Ernesto Ramos

Ciudad de Alfabetos

Perfil Maestro en Derecho por la Universidad de Nueva York. Candidato a Doctor por la Complutense de Madrid. Papa de cinco, tránsfuga de sí mismo, hincha del Santos. Lamenta no haber sido Amanuense de Arreola. Siguelo en twitter: @eramoscobo

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Una chica llamada Calma

-“Tú ya sabes  –dices con un gesto, siempre me siento atrás de los autobuses”.

Y yo, Calma, sigo sin entenderte, aunque lo repitas intentando explicarlo. Se nota a leguas que nunca crecí. Por eso me dejaste abandonado allí, mordiendo la banqueta con el miembro erecto.

Te encontré de pronto 15 años después, tomándote un Sprite en una esquina.  15 años sin vernos y en ese segundo, nuestro saludo fue de una lejanía próxima, pero cariñosa, mientras de inercia empezamos a hablar. Allí estuvimos sobre la banqueta. Después aceptaste subir a mi casa. Tal vez deseabas, al igual que yo, hablar de la ciudad, del tiempo y su deterioro.

Sí. Hace 15 años te fuiste. Aun antes que el crimen tatuara de mala suerte y a todos nos llevara la mierda. 15 años sin verte. Torreón con los años se volvió vacío, terroso, lleno de miedo. La tranza y las balaceras nos volvieron mudos, y el revoltijo de los municipales dejó un edificio como elefante blanco. Pero de eso nadie habla. Parece la sumisión resignada a estadio bonito con balaceras en cadena nacional. Finalmente, los fraccionamientos privados no se pudren, ni se llenan de balazos y descabezados, sólo engendran amnesias temerosas de silenciosos borregos. De las deudas, de los desfalcos estratosféricos, cada vez se habla menos.

-Pero todo eso pasó después del día en que te marchaste Calma, como si nada, un día caminando.

Se borraron tus huellas, se rompieron tus lazos, me quedé mordiendo banqueta con el miembro erecto, aunque ahora, al pensarlo de nuevo y decírtelo, reconozco las señales de tu gradual abandono.

Te volviste imposible un junio. Te volviste imposible en abril. Se me volvió imposible el recrearte tanto, y 15 años después, ya en este otro sitio de luz tenue, somos dos extraños jugueteando con las puntas de los dedos, entre los recuerdos de lo que no pudo ser.

¡De progresar nuestra historia hubiera podido ocurrir!

Pero me escuchas. Te levantas brusca de la silla, niegas con la cabeza, y de nuevo restriegas mi jeta con las mismas razones: un lápiz, una hoja blanca, el garabateo firme mano flaca del ya no me importa.

- y entonces vuelves a decirlo, sin alterarte: “yo siempre me voy atrás en los autobuses”.

- ¡y alterándome de nuevo exijo comprender!

Podrían mis gritos deslizarse los tres pisos de fachada de cables roídos, hasta el tenderete callejero de las baratijas. Pero la ventana está cerrada y la habitación sofocada, y los muebles pocos, las paredes desnudas, y nosotros frente a frente, viéndonos, sí, viéndonos en el mismo tiempo y el espacio, pero ya no husmeándonos con el diálogo de clítoris y lengua que mudos supimos conciliar, aun en esos meses en que la danza estaba rota.

“Antes no usabas mascada”  – digo, atreviéndome; antes cruzabas las piernas en tu sharonstoniano ser.

Pero tú, Calma, permaneces callada.

- ¿Supiste que demolieron la granja?– preguntas después.

-“Ahora es un fraccionamiento del que todos salen presurosos en sus autos”, dices.

Hablas de esa granja en la que apareciste de pronto sobre un tronco, creo, un verano.  Saliste de la nada por los arbustos, la primera vez, acompañada de tus gritos, con una pizca de ritmo de falda cantoneando, alpargatas cafés y manchas de lodo. No reparabas en los otros bajo el arco talado de los arbustos.  Desde entonces no reparabas en nadie.

“Destruyeron la granja”–me insistes y me dices. Yo no sé ni que responderte.

Es estéril hablar de tiempos, espacios, dimensiones, medidas. Ni esto se mide de la A a Z,  ni esta historia progresa a reencontrarnos.

Vimos pasar juntos un marzo, estuvimos un abril, labramos una serpiente en madera (juntos), acompañamos ese mes que llovió como nunca. El primer pelo que vi en un pezón fue el tuyo, dejaste de ser un poco la que cantoneaba bajo los arbustos, te dejaste crecer el pelo, y la ciudad transformó tus ojos y los míos y los de todos; y así lo aceptamos en un silencio temeroso.

Mientras tú, Calma, te ibas un día de pronto y para siempre; como si nunca hubiera existido nuestro tiempo.

 

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