Reflexiones guadalupanas

Más allá de caer en el simplismo de denunciar la explotación que la institución religiosa hace del fervor guadalupano, es importante ver cómo este fervor puede difuminar las barreras que impiden el encuentro entre la gente, y servir de punto común para apropiarse de los espacios comunes.

Por: Armando Luna Franco (@drats89)

Pietro Prini, teólogo italiano, decía que el lenguaje de lo divino era simbólico, y el lenguaje de lo mundano era fáctico. La distinción que estableció con esta frase es clara: si queremos discutir los asuntos religiosos, hay que tener claro bajo qué referente lo haremos: por ejemplo, no podemos creer que se puede analizar científicamente la Biblia, como tampoco podemos creer que los fenómenos naturales deben explicarse a través de lo que la Biblia dice.

La Virgen de Guadalupe es otro ejemplo de esta distinción. El 12 de diciembre se celebra, en la Basílica dedicada a ella, su fiesta, que conmemora la aparición de su imagen en el ayate del Indio Juan Diego frente al Arzobispo de la ciudad de México, fray Juan de Zumárraga. La Basílica se convierte en el centro del fervor y la entrega religiosa de la gente, que acude a celebrar a la morenita del Tepeyac, madre de los feligreses que la acompañan.

A nivel nacional se le celebra también. A lo largo del territorio se realiza fiestas, peregrinaciones, verbenas, y ofrendas en su honor. Sin importar que su altar se ubique en una iglesia, un muro pintado, algún bajo puente, o incluso una imagen sencilla en una vitrina, la gente se reúne, y replantea la posibilidad de la comunidad ante ella. La virgen es no sólo objeto de culto, es objeto de comunión.

Su importancia social, histórica y política en nuestro país es innegable. Basta ver la cantidad de altares en las calles de las ciudades y pueblos, que no sólo aportan un elemento folclórico a la otrora vida gris de una ciudad, sino que cumplen funciones específicas: recuperación de espacios públicos ante la inseguridad, la contaminación, y el abandono de las calles y espacios de barrio. No temo equivocarme al decir que conocemos algún caso en nuestra comunidad donde el altar guadalupano ilumina una calle que antes no lo estaba, o donde se coloca para evitar que tiren basura en esa calle o lugar.

Histórica y políticamente su significación es más compleja. Y aquí retomo la frase que recuperé al inicio de este texto. Cuando tratamos de comprender y aprehender el sentido histórico y político de la Virgen de Guadalupe, se difuminan las barreras entre lo simbólico y lo fáctico, entre lo divino y lo mundano. Esto, a su vez, significa la imposibilidad de alcanzar un diálogo en el cual pueda construirse dicho sentido. Nos lleva a un debate estéril.

Analizar el sentido histórico y político de la Virgen de Guadalupe no significa menospreciar ni enriquecer el sentido religioso que tiene. Significa, solamente, colocar dicho sentido en el contexto de su realización, y atender a las circunstancias bajo las cuales el sentido religioso alcanza su condición de posibilidad; cómo se relaciona con otros procesos sociales de ese momento. La creencia o no creencia de la gente hacia la Virgen no va a cambiar por escudriñar su sentido histórico y político.

Cuando entramos en ese terreno, en la cuestión mundana de la Virgen de Guadalupe, nos encontramos con su presencia en distintos momentos de la vida nacional. No me refiero sólo al estandarte de Hidalgo al inicio de la revolución de Independencia, también está la instauración de la Orden de Guadalupe por Agustín de Iturbide durante el primer Imperio Mexicano; la participación del presidente en las celebraciones del 12 de diciembre en Catedral tras la Guerra de Reforma (y de la cual se puede apreciar una pintura en el Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec).

Antes de ello, en la Nueva España fue uno de los principales elementos identitarios de la población criolla. Ese papel permitió que sirviera de estandarte en primer lugar. Es reconocida la labor de los jesuitas en la difusión del culto mariano a Guadalupe, y su papel como educadores en el fortalecimiento del culto y su relación identitaria. La Virgen de Guadalupe, en contraposición con la Virgen de los Remedios, fue uno de las principales reivindicaciones criollas.

El caso más famoso es el sermón de fray Servando Teresa de Mier, quien en 1794 denunció ante el virrey conde de Branciforte y el arzobispo Alonso Núñez de Haro la ilegitimidad de la conquista y dominio español mediante una revisión del mito guadalupano. En él afirmó que el ayate de Juan Diego no era más que la capa del apóstol Santo Tomás había llegado a las tierras americanas, trayendo la palabra de Dios a los indígenas. Ellos, al conocer la palabra, no debían ser evangelizados por los españoles.

Dicha afirmación le significó la persecución y el exilio, y fue uno de los pasos más importantes de reivindación criolla, y fortalecimiento de una conciencia política que motivaría, 16 años más tarde, los proyectos emancipatorios ante una corona española que fortalecía su dominio restringiendo la participación política de los criollos. Así una Virgen se convirtió en un símbolo de la emancipación.

El culto guadalupano, la mitología y simbolismos que se dan a su alrededor, son inseparables de la formación de la identidad mexicana. Año con año congrega a millones de mexicanas y mexicanos para rendirle celebración. En momentos de crisis social y económica es importante reflexionar sobre el papel que desempeña en la vida pública y comunitaria de nuestro país, comprender qué cargas y valores le imprime la gente para reunirla.

Más allá de caer en el simplismo de denunciar la explotación que la institución religiosa haga de ese fervor, es importante ver cómo este fervor puede difuminar las barreras que impiden el encuentro entre la gente, y servir de punto común para apropiarse de los espacios comunes. Observar en su participación cómo la gente aún puede encontrar puntos en común con los cuales conocerse y reconocerse en comunidad.

No abogo, con esto, a refundar la comunidad desde la religión; más bien abogo por aprender de este proceso social que es el culto guadalupano, maneras y recursos para construir de nueva cuenta la comunidad, recuperando nuestro lugar en un espacio público y comunitario asediado por esfuerzos de exclusión, como lo son la violencia, la privatización de los espacios, y la clausura de ellos con apoyo de las instituciones políticas. Que el folclor y la esperanza que en él se plasman sirvan de ejemplo para construir una esperanza mundana de un bienestar común.

 

* Armando Luna Franco es Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, especializado en filosofía y teoría política, y sistemas electorales. Sus principales intereses son la participación política y construcción de comunidad republicana.

 

Close
Comentarios