. Luego me mudé al lado oriente de la Torre II de Humanidades. Vista a las Islas y al Estadio Universitario incluidas.

El primer día que abrí la ventana de mi nuevo cubículo entró el viento fresco del Ajusco acompañado con un ruido espantoso que eructaba un salón, agandallado, de la Facultad de Derecho. Entre canciones de Manu Chao y música folklórica variopinta, una voz encolerizada, propia de quien vende mercancía en los pasillos del metro Pantitlán, llamaba a la liberación de los oprimidos. A los costados del salón convertido en la flamante cabina de ‘radio rebelde’, alumnos de distintos semestres intentaban concentrarse en sus clases. Que se jodan los borregos. También lo hicimos quienes intentábamos trabajar en nuestros cubículos.

Pero la madre de todas las ocupaciones sigue siendo el auditorio Che Guevara, aka Justo Sierra, a un costado de la Facultad de Filosofía. En la licenciatura uno podía matar un par de horas ahorcadas viendo una película en las duras bancas de madera del Che. Ahora un grupo de a) alumnos; b) espías del CISEN; c) charibaris; d) curanderos; e) todos los anteriores o f) ninguno de los anteriores, regentea el lugar y ameniza las clases aledañas con música de todo tipo a través de unas bocinas enormes que invaden (decir ocupan sería más adecuado) todo el aire circundante. Desde mi salón de clases en la Facultad de Psicología mis alumnos y yo reímos al reconocer las tonadas de éxitos alternativos de ayer y hoy. Nos frustra un poco, eso sí, que el DJ del Che sea profundamente autoritario en su selección. Nuestra universidad es su cabina. Claro, el llegó primero y sacarlo por la fuerza sería abrir la caja de Pandora universitaria. Como lo que sucede hoy en la Rectoría.

Las opiniones sobre cómo destrabar el ahora plantón, antes llamado toma, comienzan a tensar a los universitarios, pero no lo seríamos si dejáramos de opinar y decir lo que pensamos. El conflicto parece escalar y el jueves 25 de abril el emblemático edificio amaneció rodeado de casas de campaña. La ‘resistencia’ se reagrupa pero, paradójicamente, pierde la batalla por definir ante qué se resiste exactamente. ¿A la persecución política de sus compañeros (!?), a la opresión de las fuerzas del imperialismo (!?), a la política neoliberal del régimen (!?), al postcolonialismo (!?), al ‘entreguismo’ del Rector (!?), a qué?

Es imposible no leer lo que empezó en el CCH Naucalpan a principios de febrero, a la luz del aún vigente conflicto en la UACM, la reforma educativa y las recientes expresiones violentas de maestros en Guerrero. Lo digo para contextualizar y no para simplificar. Cada caso es distinto pero, en conjunto, subrayan una preocupante coincidencia de fondo: utilizar la defensa de una educación crítica como instrumento de agandalle (de plazas, de posiciones, de puntos de venta, de privilegios, de canonjías). Como pretexto para tomar por la fuerza lo que alguien entiende, unidireccionalmente, como propio. La creencia compartida de que el derecho a la educación no conlleva un compromiso para los reclamantes, sean alumnos o maestros, pero si para quienes deben cumplir las condiciones de una exigencia difusa pero legitimada en la fuerza y la violencia. Por eso, fuera encapuchados de la Rectoría de la UNAM.

 

* Julio Juárez Gámiz es Investigador del CEIICH-UNAM.

 

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