La batalla por hacer legible nuestra época

La democracia en México es una democracia desgraciada porque nació en los años de plomo del crecimiento económico. Con prosperidad nacional es más fácil que una democracia alcance su legitimidad social.

Por: Ricardo Becerra (@ricbecverdadero)

Cartas a una joven desencantada con la democracia,

De José Woldenberg.

 

1).- Si yo estuviera en el cerebro de la muchacha preguntona con la que dialoga José Woldenberg a lo largo de este ligero volumen de 100 páginas, sacaría esta conclusión: el problema con la democracia es que siempre está en crisis.

Como las llamadas enfermedades autoinmunes, lo malo de la democracia es que puede perjudicar seriamente a la democracia. Y esto no es nuevo, es desde siempre, desde la primer Carta democrática moderna, el famoso Acuerdo del Pueblo del primero de mayo de 1649 en Londres –en mayor o menor medida- la democracia se desmaya, se convulsiona, se paraliza, sufre ataques epilépticos o de plano se desploma en gran medida por el desencanto que provoca ella misma o su contexto social y económico, pero es ella –la democracia- la que acaba pagando los platos rotos del mal funcionamiento del mundo.

De hecho, hay quien bautiza a la democracia como un sistema “de la desconfianza organizada”, con sus pesos y contrapesos, sus controles, su división de poderes y su despiadada crítica que la mata de a poquito, pero de la cuál no puede prescindir.

Ahora bien, hay intensidades y extensiones. El momento actual en México y en buena parte del mundo, la democracia vive una prueba muy ruda: acá por los severos retrocesos sociales provocados por la gran crisis financiera; allá por las guerras ajenas y las oleadas de refugiados que piden posada de a millones; y aquí en México, por un montón de crisis simultáneas y yuxtapuestas que van desde la violencia incontrolada, hasta el estancamiento económico de 30 y tantos años.  Así que, jovencita (parece decir el autor), la democracia que te ha tocado vivir es una muy mala época, porque ha estado acompañada de fracasos sociales muy graves, entre los cuales, la extendida corrupción no es el menor. Sombría lección, del pesimista Woldenberg.

2) Quiero decir, también, que de entre sus muchísimas obras, quizás esta, “Cartas….” sea la mejor lograda, la más redonda, la que sintetiza mejor años y años de experiencia vital, de lecturas y de alegatos.

El lenguaje llano, sencillo, sin florituras, muy típico de Woldenberg, alcanza en esta obra –y por varios momentos- su máxima realización.

Nuestro autor no optó por la ruta de los científicos políticos más sofisticados, ampulosos, dueños de técnicas estadísticas abarcadoras, constructores de densas teorías y a veces, alambicadas. La ruta de Woldenberg ha sido la de la acción política y en esta obra, la de la divulgación y la pedagogía.

Debe ser muy difícil poder escribir así, como en estas “Cartas”: debe costar mucho trabajo para el autor exponer dilemas complejos, historias duras y ambivalentes, conceptos llenos de contenido con la naturalidad y claridad que lo hace Woldenberg. El trabajo duro es del escritor, nunca de sus lectores.

Esto se demuestra especialmente en los primeros capítulos, digamos, conceptuales, pero también en la muy eficaz reseña del clásico de Orwell: si ustedes no han leído la Rebelión en la Granja, o les cuesta digerir su contenido, lean esas 5 páginas del libro y les quedará claro la trama, la tremenda agudeza de Orwell y la lección histórica para todo el siglo XX (y por lo que se ve, también para el XXI).

Ya, llegando a la página 24, nuestro autor había sido capaz de describir los cimientos, conceptos y valores de la Democracia. En verdad: es una de las mejores síntesis de la Teoría Democrática que conozco. Insisto: con solo haber leído 25 páginas.

Creo que estamos ante una de esas obras que alcanzan la “legibilidad de una época”, la poderosa labor pedagógica que logra nuestro profesor.

3) Esto no quiere decir que es posible que se ahorren las lecturas de Carlos Pereyra, de N. Bobbio, de Luis Salazar, o de Pierre Rosanvallon. Pero creo que el libro que tenemos aquí si logra -estrictamente- su propósito: explicar la complejidad y viscosidad de la democracia con un talante llano y entendible.

Lo mismo ocurre en su cuarta carta, en donde es capaz de resumir la historia política de un siglo en México y cómo la idea de la democracia, y sobre todo, la necesidad de la democracia, apareció, encontró rendijas donde crecer y al cabo se instaló en un mal momento histórico.

