Mitos y realidades de frentes electorales y de gobierno

No hay evidencia que las coaliciones antiPRI sean un motor de cambio para desmontar la corrupción, el clientelismo y la impunidad, como argumentan los promotores del frente amplio opositor en 2018.

Por: Luis Carlos Ugalde (@LCUgalde)

  1. Los frentes o coaliciones electorales son una de las vías más comunes para ganar elecciones en México. De las 65 elecciones de gobernador que se han celebrado entre 2006 y 2017, el 83% fueron ganadas por coaliciones de diverso tipo: aquellas encabezadas por el PRI, por lo general con el Partido Verde; el PAN con partidos locales; el PRD con partidos de izquierda como el Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano; así como la alianza PAN-PRD. El PAN es el partido que más elecciones de gobernador ha ganado por sí mismo: 21 gubernaturas de 98 disputadas entre 2000 y 2017, seis de ellas acompañado por un partido menor.
  1. Las coaliciones de agua y aceite (eso es PAN-PRD) son menos frecuentes, pero hay varios casos, tanto de éxito electoral como de fracaso. En los últimos 17 años, PAN y PRD (con otros partidos) se han coaligado en 15 ocasiones, siendo exitosas en ocho: Baja California en 2001; Oaxaca, Puebla y Sinaloa en 2010, Baja California en 2013; Durango, Veracruz y Quintana Roo en 2016; Nayarit en 2017.
  1. No hay evidencia que las coaliciones anti-PRI sean un motor de cambio para desmontar la corrupción, el clientelismo y la impunidad, como argumentan los promotores del frente amplio opositor en 2018. Por ejemplo, las coaliciones que ganaron en Sinaloa y Oaxaca en 2010 no parecen haber dado buenos resultados. Tampoco la coalición entre el PAN y el Partido Verde que sacó al PRI de Los Pinos en 2000. En ningún caso se documenta que los niveles de corrupción hayan cambiado (en algunos casos incluso la tendencia aumentó). Tampoco se desmontó el clientelismo como mecanismo de gobernabilidad, como muestra el caso de Oaxaca. Es posible que las coaliciones anti-PRI de 2017 sean más eficaces para combatir la corrupción, tanto en Veracruz como Quintana Roo (donde gobiernan dos ex priistas). También es posible que el triunfo del PAN en Chihuahua el año pasado detone un combate real a la corrupción, gracias a la persona que fue elegida gobernador.
  1. Los frentes o coaliciones electorales sirven para ganar elecciones, punto. Una vez en el gobierno, manda el gobernador y su partido y los aliados participan de forma complementaria o marginal: en ocasiones algún integrante se incorpora al gabinete; en ocasiones algún programa o iniciativa legislativa se promueve para responder a los convenios de la coalición; pero al final del día manda el partido del candidato ganador. En ocasiones la luna de miel termina rápido y hay rompimiento. Por ejemplo, en Sinaloa el PAN rompió con el gobierno de Mario López Valdez (2010-2016) y argumentó que no representaba la plataforma del partido y que el estado no había progresado en democracia y transparencia. En Puebla, el PRD se alejó rápidamente del gobierno de Rafael Moreno Valle (2011-2017), al grado de que en la elección de gobernador de 2016 el PRD no quiso coaligarse nuevamente con el PAN. Con más frecuencia no hay rompimiento visible pero los partidos coaligados simplemente se esfuman en la irrelevancia.
  1. Los gobiernos de coalición son un tema diferente, aunque en ocasiones sus promotores hablan de frentes y gobiernos de coalición como si fueran la misma cosa. Gobierno de coalición es una idea que surge para remediar la presunta parálisis de los gobiernos divididos que, en el caso de México, se agudiza por la fragmentación del sistema de partidos y por la falta de segunda vuelta que ha generado presidentes minoritarios desde 2000. Aunque en los sexenios de Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012) hubo efectivamente parálisis, en buena medida por la renuencia del PRI y del PRD para colaborar en diversas reformas estructurales (por ejemplo, una reforma energética o fiscal en 2003, otra energética amplia en 2008 que acabó siendo una mini reforma petrolera de alcance limitado, o una mala reforma fiscal en 2007 que además causó descomponer la legislación electoral), lo cierto es que la experiencia del Pacto por México durante 2013 y 2014 son una prueba de que no se requiere gobierno de coalición, sino coaliciones legislativas, para gobernar. La distinción no es menor: una cosa es matrimonio y otra cosa es pago por evento.
  1. Otro argumento a favor de los gobiernos de coalición es que son un factor de gobernabilidad. Pero en México nunca ha existido ingobernabilidad por la falta de gobiernos de coalición o por presidentes minoritarios. La falta de gobernabilidad se ha dado en aquellas zonas con violencia provocada por el crimen organizado o con altos niveles de corrupción. Alcanzar la gobernabilidad nada tiene que ver con gobiernos de coalición, sino con la construcción de un Estado de derecho que sea aplicable a todos por igual.
