No merecemos ser Venezuela

Varias de las alternativas que en este momento está impulsando el PRI no sólo se parecen a lo que estamos viendo en Venezuela, sino que son exactamente iguales en su espíritu.

Por: Leonardo Núñez González (@leonugo)

Después de los resultados de las elecciones de este año, en las que el PRI logró retener el control del Estado de México, Enrique Ochoa, presidente del PRI, comenzó a difundir una serie de spots y mensajes en los que repetía una y otra vez que con ese resultado se había logrado detener al “populismo autoritario” y, en un análisis de política comparada, mencionó que México “no merecía ser Venezuela”.

Naturalmente este mensaje es una apuesta por convencer al electorado de que la ideología de López Obrador es un peligro para las instituciones y para nuestra democracia. De ver los desplantes y actitudes de AMLO, uno podría decir que esto es una suposición comprensible; sin embargo, resulta muy curioso que varias de las alternativas que en este momento está impulsando el PRI no sólo se parecen a lo que estamos viendo en Venezuela, sino que son exactamente iguales en su espíritu.

Comencemos con la propuesta tan cacareada de la eliminación del financiamiento público a los partidos políticos. Después de las tragedias de los sismos que sacudieron el centro y el sur del país, el PRI se ha lanzado en una agresiva campaña para llevar a los partidos a renunciar a sus prerrogativas y destinarlas a la reconstrucción. Haciendo cuentas, nos dicen que de un plumazo tendríamos 992 millones de pesos para poder ayudar. Además, le han sumado una propuesta para eliminar a todos los legisladores plurinominales (64 senadores, 200 diputados federales y unos 400 diputados locales). Si esta reforma transita, dicen, llegaríamos a juntar 11 mil 600 millones de pesos. Negarse a aplicarlas, de acuerdo con su lógica, es negarles a los mexicanos el uso de ese dinero para la reconstrucción de sus hogares. Si no hay dinero, es porque los mezquinos partidos no quieren hacer tan loables reformas.

De entrada, pareciera que ese es el único lugar al que se le puede meter la tijera presupuestal porque ese dinero lo tienen en sus manos los cochinos y malvados partidos (lo cual no quiere decir que no está en orden una revisión de los gastos de los partidos). Es una mejor opción, nos dicen, devolver ese dinero y ponerlo en las manos de Hacienda: ellos sí que saben gastar bien el dinero. Si algo he repetido como loco a lo largo de este año es que entre lo que se dice que se va a gastar en el Presupuesto de Egresos y lo que aparece en la Cuenta Pública hay grandes divergencias que son producto de las adecuaciones presupuestarias que aprueba la SHCP de manera unilateral, discrecional y opaca. Si uno se mete a revisar sólo un rubro, el gasto en Comunicación Social y Publicidad del Gobierno Federal, resulta que el año pasado tenían 2,408 millones de pesos asignados, pero a la hora de la hora se devengaron (se gastaron, pues), 8,589 millones de pesos, es decir, un gasto adicional de unos 6 mil millones de pesos. Seis veces el “ahorro” que tendríamos según las cuentas del PRI sobre la renuncia de los partidos al financiamiento público de 2017 o prácticamente todos los recursos que recibirán los partidos por parte del INE en 2018 (que son 6,788 millones, para ser más precisos). Ejemplos de dispendios como el anterior sobran a lo largo de todo el gasto público.

Pero el “ahorro” de dinero no es la única consecuencia de eliminar el 100 % del financiamiento de los partidos. En un entorno electoral en el que la oposición política tiene que financiarse enteramente de manera privada y el gobierno posee grandes capacidades para operar a favor de su partido, resulta que la competencia se vuelve asimétrica, por lo que quien tiene en ese momento las riendas del Estado tiene una ventaja comparativa considerable. Esto lo entendieron muy bien nuestros vecinos venezolanos que, junto con Bolivia, son los únicos países en el continente en los que los partidos políticos no reciben dinero público (porque hasta en Estados Unidos, que es el ejemplo favorito al comparar, existen mecanismos en los que los partidos reciben subsidios durante las campañas).

