Caso Moreira: importa que haya sido en España

Dado que los delitos de que se acusa a Humberto Moreira se cometieron en España, su detención tiene un aire aleccionador para México: en España se aplica hoy la ley, a pesar de una corrupción históricamente profusa.

Que España, de todos los países, haya agarrado a Humberto Moreira tiene un significado especial para la lucha contra la corrupción en México. Claro que lo ideal hubiera sido una aprehensión en el propio México, pero eso no sólo era improbable con el PRI –su benefactor– en el poder (sabemos que la justicia en México es discrecional y obedece a amiguismos), sino que haría innecesaria esta breve reflexión, pues habríamos alcanzado lo deseado.

Hace poco vi una entrevista que Soler Serrano le hizo a Carlos Fuentes durante una breve estancia en España en 1977, tan sólo un año después de que Adolfo Suárez depusiera a Carlos Arias Navarro –el último franquista–, y abriera oficialmente la puerta a la democracia tras cuarenta años de falangismo.

En una digresión de lo biográfico, Carlos Fuentes le comenzó a platicar a Serrano sobre el partido monolítico que gobernaba México de forma autoritaria desde el fin de la Revolución, un régimen que suprimía, con disimulo, lo que “verdaderamente era México: un país plural”. Entonces, Serrano aprovechó para preguntarle a Fuentes qué significado tenía para los mexicanos la incipiente transición española a la democracia. Y esto es lo que Fuentes contestó (transcribo):

-Para nosotros es apasionante por tantos motivos; por motivos que se remontan a nuestra historia común, que es el momento de la conquista de México. Siempre se había dicho que España era un país que no podía ejercer la democracia, lo cual constituía un alivio maravilloso para los regímenes dictatoriales de la América Latina.

¿Era una gran excusa? -interrumpió Serrano.

-Era una gran excusa. “Pero miren ustedes (parodió Fuentes): si España es así, nosotros que venimos de España, pues somos así, ¿verdad? Si mi papá es borracho, pues yo también voy a acabar dipsómano”. Y ahora ha habido, yo tengo la impresión, un shock tremendo en la América española con lo que ha sucedido aquí (en España). La prueba de que España es un país que camina por un sendero democrático despoja de excusa a muchos regímenes despóticos, inclusive al mexicano, al cual cada vez le es más difícil aparecer –como en efecto lo es, dentro del marco latinoamericano– como uno de los países más democráticos del continente; lo es comparativamente, sin duda, pero ahora estamos enfrentados a la prueba de que, dentro de un contexto histórico determinado, con herencias históricas muy precisas que compartimos, se puede ejercer la democracia […] Para nosotros es sumamente refrescante, halagüeño, porque además lo que está pasando en España sirve para enterrar la leyenda negra española: no hay tal determinismo.

Ese mismo determinismo que señalaba Fuentes ha servido de subterfugio a los corruptos mexicanos, bajo la ecuación obvia: “Si España es corrupta…”

Así, dado que los delitos de Moreira se cometieron en España, su detención tiene un aire aleccionador para México: aquí se aplica la ley, hijo mío.

Ahora bien, esta referencia no infiere que España haya superado totalmente su propia corrupción. Basta con seguir un par de semanas la coyuntura española –leer las columnas de Marías, Vicent, Millás y Cercas, o revisar los recientes casos Urdangarín o Bárcenas– para corroborarlo. Pero la evolución –y es ella la que más anula a la posición determinista– es notoria: de una corrupción históricamente profusa, hoy España se ubica en el puesto 25 (de 102 países) en el rubro de ‘ausencia de la corrupción’ del Índice de Estado de Derecho del World Justice Project, la medición de corrupción más importante en el mundo; México en el 88 (sólo catorce países son más corruptos que México). A todas luces, el pretexto es improcedente.

Acaso lo más moralizante de la analogía es que no necesariamente desmiente a la polémica teoría (también a menudo adoptada como pretexto) de que la corrupción reside en la cultura –entendida ésta como un legado común de valores–, pero sí el mito de que esos valores son estáticos e inalterables. Con la detención de un mexicano corrupto, España nos enseña que los vicios culturales –si la corrupción fuese uno de ellos– no son indefectibles.

 

* Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY (@ceeymx).

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