El humanitario digital de México y Haití

¿Cómo fue posible que individuos de sociedades tan disímiles compartieran lógicas tan similares de organización, participación y respuesta tras dos catástrofes naturales?

Por: Carlos Enríquez Borges (@carlosborges23)

 

¿Qué tienen en común el terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití y el terremoto del 19 de septiembre de 2017 en Ciudad de México? Más allá de la retórica de la pregunta –y de las muchas diferencias y similitudes que de hecho existen– ambos desastres naturales implicaron la emergencia de nuevas y sofisticadas expresiones de organización y movilización sociales con un principio fundamental compartido: la solidaridad expresada a través del uso de soluciones innovadoras, digitales y tecnológicas.

En el caso de Haití, un poderoso terremoto de magnitud 7.3 devastó la capital Puerto Príncipe. El estado de emergencia era evidente: con un saldo de más de 200 mil muertos, un millón y medio de damnificados, y enormes pérdidas materiales, el país atravesaba una crisis humanitaria. Sin embargo, en medio de esa catástrofe habría de nacer un movimiento sin precedentes conformado por miles de voluntarios que, apoyándose en diversas tecnologías digitales, estaban preocupados y con ganas de ayudar.

Tanto en el interior del país como en el extranjero, aquellos miles de voluntarios respondieron a la urgencia del momento apoyando en la creación y desarrollo de “mapas de crisis” (mapas online como OpenStreetMap o Google Maps que marcan las áreas más dañadas por un desastre, así como los lugares donde la gente más afectada necesita ayuda); viralizando información a través de redes sociales como Twitter, Facebook o YouTube; usando el sitio de mapeo digital Ushahidi.com para recolectar todos los tuits que contuvieran las palabras “Haití” y “terremoto” y, posteriormente, generar marcadores para que cualquier persona pudiera leer el texto original de dichos tuits; usando Skype para buscar ayuda con personas de todo el mundo, así como para capacitar a cientos de voluntarios interesados en apoyar; explorando Google Earth para mapear docenas de mensajes urgentes, entre otros.

En el caso mexicano, la respuesta ciudadana también fue admirable. La mañana del 20 de septiembre de 2017, luego de un terremoto de magnitud 7.1 que dejaría a su paso más de 300 muertos, al menos 1,900 personas heridas y alrededor de 250,000 damnificados, un grupo de ciudadanos creó @verificado19s, plataforma digital encargada de verificar y organizar información para hacer más eficiente la participación ciudadana tras la tragedia del día anterior en la Ciudad de México. Entre sus objetivos, esta plataforma buscó proveer a rescatistas de todo lo que necesitaran para que pudieran concentrarse exclusivamente en salvar vidas. Alberto Serdán, uno de los muchos voluntarios que dieron vida a @verificado19s, relata cómo entre todos “crearon un mapa y, posteriormente, abrieron una página de internet para recibir reportes en tiempo real de daños y derrumbes, misma que fue vista por millones de personas y fue usada por autoridades nacionales e internacionales para tomar decisiones”[1].

Los reportes ciudadanos eran verificados por monitores in situ, quienes también estaban encargados de identificar las necesidades de cada lugar. Posteriormente, un grupo de diseñadores adaptaba dichas necesidades en contenidos digitales con el fin de publicarlos en redes sociales. De este modo, gracias a grandes grupos de tuiteros se difundía la información para conseguir lo que fuera necesario y llevarlo a donde se necesitara. Al más viejo estilo de los westerns estadounidenses, trabajadores, amas de casa, estudiantes, empleados de oficina, ciclistas, todos desconocidos entre sí, acudieron al llamado de @verificado19s para trabajar juntos y hacer todo lo que estuviera a su alcance para salvar vidas.

¿Cómo fue posible que individuos de sociedades tan disímiles compartieran lógicas tan similares de organización, participación y respuesta tras dos catástrofes naturales? ¿De qué manera se consolidaron estas dos estrategias digitales en un contexto permeado por la ansiedad, la desesperación y la falta de experiencia? ¿Puede el desbordamiento de información ser tan paralizante como la ausencia misma de datos cuando hablamos de esfuerzos de movilización y respuesta? ¿Qué decisiones deben tomarse al interior de un movimiento de voluntarios digitales cuando la ayuda pasa de una fase de rescate a una de reconstrucción post-desastre? Patrick Meier, activista reconocido internacionalmente por sus acciones y liderazgo en materia de labores humanitarias en plataformas digitales, así como a través del uso de herramientas tecnológicas, intenta dar respuesta a estas y otras interrogantes en su libro Digital Humanitarians. How BIG DATA is Changing the Face of Humanitarian Response.