¿Y cómo llegó Venezuela a esa “patriótica” decisión de quitar todo el financiamiento a los partidos políticos? Pues en 1999, cuando el chavismo acababa de llegar al poder, se promulgó una nueva Constitución en la que, de un plumazo, se eliminó el financiamiento a los partidos políticos, que existía desde 1973. Para competir electoralmente, cada quien tenía que ver cómo se hacía de recursos. Esta proclamación era particularmente cómoda cuando la impulsaba una fuerza que llegó al gobierno dispuesta a utilizar cuanto recurso estuviera a su disposición para aferrarse al poder (como hemos visto hasta ahora).

Si el chavismo se hizo casi imbatible en las urnas en los primeros años de gobierno, en buena medida se debió al debilitamiento de la oposición, que con el paso de los años se fue convirtiendo en abierta confrontación que escaló hasta represión. Igualmente, el partido de Nicolás Maduro ha estado muy cómodo sin recibir financiamiento público, ya que todo el gasto y las funciones del Estado apuntan a evitar que el chavismo deje el poder.

Otra curiosidad comparativa es que la propuesta del PRI para eliminar a la representación plurinominal también tiene un olor a azufre venezolano. Si no hubieran existido los diputados plurinominales en las últimas elecciones federales de 2015, en las que el PRI obtuvo 29.2 % de los votos, resulta que se hubieran llevado 155 de los 300 asientos, es decir, 51.6 % de la Cámara. Con la repartición de curules plurinominales el PRI terminó con 40 % de los asientos. Podrán disgustarnos algunos de los políticos indeseables que logran alcanzar el poder por esta vía, pero si la oposición no tuviera esos espacios, el PRI tendría una sobrerrepresentación abismal en la que se haría del control por tener mayoría.

Si uno revisa en el vecindario latinoamericano, resulta que eso de la representación proporcional que le da espacios a la oposición es algo que no gusta sólo en otros dos países en donde las elecciones apuntan hacia el mayoritarismo: Bolivia y Venezuela. De hecho, en Venezuela eso de sobrerrepresentarse en los órganos legislativos es tan valorado que, si uno revisa la composición de la Asamblea Nacional Constituyente que se “eligió” en julio, resulta que 545 de 545 constituyentes son parte del “Gran Polo Patriótico Simón Bolívar”.

Finalmente, queda la actitud ante la crítica. Que estas propuestas del PRI son populistas y no tienen ni pies ni cabeza es algo que, naturalmente, no soy el primero en decir. Pero resulta curioso lo que le sucede a los que lo han dicho: una crítica similar fue hecha por María Amparo Casar y Ricardo Raphael en su última tertulia con Leonardo Curzio hace dos semanas. ¿Qué pasó después? Los dos colaboradores fueron despedidos y Curzio, en una actitud aplaudible, decidió irse con ellos. No hay nombres ni apellidos señalados directamente, pero nos queda el archivo histórico de que justo este fue el último tema de discusión y que levantó tanto revuelo que hasta a uno de los contertulios le marcó directamente el presidente del PRI, Enrique Ochoa, al terminar la emisión.

Una última mirada a Venezuela nos muestra que a los que son críticos con el gobierno les pasa algo muy similar: tan sólo en lo que va de este año, al menos 49 medios han salido del aire, entre los que se encuentran muchos de gran tamaño, como CNN en Español. En el chavismo no hay lugar para la crítica ni el disenso.

El PRI es muy acertado al decirnos que no merecemos ser Venezuela. La situación que viven nuestros hermanos sudamericanos por culpa del populismo autoritario chavista y de Nicolás Maduro es lamentable. En donde su diagnóstico está errado es en apuntar a que otros nos pueden llevar a ese destino cuando son ellos los que parecen estarse moviendo en esa dirección. Ciertamente no lo merecemos.

 

* Leonardo Núñez González es autor de ¿Y dónde quedó la bolita? Presupuesto de Egresos ficticio. Cómo el gobierno hace lo que quiere con nuestro dinero.

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