Un día más en el día del migrante

Que se recuerde a los migrantes el 18 de diciembre es importante porque es una forma de discutir también el discurso que ha surgido con fuerza en varios países que se veían, hasta hace poco, como pilares de la democracia y de un manejo políticamente correcto de su discurso público.

Desde que hace ya casi veinte años en que se designó a nivel internacional el 18 de diciembre como el día del migrante han pasado demasiadas cosas que nos deben alertar y poner en perspectiva lo que un día como éste recuerda, conmemora y pretende celebrar.  Lo central es que la condición de migrante se ha vuelto cada vez más generalizada a nivel mundial y no hay prácticamente ningún país del mundo que no tenga algún índice de experiencia migratoria ya sea por expulsión, recepción, tránsito o retorno de sus connacionales, o como ocurre en muchos países como es el caso de México, que haya experimentado de manera acelerada la conjunción de todos estos procesos de manera simultánea en un corto periodo de tiempo. Además, ya no hay país que pueda ufanarse de no recibir extranjeros, de no expulsar a algunos sectores de su población o que no crucen por su territorio grupos humanos que buscan llegar a un lugar más seguro o por lo menos con menores riesgos que el de su origen nacional. La migración es una experiencia global.

Probablemente lo más impactante de lo que ha ocurrido estos últimos años a raíz que se decidió conmemorar el proceso de la migración, es que se han dado flujos migratorios que no lo habían sido prácticamente nunca, como es el caso del flujo sirio que como consecuencia de la guerra de Siria ha movilizado a millones de personas por razones de sobrevivencia elemental, los que se suman a otros tantos  contingentes de perseguidos sea por violencia, hambre o razones climáticas. En el otro extremo, no podemos olvidar que hasta hace relativamente poco, países como España experimentaron la salida de un numero significativo de sus jóvenes profesionistas que se vieron obligados a salir de sus fronteras para buscar, allá lejos, un mejor destino que el que su propia patria les ofrecía.  Ambos polos de la movilidad humana nos hablan de múltiples experiencias, pero en el fondo son parte de lo mismo y, como experiencias específicas, entrelazan una situación que nos incluye a todos que no puede seguir viéndose como un asunto exclusivo de cada nación.

Ante esto tenemos algunas respuestas en las que hay gobiernos que han generado marcos legislativos que pueden ser muy abiertos y progresistas, pero que al cambio de los gobiernos en turno cambie dicha perspectiva (por ejemplo el caso argentino), o que haya otros que siguen reaccionando solo cuando la crisis revienta, como es el caos de México que aunque es uno de los países de mayor flujo migratorio y de experiencia histórica en el tema, no fue sino hasta que este año tomó posesión Donald Trump con un discurso feroz contra los migrantes, especialmente los mexicanos, que el gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto aceleró algunos proyectos que hacia tiempo la sociedad civil exigía con cuestiones tan elementales como reconocer las equivalencias escolares a todo nivel, omitir trámites para  acelerar la doble nacionalidad de los hijos de los emigrantes nacidos en el extranjero que de facto deberían acceder a la doble nacionalidad, o incluso, cuestiones aún más básicas como el derecho a la identidad que en México, país de renta media y por tanto con recursos sobrados o por lo menos suficientes para este tipo de asuntos, no cuenta con un documento de identidad universal. Este hecho se ha vuelto un asunto de exclusión inaceptable que preserva la condición marginal de quienes llegan al país, regresan o transitan por el.

Que se recuerde a los migrantes este día es importante porque es una forma de discutir también el discurso que ha surgido con fuerza en varios países que se veían, hasta hace poco, como pilares de la democracia y de un manejo políticamente correcto de su discurso público. Esto nos permite (o debería) hacernos más conscientes de que la intolerancia y xenofobia es un ingrediente muy peligroso que no podemos alimentar con la negación del tema o simplemente naturalizando el dolor e incertidumbre de quienes tienen que emigrar. Aún menos desde países que como México, es uno de los de mayor experiencia migratoria del mundo y debería dar una lección ejemplar en el tema. Desafortunadamente lo que ocurre es todo lo contrario y nadie debería estar satisfecho con la posición que tanto el gobierno e incluso la sociedad civil han asumido frente al tema. Se dice ya como estribillo pero es verdad, “exigimos mucho pero damos poco” en lo que se refiere a respeto de los derechos humanos y políticas más que asistenciales como las que llega a haber, cuando las que se necesitan deben ser abiertamente humanitarias y acogedoras hacia los migrantes. Esto debería ser un tema de reflexión a propósito de este día.

Conmemorar el día del migrante debe volverse un acto radical y por tanto cambiar la narrativa que hemos construido de seguir creyendo que el “sistema migratorio” puede ser ordenado y dirigido de acuerdo a las necesidades del mercado económico y laboral y no más bien respetando las necesidades, deseos y proyectos de vida de cada uno en la libertad de elegir que lugar es el que le permite desarrollar  esa ruta personal y familiar.  Y este es el punto, si no entendemos que el sistema migratorio es absolutamente hipócrita porque busca limitar el flujo humano de acuerdo a principios legales pero solo para unos, porque en realidad hay sectores que gozan de libertad de movimiento prácticamente sin restricciones e incluso, en términos de buscar la residencia en otro país, hay quienes se catalogan como irregulares, sin papeles, clandestinos, cuando otros simplemente compran sus visas a cambio de inversiones millonarias. Esta es la muestra de la hipocresía del sistema migratorio, que no es verdad que busque regular la movilidad, sino que en el fondo busca preservar los beneficios de unos y restringir al máximo los de otros.

Por eso, lo que sería una conmemoración radical de un día como el 18 de diciembre sería desmitificar conmemoraciones si lo único que hacen es repetir las cifras de desterrados que vagan por el mundo, llamarnos a condolernos de su situación y al siguiente día pasar así sin mayor avance, a la conmemoración que sigue, sea la del día del agua, del plátano o del combate a la sobre medicación.

La propuesta entonces, desde aquí, es que un día en que se piensa en los migrantes del mundo de manera planetaria nos sirva para entender lo que eso significa en términos globales, nacionales, pero sobre todo humanos y de pasada, dejar de creer que la migración es un problema sino entender que es una característica de la condición humana de la cual, todos y cada uno somos parte.

 

* Leticia Calderón Chelius, Patronato de Sin Fronteras (@SinFronteras_1).

 

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