Para Meier, lo que aconteció a partir de aquel 12 de enero de 2010 en Haití cambió el futuro de la respuesta humanitaria, pues el mundo estaba por descubrir “los primeros rayos de esperanza que marcaron el ascenso de los humanitarios digitales actuales” (2015, p.1). En palabras del autor –cuya esposa estuvo en Puerto Príncipe el día del terremoto y a partir de lo cual se explica su nivel de involucramiento y compromiso con aquella causa humanitaria– en la actualidad cualquier individuo puede ser un humanitario digital, incluso sin tener ninguna experiencia previa. De acuerdo con Meier, lo único que se necesita es “un gran corazón y acceso a Internet” (2015, p.1).

¿Qué quiere decir el autor de Digital Humanitarians con ello? Es simple: hasta hace muy poco tiempo, cuando los desastres golpeaban zonas alejadas, lo más que podíamos hacer era ver las noticias por televisión y desear que pudiéramos ayudar de alguna manera. Aun cuando esa emoción humana, innata, podía llegar a convertirse en una donación financiera, ese gesto nunca era suficiente; estábamos muy lejos para ayudar de manera significativa a las personas afectadas. En otras palabras, participar en acciones humanitarias resultaba casi imposible, puesto que no había mucho más por hacer. Hoy, en cambio, el deseo privado puede tomar forma a través de la “acción colectiva pública online (Meier, 2015, p.17). De las generaciones precedentes de ciudadanos preocupados, pasivos, se pasó a una ciudadanía activa, participativa, que responde y ayuda ante las catástrofes.

Ahora bien, ¿cómo define entonces Meier a un humanitario digital? Para él, son individuos que, a través del uso de la tecnología, amplifican su humanidad hacia objetivos sociales positivos; son personas motivadas por canalizar “sus emociones privadas de tristeza e importencia en acción pública, global, para ayudar a otros a miles de millas de distancia” (Meier, 2015, p.18). El autor insiste: mientras sea posible conectarse a la Internet, será posible pensar en la existencia de humanitarios digitales.

Más que un texto académico, el libro Meier cuenta varias historias de humanitarismo en plataformas digitales en el mundo. Escrito en un lenguaje fácil de digerir, Digital Humanitarians permite al lector hacer un recorrido por la incipiente historia del humanitarismo digital sin necesidad de tener conocimientos tecnológicos previos al respecto. ¿Cómo lo logra? Pasando por la respuesta de cientos de humanitarios digitales tras el terremoto de Haití en 2010; la emergencia del Standby Volunteer Task Force (SBTF), “una de las primeras redes globales de voluntariado de humanitarios digitales […] en asociarse con la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en respuesta a la crisis en Libia” (Meier, 2015, p.19); el lanzamiento de la Digital Humanitarian Network (DHN), “la interfaz oficial entre organizaciones humanitarias establecidas y el creciente número de redes de voluntarios digitales” (Meier, 2015, p.19), así como por su posterior implementación para responder a las tormentas tropicales en Filipinas; el trabajo conjunto entre la SBTF y el Alto Comisionado de las ONU para los Refugiados (UNHCR, por sus siglas en inglés) para estimar el número de somalíes desplazados por la sequía y la violencia, entre otros. Así, a través de estas y otras experiencias el autor consigue dar forma a la esencia del humanitarismo digital: la solidaridad encauzada a través de soluciones tecnológicas y digitales.

En el caso del activismo del propio Meier después del terremoto de Haití, las redes de amistades y conexiones offline facilitaron su “movilización online y sus vínculos con otras redes sociales tanto en los Estados Unidos como en el extranjero” (2015, p.4). De este modo, Digital Humanitarians intenta esbozar cómo las formas convencionales de movilización social y acción política encajan en sociedades hipermediatizadas, puesto que, a decir verdad, las nuevas tecnologías ya no son tan nuevas: gran parte de las sociedades contemporáneas han interiorizado esta revolución que Reig (2013) ha denominado “era de la hiperconectividad”.

En la actualidad, cuando se está frente a un caso de humanitarismo en plataformas digitales, los medios de comunicación tienden a exagerar la narrativa de la tecnología. En efecto: para Meier la innovación es un requisito indispensable para hablar de humanitarismo digital. Sin embargo, el autor también deja en claro que, detrás de toda gran idea o plataforma tecnológica, hay personas de carne y hueso dispuestas a darlo todo por ayudar. “Si las personas no se hubieran preocupado, aquellos mapas digitales hubieran quedado en blanco. Pero la gente se preocupó y se movilizó online […] para ayudar a gente que nunca conocerían. ¿Por qué? Porque hacerlo era lo correcto, porque podían, porque ayudar a otros durante las tragedias es lo que nos hace humanos” (Meier, 2015, p.17).

