Ernesto Ramos

Ciudad de Alfabetos

Perfil Maestro en Derecho por la Universidad de Nueva York. Candidato a Doctor por la Complutense de Madrid. Papa de cinco, tránsfuga de sí mismo, hincha del Santos. Lamenta no haber sido Amanuense de Arreola. Siguelo en twitter: @eramoscobo

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Algo sobre el parque Cercano

Por casualidad fue que encontré sus escritos dentro de una caja de cereales, escondites obvios efectivos, hechos bola, tras un armario, papeles viejos de letra diminuta y resplandeciente, que dicen cosas, y que hablan de estar solos.  Recuerdo que yo de chavillo escondía las gelatinas hello allí namás al tiro en la azotea, con todo y el sobre ya húmedo vertiendo por la esquinilla triangular el polvo, y se quedaba la caja dura por semanas, y nadie la encontraba.   Ahora pienso que fue un buen lugar ése el escogido, quien quiera que haya sido.   Ahora pienso que el escaparse que añoraron, es algo que también yo buscaba.

***

Las letras señalan que efectivamente ellos viven la misma Ciudad, pero no viven la misma Ciudad.  Y a pesar de algunos intentos de estudiosos por mapearla como organismo vivo (con nudos viales, arterias y centros de transferencia), para ellos las ciudades se conforman sólo de dos sitios: aquél (el concurrido por el ruido), de calles, faroles, tráfico, metro y desbocados; y ese Otro, al interior del parque Cercano a las cuevas, a donde acuden de soledad sedientos.

Marcel Duchamp. Etant donnés: 1-la chute d'eau, 2- le gaz d'éclairage

El parque Cercano a las cuevas es algo más que un llano, o algo más que un simple lugar quieto y solitario en sí mismo, al que pudiera accederse únicamente con una lamparilla de gas para iluminar al fondo la cascada de agua. En realidad, ese sitio se forma o se deforma, existe, se estrecha o resplandece, en gran parte de la mano del influjo de quienes lo frecuentan: se va allí para estar solos; y entrar a su atmósfera es un tamborileo rítmico de arboles y viento.   Asemeja al concierto de Köln, de Keith Jaret.  Te lleva por praderas trazando entre abrevaderos y fuentes de agua, un recorrido intachable con certeza de destino confinado;  un esfuerzo reflejado solo por los pujidos que indefectiblemente llevan a la humanidad solitaria de la búsqueda propia; Keith Jaret no tocó para nadie esa noche, él estuvo allí realmente para hablar de sí mismo.

—“luego, cuando el pasto está largo, te acuestas boca arriba, y pareces sumirte en una de esas cosas que luego son del tamaño de la mano y tienen unos fierritos que apachurras y queda allí la mano, así, marcada por los tubitos que se bajan y los que no.”—

Aquí me detengo y me pregunto: ¿para qué transcribir párrafos enteros?     Sería estéril abocarnos a la transcripción literal de sus letras.  La quietud del parque.  La descripción fina de colindancias y paisaje.

“Eso es imposible” — dicen.

Ni siquiera el academicísimo más vasto lograría insinuar sus atributos.  De prueba, bastan papers de escolares internacionales, que “apenas han acertado en identificar pilares básicos, o los elementos fundacionales de su influjo, o una distinción de los comportamientos generados, e incluso su morfología”, infiriendo –eso si, vasos comunicantes formados en algún momento (de allí, tal vez, la razón de la existencia de las cuevas).  Pero esas argumentaciones solo confirman lo reduccionista del acercamiento estrictamente académico (que no es, que no llega, que no contiene), aunque tomos de piel lustrosa se arrumben sobre el fino roble de la biblioteca clásica, y no detrás de un mueble en una caja de cereales.

— “te apachurras en el pasto hasta un momento en que ya no te ves”—

2.

Las peripecias para tener el original del retrato de grupo, ese escaso souvenir que complementa el texto, es materia de otro relato.

Se trata de una foto de casi un metro por treinta centímetros, de la cual el marco ha llegado maltratado, y se les ve parados sobre un graderío de cuatro líneas, algunos viendo de frente, otros borrosos o volteando, seguramente divertidos ante la meticulosa y atávica tardanza de David Téllez S. Especialista en Fotografías Panorámicas, Horacio Nelson 6, Mexico, D.F. Tel. 190039.