  1. Respecto a la eficacia de gobierno, ésta descansa en varios pilares, uno de ellos contar con cuadros competentes, profesionales y experimentados. Manlio Fabio Beltrones (PRI) solía criticar a Felipe Calderón por hacer un “gabinete de cuates” (ciertamente varios de sus secretarios de despacho carecían de la experiencia y el talante para fungir en el cargo). Pero lo contrario puede ser peor: someter a los miembros del gabinete a la ratificación del Congreso sería una feria clientelar, de tomas y dacas, de concurso de popularidad o de tráfico de influencias que no produciría mejores cuadros ni mejor calidad de gobierno. La experiencia de algunos nombramientos que realiza el Congreso da idea de lo que podría ocurrir: con frecuencia no los realiza a tiempo (p.e., el fiscal anticorrupción), casi siempre es mediante mecanismo de cuotas (p.e, consejeros y magistrados electorales), casi nunca hay una deliberación profunda y abierta (p.e., ministros de la Corte). Con el perfil y calidad del Congreso mexicano, lo más probable es que un gobierno de coalición acabaría siendo un gobierno más clientelar y capturado por los intereses de los partidos en las cámaras legislativas. Podríamos pasar de un gobierno de cuates a un gobierno de cuotas.
  1. De lo que sí hay evidencia histórica es que cuando ha habido algún tipo de gobierno de coalición no se soluciona la inestabilidad política. En los primeros años de nuestra vida independiente, cuando se llevaba a cabo la elección de presidente, el segundo lugar de la contienda ocupaba la vicepresidencia. Este diseño institucional deficiente enfrentaba constantemente a ambas figuras y se agudizó la inestabilidad política. Como recordaba Emilio Rabasa, en los 25 años que transcurrieron a partir de 1822, tuvimos siete Congresos Constituyentes, tres constituciones y dos golpes de Estado.
  1. Hay una dosis de moda, de ingenuidad o de falta de sentido histórico entre quienes promueven una suerte de parlamentarización de nuestro sistema presidencial. La falta de resultados de la democracia mexicana no se debe a los presidentes minoritarios sino a la falta de un Estado de derecho que complemente el pluralismo para construir un estado democrático de derecho. Construir un gobierno de tintes parlamentarios exige contar con un Congreso profesional, responsable y que rinda cuentas, nada de lo cual existe en México. Sería una enorme irresponsabilidad lanzar la suerte de un gobierno a los azares y humores de poderes legislativos que, desafortunadamente hasta hoy, han sucumbido a los mismos vicios que los ejecutivos: corrupción, impunidad, falta de planeación.
  1. Aunque no haya evidencia de que el triunfo electoral de frentes o coaliciones anti-PRI hayan sido motor de cambio (para cambiar al régimen como se dice comúnmente), la propuesta de un frente PAN-PRD es promisoria, tanto porque su probabilidad de éxito es mayor, tanto porque aumentarían la competitividad de las elecciones del próximo año. Al margen de lo que ocurra a partir del 1 de diciembre de 2018 con el gobierno que resulte ganador, un proceso electoral con tres fuerzas competitivas (Morena, PRI y frente PAN-PRD) generaría un intenso debate, un mayor escrutinio de los candidatos y ello podría alentar un debate más saludable.
  1. Que el frente electoral PAN-PRD sea de agua y aceite o que sea en contra del PRI y de López Obrador no es malo en sí mismo. Lo mismo hacen los otros. Uno de los argumentos del presidente del PRI de cara a 2018, por ejemplo, es evitar que gane el populismo de AMLO y éste, por su parte, ha prometido que su lucha es para sacar al llamado “PRIAN” del poder, lo que llama la mafia del poder. Lo que sí deben explicar tanto PAN como PRD es porque un triunfo de la coalición sí sería ahora motor de cambio cuando nunca lo ha sido. Debe haber un mea culpa de los fracasos de varios gobiernos estatales emanados de frentes PAN-PRD que en ocasiones aumentaron la corrupción y el mal gobierno y también una explicación del PAN de por qué habiendo ganado la presidencia de la República en 2000 de la mano del PVEM no hubo ningún cambio sustancial para combatir la corrupción y construir un estado de derecho.
  1. La coalición PAN-PRD sería más exitosa en la medida en que logre postular a un candidato externo: uno interno del PAN podría restar votos al PRD; uno del PRD sería ilógico para el PAN porque éste es la fuerza más importante. La sociedad en general podría comprar con mayor facilidad el boleto de cambio de régimen si hay un candidato “ciudadano”.
  1. Vender el gobierno de coalición como la solución a los problemas de gobernabilidad es ingenuo o irresponsable. El gran riesgo de gobernabilidad en 2018 no está ahí, sino en la enrome dificultad para que las contiendas electorales se desarrollen en condiciones de equidad y legalidad para que los ganadores cuenten con la legitimidad para iniciar con fuerza sus periodos de gobierno: presidente y nueve gobernadores más cientos de alcaldes y legisladores. Si se proyecta la experiencia de 2017 a 2018 podremos anticipar lo que puede ocurrir: rebase de los topes de gastos de campaña, autoproclamaciones de ganadores, deficiencias en el modelo de fiscalización, clientelismo electoral y rechazo de resultados por los perdedores. Lograr que el sistema electoral mexicano genere legitimidad —lo cual no ocurrirá en 2018 salvo que gane López Obrador— es uno de los mayores retos de gobernabilidad del país.

 

* Luis Carlos Ugalde es director general de Integralia Consultores. Conferencista y profesor universitario. Consejero presidente del IFE en 2003-2007.

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Comentarios
  • Jesús Bautista Pérez

    Una realidad que hizo falta puntualizar con todas sus letras, consiste en que los gobiernos emanados de frentes electorales han resultado ser altamente ineficaces y corruptos, lo cual -entre otras consecuencias-ha profundizado el desencanto y malestar ciudadano contra los partidos, la política y la democracia.