A pesar de lo anterior, el relato de Digital Humanitarians no peca de ingenuo y, en ese sentido, no retrata la emergencia del humanitarismo digital como una experiencia meramente color de rosa. Actualmente es bien sabido cómo las redes sociales y demás tecnologías digitales son usadas para causar daño, acallar voces críticas y violentar el principio de privacidad a través del espionaje. En razón de todo ello, Meier cuenta cómo uno de los principales dilemas del trabajo humanitario en favor de Haití estuvo en el hecho de solicitar activa y constantemente información a la población afectada por el terremoto, pues esto trajo consigo diversos debates en torno a cuestiones relacionadas con la privacidad y la protección de datos. Asimismo, Meier relata un segundo dilema después de concluida la fase de rescate en Puerto Príncipe. Por una parte, qué rol habrían de desempeñar los humanitarios digitales cuando la próxima etapa sería una de reconstrucción; por la otra, qué hacer en un contexto marcado por serias preocupaciones de corrupción derivadas de los billones de dólares que llegarían a manera de ayuda humanitaria, así como por la falta de conocimiento sobre las necesidades reales de la gente. En palabras de Meier, lo más recomendable para promover la transparencia y la rendición de cuentas residía en “mapear el impacto […] de los proyectos de desarrollo y reconstrucción al interior como fuera de Puerto Príncipe”, así como “dar a los haitianos la habilidad para reportar directamente sobre los esfuerzos de reconstrucción y sobre cualquier corrupción de la que fueran testigos” (2015, p.16).

Los casos presentados en el libro de Meier obligan a pensar de otra manera el significado de “lo humanitario”, pues avanzan en dirección contraria a un concepto caracterizado por su carácter asistencialista. En contraste, Digital Humanitarians representa una de las primeras aproximaciones al fenómeno del activismo ciudadano a través de plataformas digitales. Si bien la cuestión de la acción colectiva ha sido una de las más estudiadas por las ciencias sociales, la aparición de nuevas modalidades de comunicación, organización y movilización a través del uso intensivo y profesional de las TICs y las redes sociales, exigen pensar, como ya lo señaló Joan Subirats (2015), en un concepto más amplio: la acción conectiva. En suma, aún cuando la obra de Meier no presenta un marco teórico-conceptual concreto, estamos frente a un nuevo campo de investigación para las ciencias sociales, uno donde los actuales formatos de acción trascienden a partir del uso de la Internet y la democratización de los instrumentos de difusión.

La historia de la acción conectiva es relativamente incipiente. En lo que concierne al ámbito del humanitarismo digital, es la historia de miles de voluntarios digitales que continúan promoviendo labores de ayuda en todo el mundo. Como bien señala Meier, es una historia “de miles de voluntarios en su mayoría anónimos que fueron hacia delante en tiempos de necesidad. Ellos trabajaron largas horas gratis, sin dormir y sin expectativas de admiración (o culpa). Ellos lo hicieron porque vieron una necesidad” (2015, p.xv). Es una historia que, tras de sí, ha dejado nuevos escenarios políticos, económicos, sociales y culturales. Una historia que, a diferencia de las prácticas del pasado, permite contar con evidencias concretas para conocer la efectividad y el alcance de la ayuda humanitaria. Una historia de formas innovadoras de movilización, organización y comunicación que deja a todas luces una gran lección: los humanitarios digitales han alterado el significado del humanitarismo en sí mismo. A partir de este punto, ya nada será lo mismo.

 

*Carlos Enríquez Borges es estudiante de la Maestría en Gobierno por la Universidad de Buenos Aires (@ubasociales). Su línea de investigación son los derechos digitales y la acción colectiva a través de plataformas digitales.

 

Referencias:

Meier, Patrick. Digital Humanitarians: How Big Data Is Changing the Face of Humanitarian Response. Boca Raton: CRC Press. Edición de Kindle.

Reig, D. y Vilches, L. (2013). Los jóvenes en la era de la hiperconectividad: tendencias, claves y miradas. Fundación Telefónica – Fundación Encuentro, Madrid.

Subirats, J. (2015). “Todo se mueve. Acción colectiva, acción conectiva. Movimientos, partidos e instituciones”, en Revista Española de Sociología, 24: 123-­131.

Animal Político. “Lo que vi en #Verificado19s”. Consultado el 15 de diciembre de 2017. Disponible aquí.

[1] “Lo que vi en #Verificado19s”. Disponible aquí.

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