El golpe silencioso que la diabetes le dio a mi padre (y lo que aprendí de eso)

Una diabetes mal cuidada trae graves consecuencias, una es la amputación de un miembro. La mejor manera de enfrentar la enfermedad es conocerla, no evadirla.

Por: Arturo Daen (@ArturoDaen)

Esa noche mi padre estuvo a punto de morir. Recostado en una camilla, camino a que le hicieran un estudio más después de tres días de estar internado en el hospital La Raza del IMSS, comenzó a agitarse. No podía respirar.

“Mejor regresamos al cuarto”, dijo el camillero, apresurando el retorno entre los pasillos.

De pronto, alrededor de mi papá en la cama 408, había una marabunta de médicos y enfermeras.

No hubo otra opción más que “intubar”. Hacer que una máquina se encargara de su respiración. El médico nos dijo que la situación era grave, que había diferentes fallas en el organismo de mi padre (60 años de edad).

En ese momento ya eran las dos o tres de la madrugada. Verlo sedado, con un montón de aparatos y sondas conectadas a su cuerpo, era una pesadilla.

Al hospital La Raza llegamos el 2 de octubre. Pero en realidad la historia se remonta años atrás, cuando le dijeron a mi padre que tenía diabetes.

Revisando su carnet médico vi que en algún momento sí había acudido a consultas para que le recomendaran cierto tipo de alimentación, o medicamentos, en su clínica más cercana.

Sin embargo, no le dio continuidad a esas revisiones.

Como familiares, le decíamos que cuidara lo que comía, que hiciera ejercicio. A la distancia, pienso que debimos ser más insistentes, y sobre todo que él mismo debió ser más consciente de los efectos de la diabetes.

Es una enfermedad silenciosa, cuyos efectos no son visibles en un inicio, pero que en un momento brotan, y pegan fuerte.

En agosto pasado, un día mi padre nos dijo a mí y a mi madre que le dolía un dedo del pie. Lo revisamos, y todos nos asustamos.

“Está necrosado”, nos dirían después.

Mi papá se había cortado en un descuido, y dejó pasar varios días. Cuando nos avisó, ya era demasiado tarde.

Es lo que llaman “pie diabético”. La diabetes afecta la sensibilidad en los pies, afecta los nervios, la irrigación de sangre. Así que es común que los diabéticos no perciban la contundencia de las lesiones en esa zona.

A mi padre tuvieron que amputarle el dedo. Nos dijeron en un hospital privado que eso bastaría. Pasaron los días y parecía que la herida iba cicatrizando bien, con cuidados de higiene y antibióticos.

Pero todo se complicó.

Por alguna razón la herida se infectó. Comenzó a adquirir una mala coloración. Fue entonces que acudimos al hospital La Raza. La idea era que pudieran detener la infección, salvar su pie.

En un inicio, de nuevo, todo parecía marchar bien. Había la posibilidad de que le hicieran un procedimiento llamado angioplastía.

Pero después de que le hicieron un estudio en el que tienen que inyectarle un “líquido de contraste” en las arterias (angiografía), la situación se complicó aún más, hasta el hecho de que tuvo una insuficiencia respiratoria aguda, y una falla cardíaca.

Estuvo cuatro días en terapia intensiva, luchando por sobrevivir, por volver a respirar por su cuenta.

Esos días, en el lugar donde haces guardia para esperar cualquier noticia, pensé en que todo esto pudo evitarse.

En el celular escribí un texto sobre el miedo o incertidumbre que vivimos como familiares, y lo compartí en redes con la idea de que otros pudieran tomar medidas a tiempo, cuidarse, prevenir llegar a una situación tan grave.

Un viernes entré a terapia intensiva, y vi a mi padre sin el tubo en su boca. Respirando por su cuenta. Lo había logrado.

Agradecí a Dios y a todos los familiares que nos ayudaron a hacer guardias en el hospital, a cualquier hora, y a los amigos y compañeros de trabajo que nos apoyaron.

Mi padre, todavía débil y un tanto desorientado por los días que estuvo en terapia intensiva, incluso sonrió con algunas cosas que le dije, aunque también tenía una inquietud.

“¿Qué sigue?”, me preguntó.

Si bien había sobrevivido a la falla respiratoria y al problema cardíaco, la infección en el pie seguía ahí.

“Hay que amputar, es la pierna o la vida”, nos dijeron los médicos de Angiología, en La Raza, fríos en sus avisos y diagnósticos.

Es algo que ya había platicado con mi padre, desde que llegamos al hospital, la posibilidad de que tuvieran que hacerle una amputación más severa, y desde entonces admiré su temple, diciendo que, si eso ocurría, no se dejaría derrotar.

Fue una situación agridulce. Por un lado, sentíamos que era un milagro tenerlo con nosotros, con vida. Y por el otro, era triste enfrentar que tuvieran que hacerle una amputación.

Solo una persona a la que le hayan amputado podría describir con precisión las sensaciones, el dolor o la tristeza de perder una parte de tu cuerpo.

A mi padre lo he visto fuerte, con buen ánimo, valiente, aunque hay momentos en los que sí ha llorado, o ha pasado varios minutos en silencio, reflexionando sobre su nueva realidad.

Ya han pasado tres semanas desde que le hicieron la cirugía. Ha sido un proceso extenuante, difícil, de aprendizaje. Para él y para nosotros, como familia. Al principio da mucho miedo. Sientes frustración, enojo. Piensas: “cómo haremos tal o cual actividad, cómo lo ayudaremos a moverse de un punto a otro, cómo se coloca el vendaje, cómo lo animamos”, etc. Y muchas veces él nos ha dado la solución, mostrándonos que siempre hay una forma de lograrlo.

Esos pequeños avances diarios son los que nos han motivado. Aún falta mucho, pero su rehabilitación va por buen camino, y poco a poco ha ido retomando sus actividades, sus proyectos.

La adversidad te une más, como familia. Y te deja lecciones.

La diabetes y sus efectos nocivos avanzan en silencio, poco a poco, mermando el cuerpo. Combinada con problemas como niveles inadecuados de colesterol o triglicéridos, el riesgo es aún mayor.

Eso es algo que escuchamos en campañas de prevención, en radio o televisión, pero que muchas veces ignoramos y desechamos, como un mensaje más.

A las personas que ya tienen diabetes, les molesta que les digan lo que deben de comer y lo que no, o que deben acudir al médico.

Y aquellos que no la tenemos, pensamos que nunca nos pasará, que podemos descuidarnos sin ninguna repercusión (en México, en 2012 se tenía el registro de 7 millones de personas con diabetes, el 9.2 % de la población adulta, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición. En promedio, más de 98 mil mexicanos mueren cada año, por esa causa).

Comparto este texto como un testimonio de los efectos que puede llegar a tener la diabetes, con la idea de que la mejor manera de enfrentar una enfermedad es conocerla, no evadirla.

No soy médico, pero creo que no puede ser perjudicial que les diga que busquen información, que entre más sepan sobre los registros que deben alcanzar, la cantidad de glucosa que tienen los alimentos, los daños que causa la enfermedad y dónde pueden atenderse, etc., mejor podrán lidiar con ella.

También escribo esto como un elogio para aquellos que ya sufrieron los estragos de la diabetes u otras enfermedades crónicas, con situaciones como una amputación, y no se dejan vencer. Tienen toda mi admiración. Vencer el miedo, y un entorno muchas veces hostil para las personas con algún problema físico, no es sencillo.

* Arturo Daen es periodista y editor en Animal Político.
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