¿Qué quiero decir? Pues que la democracia en México es una democracia desgraciada, porque nació precisamente en los años de plomo del crecimiento económico; no somos Japón ni España, países en los cuales, el inicio de la democracia estuvo indisolublemente ligado a la prosperidad nacional y a la creación de los estados de bienestar. Así es más fácil, así la democracia alcanza su legitimidad social y la apropiación de masas. Allí, libros como el de Pepe, serían superfluos, o simplemente, libros de autoayuda.

Adicionalmente aquí vivimos un boom delincuencial cada vez más violento y cruento, cuando apenas se asentaban las rutinas democráticas. O la decepcionante y descorazonadora secuencia de actos de corrupción que tanto desaniman y desencantan, y un largo etcétera de desgracias o fracasos nacionales. ¿Cómo no asociar este contexto al proceso democrático si ocurren más o menos en el mismo tiempo histórico?

Como cirujano, Woldenberg disecciona y pone en su lugar cada fenómeno, cada desgracia, para repartir equilibradamente las cargas, “los nutrientes” que han forjado un espíritu mexicano irritado, malhumorado o, como la muchacha de las cartas, desencantado.

Es convincente esa disección, en la carta número 8, pero es en ella donde la sencillez no puede alcanzar la cima que en las otras: la cantidad y la complejidad de los nutrientes del desencanto son extremadamente difíciles de explicar. Pero la síntesis está allí, asimilable, creo, para los más grandecitos, de los 25 para arriba.

4) La buena lógica hace que este libro tenga una cadencia, una secuencia, digamos programática:

a) Primero explica por qué la democracia y todos sus artefactos –con todos sus defectos- es un régimen preferible a cualquier otro en las sociedades modernas.

b) Luego, el relojero nos explica los engranes complicados, los muchos mecanismos, las poleas y los pesos y contrapesos de los que vive un régimen democrático. Y sí: una democracia es un régimen endiabladamente enredado. Precisamente, como decíamos al principio, porque es el régimen de la desconfianza organizada.

c) Luego explica –en una síntesis de clase- por qué la democracia llegó a un país tan exótico y silvestre como el nuestro.

d) Después hace el recuento de los efluvios con los que se alimenta el desencanto espiritual con la democracia, con sus Congresos, sus partidos, sus dirigentes.

e) Finalmente Woldenberg confiesa su pesimismo metodológico: la democracia se puede caer. Se puede desplomar, o caer en retrocesos muy graves. Y esto es algo que no hemos asimilado a pesar de las advertencia que nos llegan de casi todo el mundo.

En efecto: el libro parte de una afirmación categórica: en las últimas décadas México ha vivido -por primera vez en su historia- un periodo democrático. Pero esa no es una declaración celebratoria ni mucho menos triunfalista. A su modo, cada una de las cartas reunidas aquí está escrita bajo la luz de un espíritu gruñón y pesimista, y en un sentido muy profundo. Y es que se entiende que los avances, las conquistas cívicas, políticas o sociales –las más importantes o las accesorias- no sólo son difíciles sino que están en permanente riesgo. Cada logro, cada forma institucional nueva, cada paso adelante en nuestra civilización se haya desafiado, cuestionado, en peligro de retroceso o de ser inoculado… en este momento (por ejemplo la muy democrática representación proporcional y el equilibrador financiamiento público a los partidos). Y es precisamente por eso que Pepe le dice a la jovencita que está obligada a reconocer, valorar y defender los avances que con tantos trabajos ha conseguido nuestro país.

Ubica los cambios que ha traído la democracia mexicana: justo porque los acechan riesgos casi siempre y desde muchos frentes. Y esa es la razón de fondo que lleva al intercambio epistolar contenido en este volumen amarillo.

Finalmente: la responsabilidad de los partidos y de los políticos, beneficiarios de esa democratización, pero que –como los pájaros de Pixar- trabajan intensamente en provocar su desplome y su desplume.

Y he aquí uno de los pasajes en el que, creo, Woldenberg debió abundar un poco más, uno de nuestros problemas políticos más desesperantes y tóxicos: no solo la ausencia de ese prerrequisito de la democracia (aceptar la derrota), sino justamente lo contrario. Aquí en México se ha instalado una dinámica estratégica –precisamente- para no aceptar la derrota y salir tan campantes.

Este clima que crean los propios partidos desde el comienzo de cada elección y que desprestigia a todos los engranes de la democracia es para mí el “nutriente” más paradójico, singular y propio del desencanto por la democracia mexicana.

 

* Ricardo Becerra es Economista. Trabajó en el IFE de 1994 a 2001 y de 2008 a 2013. Autor de varios libros en materia político-electoral. Fue responsable del proyecto de reforma constitucional que convierte el acceso a la información y transparencia gubernamental, en un derecho fundamental. Fue Subsecretario de Desarrollo Económico en la CDMX. Es Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática y Comisionado para la Reconstrucción, recuperación y transformación de Ciudad de México.

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