Mi padre, el asesino

La historia de Los Ángeles está íntimamente ligada a dos o tres grandes crímenes cometidos aquí. La ciudad quedó marcada por las atrocidades de Charles Manson y los suyos a finales de la década de los 60. Lo mismo puede decirse del enorme escándalo que representó para la ciudad el crimen  – y, mucho peor, el fallido juicio – de OJ Simpson a mediados de los 90. Pero ninguno de estos crímenes icónicos puede compararse con el que sucedió a principios de 1947. Se trata, claro, del asesinato de una joven mujer de apenas 22 años de edad llamada Elizabeth Short, la “Dalia Negra”.

Desde que el cuerpo mutilado de Short fuera descubierto por una mujer el 15 de enero de aquel año, el crimen ha capturado no sólo la imaginación de escritores como el gran James Ellroy, sino también la de varios historiadores que han ilustrado la vida de la ciudad en aquella época marcada por la corrupción. Parte fundamental de la fascinación que aún despierta el asesinato radica en que el crimen jamás ha sido formalmente resuelto. Han pasado 66 años de aquello y la policía de Los Angeles todavía no cuenta, dice, con suficiente evidencia como para cerrar el expediente.

Dado que hace años elegí la muerte de Elizabeth Short como una de las historias perdidas que narré en W radio, siempre supe que una vez aquí le dedicaría algunos días a hacer un reportaje/documental sobre el caso. Hace unos días terminé  platicando con Steve Hodel, un hombre fornido y de respiración complicada por años de excesos, que vive en un pequeño departamento en el valle de San Fernando. Resulta que Hodel asegura haber resuelto el caso de la Dalia Negra.

Tras dedicarle tres o más décadas  al trabajo policial – fue detective en la zona de Hollywood – Hodel desarrolló un interés en el famoso caso de la manera más improbable. Steve es hijo de George Hodel, un célebre cirujano angelino de la década de los 30 y 40. Por aquellos años, la familia vivía en una mansión diseñada por Lloyd Wright en lo alto del norte de la ciudad. Steve recuerda muchas noches de fiesta con gente como John Huston o el célebre artista Man Ray. En 1950, si embargo, el padre de Steve dejó abruptamente aquella vida de lujos y escapó rumbo a Filipinas, donde estableció un consultorio y ejerció por años. Fue en oriente donde conoció a su última esposa, con la que regresó a Estados Unidos décadas más tarde. George Hodel murió en San Francisco.

Al saber de la muerte de su padre, Steve se reunió con la viuda, quien le entregó varios efectos personales. Entre ellos, un pequeño álbum de fotografías familiares que George Hodel llevaba consigo a todas partes. Entre las imágenes estaba el propio Steve, su madre y sus hermanos. Pero casi al final había una fotografía que le resultó desconocida. Se trataba de una joven mujer de piel muy blanca y cabello oscuro que parecía profundamente dormida, casi colapsada. Por razones diversas, muchas de ellas casi inexplicables, Steve pensó de inmediato en la Dalia Negra. El parecido no era definitivo: a decir verdad, era insuficiente para concluir que se trataba de Elizabeth Short. Pero la curiosidad del ex detective no lo dejó en paz. Así, comenzó una búsqueda que lo llevó a concluir, algunos años después, que su propio padre había sido el asesino de la célebre Dalia Negra.

La evidencia que ha recolectado es asombrosa y, desde su perspectiva, enormemente triste. El tipo de letra que el asesino usó en los 40 para provocar a la policía a través de varias notas enviadas por correo se parece mucho a la de George Hodel. Y no sólo eso: se parece también a la usada en otros casos de jóvenes mujeres asesinadas en la zona alrededor de la misma época. Steve también advierte parecidos muy singulares entre la manera como fue exhibido el cuerpo de la Dalia en la escena del crimen y un par de obras de Man Ray, el gran amigo y mentor artístico de su padre. Un último dato de cientos que incluye la investigación es que está comprobado que el asesino usó sacos de cemento para transportar el cuerpo de la Dalia Negra hasta el terreno baldío donde fue descubierto. Steve ha logrado conseguir una factura de la época que demuestra que su padre había comprado sacos de cemento para una obra en su casa, exactamente el mismo tamaño de saco usado por el asesino. Escucharlo contar la historia es aterrador.

A pesar de la evidencia, la policía angelina se ha negado a dar por buena la teoría de Steve Hodel. Él insiste, claro, en que todo tiene que ver con una conspiración. “La policía se está protegiendo”, me dijo durante una larguísima platica en su estudio, que está tapizado de imágenes del viejo Los Ángeles y ejemplares de sus libros. Cuando le pregunté a la detective encargada de todos los casos sin resolver que aún guardan los archivos policiales, su respuesta fue que el caso de la Dalia Negra probablemente nunca será resuelto. Bien puede ser. Por lo pronto, yo termino esta divertida investigación convencido de que la joven Elizabeth Short fue asesinada por un auténtico genio loco, un médico macabro que haría palidecer al mismísimo Hannibal Lecter. Un criminal de época, que marcó para siempre la vida de su ciudad, y sólo fue descubierto por alguien de su propia sangre. Una historia que merece la pantalla grande.

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