Ernesto Ramos

Ciudad de Alfabetos

Perfil Maestro en Derecho por la Universidad de Nueva York. Candidato a Doctor por la Complutense de Madrid. Papa de cinco, tránsfuga de sí mismo, hincha del Santos. Lamenta no haber sido Amanuense de Arreola. Siguelo en twitter: @eramoscobo

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Vasectomía

I.

El día de mi disecación sellaron un dos veintisiete en la hoja de ingreso; procediendo a darle cuello a mis huevitos colgantes.

Floreado el escroto en solo 10 milímetros: extrajeron el conducto: maniobraron el corte: prepararon el nudo.

Entre la entrada y salida a la sala menguó un proceso, quedando arrumbado al fondo del pasillo un rifle que no escupe.

De doler duele: como un par de patadones bien puestos.

***

Por la vida entera soñando capturar algo, la marca y la transformación, los intentos por lo inaprensible, palabras escondidas que van en continuo despliegue de ambiciones y deseos, éxitos, caídas, y en medio de todo (siempre),  nebulosas promesas en espera de que un quiebre biológico pinte de claridad el agua.  Podríamos añorar algunas certezas más. O dejar que pasen los días con sus promesas inasibles.  El único riesgo es que mientras más vida más sedados… y, al final, cuando las decepciones son las que desvisten a los sueños, la tumba esta cerca y falta esperar.

Los pisapapeles de acrílico que venden anticuarios con insectos momificados, son una morfología a la vista, algo como el tatuaje que va tirando la vida.  Vicios y defectos en forma de Lucanus Maculifemoratus, demuestran que atrás de la disecación quedó el tiempo, y ahora, a contraluz, es posible percibir la felpa trasera puntiaguda del Dynastes Hercules Colombiano, o esas tenazas entrecerradas y simétricas del escarabajo ciervo volante, armado a destajo para el trabajo duro, tenaza transformada en mera pieza de ornato.  La posibilidad de ataque, el impulso contenido de lo que fue, es ahora arrumbada cárcel plástica en mercadillo de pulgas.  Lo mismo ocurre con las fotografías viejas que desordenan los anticuarios sobre sus tapetes.  Al pasar, de pronto, cual si fuera un alarido mudo, nos confrontan esas fotos de caras desconocidas y viejas y muertas, bajo la resolana que balancea los toldos.  Ruidos callados alrededor, algo podría ocurrir en una trastienda, pues hay susurros.  Los retratos panorámicos de grupo permanecen quietos, sin embargo, parecen observarnos desde sus intrigantes ventanas, puertas circundantes hacia el espiral de su mundo (que es el de todos), la posibilidad de conducir la mirada a un recuerdo a partir de unos ojos fijos que en algún momento brillaron esperanzadores, ojos soñadores de ese individuo que aunque sabes ya muerto, es filmina de plata, manta blanca para ti con sus aires de espejo.

II.

¿Qué tan justificable es mocharte la chingadera si ya tuviste hijos y no quieres más?

¿Que ya no pinte la crayola?

¿Afectara la forma que caminas por la calle?

¿No se te desarmará la chafaldrama?

¿Sin aceite la espiroqueta?

Eso era lo que pensaba sobre la cama fría que miraba a unos pilares de techo mugriento, y mientras el doctor y su enfermera platicaban del rally de Aguascalientes, mientras eso, cortaban sin piedad mis conductos seminales, un vil Splenda que endulza pero no engorda.  Yo pensaba que cuando estaba intocado –es decir, cuando entre mis huevitos y la punta del rifle no hay más que conducto libre para perseguir recio el óvulo esquivo,  no hay fijón, y se es de origen.  Pero si dejaste que te cortaran aquello, algo dejas de ser, o algo ya no está del todo como antes.  Todo eso pasaba por mi mente boca arriba, un momento difícil de pantalón en rodillas.   Un momento difícil de bisturí plateado que resquebraja una incisión en escroto como gota de sangre, y se entierra con pulso firme en carne que libera un par de conductos blancuzcos con aires de angula, hebra anudada que gotea quedo, y de la razurada y la picazón ni hablamos.   Entonces se convierte aquello en parque de diversiones –es lo que algunos dicen.  Aludiendo al hecho que treparte al guayabo sin preñar es en parte más divertido, o tal vez porque ya no te preocupas del condón, aunque aquello del frote directo decremente en dos los cinco segundos que de por si te tardabas, o simplemente ya de plano éntrenle por allí, y lo único que esperas es que hayan esterilizado todo el utensilio que ahora te maniobra el nudo, boca arriba viendo al techo con ganas de salir corriendo, pensando cualquier desazón con aire de etcétera.

III

Se nace con capacidades que se van perdiendo.  Se muere un poco.  Se zanjan fronteras.  Cavar un hoyo.  El chisguete blancuzco se escurre menos lento en las tetas redondas que se muestran lustrosas.  El diluido más recio.  El rozar de la entrepierna es picazón astral en lustrados huevitos bajos.  El corte y el nudo implacable a la fibra que fuiste.  Dos patadones bien puestos en los tanates.  Un antes y un después que diseca el cuerpo.  El tránsito ineludible hacia lo que sigue.

Si…, te reafirma la chica de alado —pero ya no pintas.

IV

Si no es algo más que arrebatos constantes hasta perderlo todo ¿entonces, qué es la vida?

Esos viejos en sus sillas añoran algo de lo que fueron, y el potencial de lo que sigue ha migrado a otras manos.  En Vilcabamba Ecuador, la tierra de los viejos más viejos del mundo, los ancianos terminan sin amigos, familia, padres, hasta sin hijos, los atributos del San Pedro los siembra en una tierra de desconocidos a la que no pertenecen, y tras el molde acrílico es posible palpar los contornos y las profundidades de sus arrugas visibles.  Previo a su suicidio, Sandor Marai se narra abatido y jorobado, cruzando la calle lentamente en un suburbio solitario de autos obedientes de San Diego California.   Tras el acrílico rectangular resaltan los ánimos perdidos, el impulso no recobrado, y en esas fotografías viejas las caras que observan, el de sombrero ladeado, aquel que resoluto abraza al amigo de espejuelos redondos, todos esos que en circulo parecen reír y carcajearse, aunque de este lado de sus ojos ya no se escucha nada.

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