Reincidencia perpetua

La primera Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad muestra que estamos lejos de lograr la reinserción y renovación del individuo en prisión.

Por: Eunice Rendón (@eunicerendon)

Las políticas represivas han demostrado ser insuficientes para afrontar la violencia. Una visión integra y holística es necesaria. Es tan relevante atender los efectos de la violencia como las causas que la generan. Debemos considerar los llamados factores de riesgo a nivel individual, familiar, grupal y social para responder con acciones más efectivas a los embates del crimen, al tiempo de evitar la reincidencia de los individuos que cometen algún acto delictivo.

Existen tres enfoques preventivos. El  primario, centrado en atender de manera universal el origen del problema y evitar conflictos futuros. El  secundario, busca detener la progresión de la violencia en grupos que, por sus condiciones y contextos presentan mayor riesgo de involucrarse en actos delictivos. Finalmente, la prevención terciaria apunta principalmente a la reinserción de  personas que han presentado conductas delincuenciales para que no reincidan.

La primera Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad (ENPOL) recientemente publicada por el INEGI, muestra que estamos lejos de lograr la reinserción y renovación del individuo en prisión. El 24.7 % de los encuestados ya había estado recluido, y el 55.3 % de ellos reincidió antes de dos años de su salida. Algo muy similar sucede con los adolescentes en conflicto con la ley que, tras su liberación, vuelven a entrar a la cárcel de adultos algunos años más tarde. Asimismo, muchas veces aquellos que entran por algún delito menor terminan vinculándose con criminales de mayor rango y peligrosidad dentro de las prisiones.

Las políticas de prevención terciaria, enfocadas en población en reclusión, resultan no ser muy populares  por estar dirigidas a personas que delinquieron y para muchos pareciera no hacer sentido invertir recursos en aquellos que lastimaron a la sociedad. Sin embargo, para reducir el delito en nuestro país, resulta fundamental poner en marcha programas integrales de prevención terciaria serios. Brindar herramientas que mejoren la experiencia educativa, laboral y social de los recluidos para que, una vez en libertad, dichas personas resulten de provecho para la comunidad y sobre todo no vuelvan a delinquir.

Los jóvenes son tanto las principales víctimas como victimarios de la violencia. En México, la primera causa de muerte de 15 a 29 años es el homicidio. Asimismo, el 68.1 % de los internos tienen entre 18 y 39 años de edad (sin considerar la población recluida en centros de adolescentes en conflicto con la ley). Basta con observar algunas de las condiciones y contextos que reportaron buena parte de los entrevistados en reclusión para entender la importancia de trabajar en las causas sociales del delito. El 27,9 % no posee ningún tipo de estudio. El resto sólo cuenta con educación preescolar, primaria o secundaria. Uno de cada tres viene de hogares monoparentales o sin padres. Además, un 20 % de ellos reportó haber vivido situaciones de violencia durante su infancia y el 6 % haber tenido tutores en prisión. La relación entre los factores de riesgo y la comisión de delitos no es lineal ni determinante, es decir, el hecho de que alguien haya sufrido violencia o desertado de la escuela, no significa que se convertirá automáticamente en un criminal. Es el cúmulo de diversos factores de riesgo en personas específicas lo que ocasiona el fenómeno.

La situación al interior de los penales aumenta el riesgo y la exclusión de los internos de la sociedad. El 31.9 % de la población encarcelada mencionó sentirse inseguro dentro del Centro Penitenciario. Además, el 33.2 % fue víctima de algún delito como robo, extorsión o lesiones al interior del mismo. El hacinamiento es otro de los problemas graves que tenemos al interior de las cárceles. El 45.6 % de los internos comparte celda con más de cinco personas (de estos, el 24.2 % con más de 11 personas) lo cual resulta inhumano y contradictorio a la reinserción.

Algunas experiencias exitosas a nivel internacional nos muestran que esquemas holísticos de prevención terciaria contribuyen a disminuir el delito. Tal es el caso de Noruega que, con 20 % de reincidencia, es la tasa más baja a nivel mundial, a diferencia de Estados Unidos que tiene una de las más altas, con 76.6 %, o México con el 53 %. Lo más interesante del modelo noruego es que prioriza la rehabilitación sobre el castigo. Cuentan con penas máximas de 21 años y políticas que incluyen terapias cognitivo conductuales, deporte, música, buena alimentación, empleo, trabajo en equipo, relación cordial con las autoridades, espacios dignos y sin rejas que buscan la rehabilitación, retribución y restauración del individuo.

Finalmente, a pesar de que se han realizado esfuerzos desde la federación y que el 71.1 % de los internos reportó haber participado en alguna actividad laboral y el 31.1 % en programas educativos, nos hemos quedado cortos. No existen políticas integrales, transversales y permanentes de justicia restaurativa que se centren en reparar el daño causado por el crimen, más que en el castigo y la falta a los derechos humanos del recluso. Al delinquir, la perdida de la libertad es la sanción. Anteponer la rehabilitación y la reinserción social del recluso es lo más importante para mejorar el panorama y el futuro dentro y fuera de las prisiones.

 

Eunice Rendón es doctora en políticas públicas por Sciences-Po París y experta en prevención de la violencia, seguridad y comunidades migrantes y en situación de vulnerabilidad. Es investigadora SNI I del CONACYT. Ha trabajado en organismos internacionales y en prevención de la violencia desde diversas instituciones de gobierno como la Secretaría de Salud y la Secretaría de Gobernación. Asimismo, fue directora del Instituto de los Mexicanos en el Exterior.

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