Que no sean más de cincuenta individuos en una ciudad de ahora más de veinte millones de habitantes, confirma las características particulares de la proeza, es difícil abandonar, cambiar.  Sus gestos –los vemos, son heterogéneos: ese, que mira de frente con aire tentador, el engominado en traje, el idéntico a un tío, ese de bigotito translúcido con aires de encanto.  Identificar a todos es querer trazar (vislumbrar) una conexión entre ellos hecha de alambique, unidos por una dolorosa conciencia, tal vez la del destino final, el drama de no pertenecer, la de sentirse aislados entre un tumulto que no escucha más que gritos, “mi sol tiene apenas bruma porque yo a veces me asomo y lo miro por ninguna parte”.

Pero ella es la única mujer de la fotografía.

Quién supiera de memoria sus facciones pensaría haberla visto con alguien de otra época en el sitio de los anticuarios.

Algunas notas dispersas narran, con esa letra diminuta y resplandeciente, testimoniales de quienes la vieron, o quienes pensaron haberla visto, y llama la atención la descripción, de cuclillas, escogiendo o indagando entre unas estatuillas aztecas, mientras él a su lado viéndola “su morral contrastaba con su vestido oscuro, su trenza era gruesa y sus labios borrados, borrada la comisura carnosa y negra sobre los ásperos contornos de su piel morena”.  Otro testimonial la coloca también en el sitio de los anticuarios, pero ahora ella detenida, él unos 40 años mayor, con un implacable traje percudidamente digno, un sombrero redondo elegante como el que mas, y una barba cerrada canosa impenetrable: ahora él veía a trasluz unos negativos impresos en vidrio, y ella también los observaba, a sus espaldas. En la última narración, van raudos por el pasillo central como esquivando cadáveres, sorprendentemente sonrientes, “flotando entre su enamorada desproporción de edades”, y apenas entrelazados sus dedos en un cariñoso gesto tímido, enmarcan el gentío como si fueran los únicos que estuvieran en foco, sus trajes contrastantes, el abrirse camino hacia la calle, detenida ella, paso a paso él, y en sus huaraches de cuero resaltan piececillos primorosos que por lengüetazos mueren.

3.

Abandonar el pavimento y el ruido representa, aun en su paradójica mirada, una acción de progreso. Ojalá y estas letras sirvieran de pavimento, de conducto lineal, algún intento en pos de un horizonte que pudiera parecer en si mismo inalcanzable, más se acercara sin demora con cada paso ejecutado. Son vacuos los destinos y los deseos (si se carece de acción) y precisamente, esa decisión de escapar a la lejanía tranquila, es solo como en realidad se encuentra el regreso de aquello.

Entregados –de cualquier forma, empinados ante la inercia de lo que pasa. Sin posibilidades reales de incidir en el acontecer.

Imagino la ciudad como dos coladeras salpicantes que hieden a sangre y borbotean rencores, pasiones, torrentes de desdicha, envidia y desprecio. He caminado por calles y las caras que he visto están desechas y flácidas de tanto caer al suelo su carne, forman montoncitos agusanados, y, detrás de su pesadez, se entrevé despacio un tufillo a resistencia, se distinguen unidos en lo que no hacen: no hacen ruido.

“Tal vez son mentiras o rutinas al vuelo todo lo que nos llega.   Tal vez ansiosos de silencio ante la gritería estridente, nos inventamos cosas. Tal vez ansiosos de tiempo ante el día que consume. Tal vez ansiosos de vida ante las horas lentas que se desgajan.”

A ella la veía llegar desde la esquina todos los días a la misma hora, tranquila con pasos cortos, era un noviembre, ya hacía frío  hasta con falda se boleaba a veces, supe de su trayecto, no es una chica gorda, es alta de gafas y huesos anchos, giraba la esquina, su pelo es negro y una trenza larga que lleva sobre el hombro y el morral que aprisiona trae de todo, lo digo porque la he visto abrirlo con el del estanquillo, a veces fuma, lo digo porque ya perdió el encendedor y la he visto comprar otro con el del estanquillo, se apura y saluda y sube a su trabajo, y ya no está hasta entrada la noche, y así todos los días, uno tras otro, hasta que una vez, de pronto, la vi salir corriendo con aire presuroso, de decidida por algo, rodeada por su aura grande, giró calle arriba hacia el parque, y se fue, y se marchó para siempre, y de ella nunca más se supo nada.

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